Pájaros en el tejado

Los muros me miraban desafiantes,

Yo les apuntaba con mi tripa, desde lejos.

Mi tripa juguetona, nerviosa, mi tripa bamboleándose.

Luego perdí el equilibrio y caí sobre el suelo.

Me hundí entre los cojines del asfalto y la risa me llenó la boca como si fuera espuma.

Y vomité.

Después intenté cambiarme los ojos.

Azules, grandes, negros, negros como cuando es de noche.

No es eso: quiero cambiarme los ojos para sentir otras maneras,

y dejarme reposar acunada sobre la almohada de mi pecho.

Los muros crecieron altos y fuertes;

se volvieron soberbios e intimidantes,

pero su transformación invitó a mi cuerpo a hacer lo propio.

Ahora crece musgo sobre mis pies,

ahora se posan mariposas y sonoros pájaros sobre mi tejado.

Pájaros en la cabeza

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Estoy desnuda

Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma.

Estoy desnuda. Las alas aparecen. Me apresuro a salir. Tengo prisas por llegar, aunque el destino no está más lejos de mis manos, de mi regazo cálido. He descubierto que no puedo controlar todo lo que me rodea, y aún así, está bien. No necesito tenerlo todo bajo control. Las cosas van y vienen, las personas, las ideas, las imágenes, los pensamientos, la ropa y los viajes. Incluso yo me pasaré algún día; hasta ese momento, mi vida consiste en dejar ir, aceptar y respirar hondo. El viaje puede ser tan movido como quieras, tan soso o tan exagerado como lo tengas en mente. Va en el estilo de cada uno. Hay quienes optan por vestidos de seda, incrustaciones de nácar, oro y plata, encajes y tul, y quienes prefieren lo simple. Qué más da. Hoy aquí, mañana allí, siempre en mí misma.

A veces no me comprendo. Me pongo tan ansiosa y tan nerviosa que al final no puedo hacer nada. Culpo de ello a mi voz interior, que me regaña y me manda lo que tengo que hacer y si decido no hacerla caso, me tortura, me pisotea. Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma. Si pienso en lo que es lo mejor para mí y me ordeno hacerlo, enseguida se me ocurren cientos de maneras de vulnerar mi control, de salirme de lo establecido, de no hacerme caso. No me gustan las reglas. Soy bastante dispersa.

Mi mente vuela y se queda en casa. Mi mente desnuda. Mi cuerpo cubierto. Yo misma diseñé, yo misma cosí mi vestido. Utilicé vergüenza, utilicé alegría, miedo, cobardía, ira, amor, utilicé un corazón agitado y atormentado que se muere por hacerme feliz.

Vomitar emociones

Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?

Jack Kerouac

Imagen

Este muchacho hubiera cumplido años (92 años; murió a los 47) ayer. Era piscis. Yo también lo soy. No es que crea mucho en el horóscopo o los signos del zodiaco, pero si encuentro a alguien con el que comparto signo, me suelo preguntar si tendremos algo en común. Es como una manía, como un acto reflejo. De todos modos, en este caso, sí que encuentro alguna semejanza, aunque sea tan simple como que estoy de acuerdo con muchas de sus citas, entre ellas la que aparece al principio (“Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?”).

Estoy de acuerdo con él y sin embargo, no suelo practicarlo: me enredo bastante con los sentimientos. Cuando estoy triste, estoy tan triste que no puedo creer que haya momentos felices en mi vida y cuando estoy feliz, no logro entender que a veces me deprima y lo vea todo negro. Lo bueno, o lo malo, del asunto es que la mayoría de las veces mi estado de ánimo es regular, sin altibajos, de color beige. Luego una circunstancia determinada, muchas veces externa a mí, desata una emoción y mi forma de enfocar las cosas cambia de repente: oscila de un lado a otro y de arriba a abajo como si estuviera saltando en una cama elástica.

La última de estas circunstancias fue mi cumpleaños, apenas hace una semana. Había hecho planes desde la noche del día anterior hasta el final del día siguiente y como hacía bastante tiempo que no lo celebraba tanto, estaba nerviosa. Suele pasarme. Me pongo nerviosa cuando tengo muchos planes, sobre todo cuando dependen de mí. Cuando era más joven había veces que incluso vomitaba. Solo porque era navidad e iba a salir toda la noche con mis amigas acababa vomitando el cordero y las gambas; pero estaba tan eufórica, tan alocada que no importaba. Cuando me pongo nerviosa, es como si no fuera yo. Como si otra chica más sensible y más irritable se pusiera en mi lugar y dirigiera mi forma de actuar. Al final hago cosas que no quiero y sobre todo, siento cosas que tampoco deseo. El día de mi cumpleaños acabé llorando, ya al final del día. No tenía ninguna razón concreta, pero sí muchas de ellas. La primera, pienso ahora, es que estaba muy cansada. Entre mis planes no había incluido descansar y apenas si había dormido tres horas.

En eso de los nervios me parezco a mi madre, aunque no me guste y me enfade conmigo misma cada vez que me doy cuenta. Cuando había un acontecimiento especial, como la boda de un familiar, un cumpleaños, un viaje, se ponía rara; se molestaba por cualquier tontería, siempre decía que prefería irse ya a casa. ¡Pero si era el mejor día del año!, ¡pero si era el momento de pasárselo bien y reír y hablar y jugar!

De pequeña no la entendía. Ahora de mayor no me entiendo a mí misma. De todas formas, ¿qué importa? Al día siguiente será un nuevo día que traerá consigo nuevos sentimientos, nuevos acontecimientos. “¿Para qué inquietarse tanto?”