Yo también voy a morir

De pequeña solía pensar que era inmortal. Nadie más era yo misma, por lo tanto, nadie más estaba capacitado para ver las cosas a mi modo, nadie más era capaz de entender que yo era una persona mágica y tenía, entre otros, el poder de la inmortalidad. Costaba entender que todos los demás, el mundo de afuera, tuviera también sus sentimientos, sus emociones, sus necesidades. Eso era más bien cosa mía. ¿Qué pruebas tenía de la existencia de pensamientos como los míos en otras personas? Ninguno: nadie más era yo, por lo tanto, nadie más era como yo.

No llegué a esa conclusión de manera precipitada: pregunté a mi entorno. ¿Se interesaban ellos por el sentido de la vida? ¿Sabían cuál era su misión? ¿Sabían qué habían venido a hacer a la Tierra?, ¿Tenían la capacidad de conseguir algo solo concentrándose en ello?, ¿Tenían otro tipo de superpoderes? No, evidentemente no tenían superpoderes y tampoco habían pensado en esas cosas, o si lo habían hecho hacía tanto tiempo que no recordaban los resultados. Mis padres se dejaban arrastrar por los sucesos del día a día sin pensar en cuestiones metafísicas. ¿Y tú sí? ¿qué haces pensando esas cosas, mico?, me decían. Yo lo pensaba, claro: a diario. Pero yo era especial. Y esa especialidad me confería importantes beneficios como el de ser inmortal.

No recuerdo en qué momento descubrí que aquellas ideas no eran más que tonterías. Forma parte de madurar: empiezas a darte cuenta de unas cosas y a desechar otras sin armar mucho drama, casi sin prestarle atención. Con más o menos facilidad, fui dejando atrás unos pensamientos y recogiendo otros que me funcionaban mejor en aquel momento. Dejé de pensar que era inmortal y de repente apareció el miedo a morir. Sin embargo, era (es) un miedo sutil, de mentirijilla: como si la muerte estuviera muy lejana, en otro planeta, fuera de la vía láctea.

La gente utiliza estrategias y excusas para alejarla, para mantenerla siempre distante (y yo entre ellos). La más común es imaginar que lo de morir es cosa de otros, no nuestra. Pasa con muchos otros sucesos negativos. Otros tienen accidentes de tráfico, yo no, otros se arruinan, yo no, otros enferman de gravedad, yo no, a otros les engaña la gente, la publicidad, los políticos, la religión, a mí no, otros no tienen el conocimiento para saber qué es lo mejor en cada momento, yo sí. Es como si de algún modo nos creyésemos invulnerables. Las cosas les pasan a otros, a mí nunca, a mí no. Yo soy yo, y yo no cuento. Yo soy yo y tengo el control (“superpoderes”); los demás no porque obviamente yo no estoy en sus cabezas.

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Pero el yo es una falacia. Al final y al cabo, es lo único que tenemos, es la representación del mundo, de la vida, del todo. Es eso: todo. To-do. Por eso es imposible pensar en la nada. Puede entrar (por la puerta de atrás y de tapadillo) en nuestra mente la idea de que nuestros familiares y amigos acabarán falleciendo (incluso hay páginas para calcular cuántas veces podrás ver a tus padres antes de que mueran), pero resulta inasequible dejar de pensar en el yo. Es como si quisiéramos ver sin tener ojos (oír sin oídos, vivir sin vida). Nuestro yo es nuestros ojos y no puede ver más allá de sí mismo. Y nos engaña. Nos sumerge en la ilusión de que no nos pasará nada, de que seguiremos existiendo siempre. Incluso si pensamos en nuestra muerte lo hacemos desde el yo; e imaginamos desde ahí qué podría pasar después, cómo reaccionarían nuestros conocidos, cómo seguirían sus vidas sin la nuestra cerca; lo imaginamos pero es como si nuestra muerte siguiera siendo parte de nuestra vida y no el fin de la misma.

Eso no es así, claro. De hecho, voy a hacer una revelación: yo también voy a morir. Y otra: soy como el resto de personas. A veces me duele el cuerpo, he crecido y también menguado, envejezco, engordo, me veo arrugas, me engañan, me equivoco, no soy tan racional ni tan infalible como creo. En realidad, las diferencias entre unos y otros no son tan acusadas como las discusiones interpersonales pudieran hacer pensar. No somos tan diferentes ni tan especiales.

Molesta pensarlo; sin embargo, permanecer inmóvil en el engaño no siempre es mejor. La conciencia de la muerte -la nuestra, la de nuestros allegados- también puede capacitarnos para estar presentes en la vida que por el momento sí tenemos. Los cementerios están llenos de personas como nosotros. Tuvieron su momento, se les acabó. Su mente dejó de funcionar. Otras lo hicieron por ellas. No igual, pero sí de forma parecida. Nadie tiene la misma mente que otro y en eso sí tenía parte de razón cuando era pequeña. Nadie ha sido, es o será como yo. ¿Por qué no disfrutar también de nuestra unicidad, esto es, de nuestra efímera unicidad?

Experimentar el mundo a la hora del desayuno

mundo_estrellas_cielo_trampolinDescubrir el mundo, experimentarlo, tomarlo para desayunar introduciéndolo en el interior de la boca y dejando que la lengua y él jueguen un rato, y luego soltarlo de nuevo y saltar sobre él como si fuera una cama elástica. Y después lanzarse.

Un,

dos,

tres,

vacío.

Dueños del mundo

Nacimos en un mundo creado, diseñado, forjado, construido por los miles y millones de generaciones anteriores que habían pasado por el. Nosotros empezamos de cero, pero el mundo seguía: no era nuevo; hacía mucho que no lo era. Es como si hubiéramos nacido de unos padres viejos que ya hubieran criado a muchos otros hijos antes y que, no obstante, seguirían viviendo aún después de haber muerto nosotros: viviendo y trayendo nuevos retoños al mundo, nuevas generaciones, nuevos ciclos de vida, muerte, vida.

El mundo al que llegamos tenía ya establecidas sus ideas, conceptos, preferencias, su bien, su mal, sus caminos, sus métodos. La gente a nuestro alrededor y los medios de comunicación se esforzaron por que nos adaptáramos a él, por amaestrarnos conforme a los criterios de la sociedad, se esforzaron por que nos lo creyéramos. Nosotros mismos también trabajamos por adecuarnos al ambiente y confundirnos con él. A veces nos adaptamos tan bien que terminamos creyéndonos tanto lo que se nos enseña que somos capaces de odiar, de matar por ello. Nos identificamos con un equipo de fútbol, un partido político, un país, un barrio, un estilo y odiamos y adoramos en consecuencia a las personas que pululan en torno a esos conceptos. Compramos cosas que no necesitamos, perdemos nuestros ahorros  y nuestra autoestima y nuestro propio valor en el camino, y apoyamos marcas, modas o cadenas de televisión como si fueran dioses, los únicos dioses.

Nos olvidamos de que vinimos al mundo desnudos, sin ningún concepto ni prejuicio, limpios. Nos olvidamos de que como seres humanos somos capaces de crear, de inventar, de dudar, sobre todo de dudar. Capaces de no dar nada por sentado, de no dar algo por válido por el simple hecho de que haya permanecido de ese modo en la humanidad durante mucho tiempo o durante tan poco que sea considerado una moda, el último grito. No creernos nada hasta que no haya sido pensado por nosotros mismos. Cada persona tiene su propia visión y su derecho a construir su mundo a su manera.

Creo que hasta que no caminemos sobre nuestros propios zapatos, no aquellos creados por generaciones anteriores, ni aquellos pensados por la generación actual para nosotros no seremos dueños del mundo, de nuestro propio mundo.

Aire cargado de vida

Vivo, vivo, vivo. Y vuelvo a vivir. Vivo tantas vidas como vidas hay. Vivo tantas vidas como cielos, como voces, como lugares existen. Una vida: una emoción. Una emoción: un mundo. El mundo: pluralidad y desorden armonioso, perfección intrínseca. Permanencia y volatilidad. 

Yo y el mundo. Todo. Eso. Todos. Nada. En el fondo no es nada. Solo aire. Aire cargado. 

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Hambre de mundo

ImagenTengo pensamientos raros. Más que raros, absurdos; basados en evidencias que no dejan de sorprenderme: ahí radica su rareza.

De repente, mientras me cambio de ropa frente al espejo, pienso, aah, soy una mujer, tengo pechos; mientras estoy comiendo descubro que ingiero alimentos a diario y esta constatación me deslumbra; a veces cuando camino se me revela súbitamente que soy capaz de andar, que tengo piernas, que sé moverlas con los movimientos necesarios para poder desplazarme de un lado a otro. Durante unos momentos, me paralizo, impresionada con el hallazgo; luego reanudo mi tarea. Sigo cambiándome de ropa, comiendo o caminando, pero esas acciones pasan a un segundo plano en mi cabeza, que se entretiene con otros pensamientos.

Es como si me impactara a diario de la vida que se desprende de mi existencia, como si mi mente no se terminara de acostumbrar a mi cuerpo, a su ritmo, a sus formas. O como si no hubiera dejado de ser una niña mirando con ojos glotones el mundo alrededor. Miro el mundo con hambre de él. Y nunca deja de fascinarme.

La sombra, ese misterio

Darse cuenta de la propia sombra es como ser consciente de la existencia de uno, del peso que se ejerce sobre la tierra, de la vida, la vida en sí de la persona. De repente ves tu sombra y dices: ah, pero si soy alguien, ah pero si estoy en el mundo, y descubres que no te puedes librar de la sombra del mismo modo que no te puedes librar de la vida. Darse cuenta de ello es abrumador, es todo un mundo puesto ante ti; y aún así nos terminamos acostumbrando. La gente adulta ya no va por la calle intentando alcanzar su sombra, como si fuera perros en busca de su propia cola.  

La sombra también representa todas las partes oscuras de uno mismo, lo que consideramos asqueroso, lo que creemos que nos vuelve feos o imbéciles de vez en cuando, lo que tratamos de ocultar a los demás, como si ellos no cargaran también con las suyas propias. El truco es aprender a vivir con ellas: las sombras no se irán; como en el caso anterior, tampoco podemos realmente librarnos de ellas. Somos tanto parte de luz como de sombra y supongo que así es como debe ser.