Mierda, suerte, mierda

Ayer pisé una caca de perro al salir de casa. Estaba reciente y se impregnó bien en la suela de mi bota, que restregué contra el suelo repetidas veces. “¡Joder!”, pensé. Y seguí mi camino. Luego se me ocurrió que quizá me daba suerte. Fue un pensamiento estúpido e infantil, de los que solía pensar cuando era un niña (“te ha cagado un pájaro en la cabeza, es genial, vas a tener buena suerte!”), pero no obstante me hizo sentir mejor. El famoso efecto placebo ejerció su labor, supongo. Algo me había disgustado, pero pensar que al final del día sería positivo me hacía animarme de repente.

El día fue normal, sin embargo; totalmente rutinario. Fue ayer pero apenas recuerdo nada de él hasta el momento de volver a casa. Iba en metro. Un señor mayor se sentó a mi lado; yo sostenía mi ebook en las manos; leía. Él se quedó mirándome y finalmente me preguntó si estudiaba. “No, leo, solo leo”, le dije. “Aaah”, contestó. “A mí me gusta mucho leer”, aseguró. “Tengo en el salón de mi casa más de 6.000 volúmenes y cuando estoy allí nunca me siento solo por más que no haya nadie conmigo”, comentó. “Me hacen mucha compañía los libros y siempre he estado rodeado de ellos. ¿Sabes? Yo fui durante muchos años profesor”, dijo. “Solía tener una memoria prodigiosa”, añadió, como recordando con nostalgia aquel tiempo. “Por ejemplo, ¿sabes quiénes fueron los visigodos?”. “Sí”, le contesté. “Bien, pues yo me sé los nombres de los treinta y tres reyes visigodos que reinaron en España”, repuso. Y los enumeró todos. También me enumeró los emperadores romanos, los partidos judiciales de una provincia que me pidió elegir al azar y los afluentes del Ebro tanto en su margen derecha como izquierda. Su tono de voz era tranquilo y dulce y yo le escuchaba asombrada; contaba las paradas de metro que me quedaban hasta la mía, pero con un ánimo totalmente distinto al de los otros días. Ayer quería que el tiempo pasara despacio dentro del vagón y me permitiera estar al lado de aquel anciano un poco más.

metro_vagon

Luego llegó mi parada y tuve que bajarme; él me cogió la mano y me dijo convencido que me deseaba mucha suerte para todo, mucha suerte para la vida. “Ha sido un placer conocerte”, añadió. “Gracias, gracias. Igualmente”, le dije con una sonrisa azorada.

Me bajé y me puse a pensar en otras cosas. Pensamientos que ya no recuerdo del día que he olvidado. Sin embargo, guardo nítida la imagen de mi calle, que estaba oscura y vacía, porque justo antes de llegar a casa pisé algo pringoso. Al principio no le di importancia. Luego me paralizó. ¿Acababa de volver a pisar otra mierda de perro? Me quedé pensativa mientras volvía a restregar mi zapato contra el suelo. Efectivamente, había vuelto a pisar otra caca. ¿Es que había tantas? ¡No me lo había parecido hasta aquel día! Súbitamente, el día era cíclico, como una noria, un número capicúa.

Mierda, suerte, mierda. O suerte, suerte, suerte. ¿De verdad?

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Soñé que tenía una hija

Soñé que tenía una hija. Paría en medio de mi casa, todo el mundo estaba presente. Pero era un parto raro. Más o menos como si me sacara simplemente de debajo de la camiseta un muñeco que tuviera escondido. No me dolía, ni siquiera lo sentía. Simplemente tenía una hija de repente en un momento en que casi toda mi familia estaba reunida. Nadie decía nada al respecto. Las conversaciones seguían como antes de que la niña hubiera nacido y las posiciones de la gente, su actitud: todo permanecía inalterado. Yo misma me quedaba así. Totalmente sobria, libre de emociones, apática, indolente. Recordaba que había mujeres que explicaban que el día del nacimiento de sus hijos había sido uno de los más bonitos y emotivos de sus vidas, pero también uno de los más dolorosos. Yo simplemente no había sentido absolutamente nada.

Luego subía al piso de arriba y me olvidaba de todo. Cuando volvía a bajar después de un rato observaba que la niña estaba en un carro que mecía mi abuela. Me asomaba para verla y descubría que no estaba arropada. Entonces me dio pena. Fue lo único que sentí, el único sentimiento que afloró. Hacía mucho frío, era invierno y la niña estaba casi desnuda y helada. Entonces la cogía en brazos e intentaba abrigarla pero no encontraba nada que ponerle. Le preguntaba a mi madre: ¿has visto algo que pueda servirle a ella? Mi madre contestaba que no con tono pasivo y yo me quedaba sin saber qué hacer para darle calor, cargando con mi hija y con una gran pena en brazos.

Conduciendo en sueños

A menudo me veo conduciendo en sueños. De hecho, se podría decir que conduzco más en sueños que estando despierta; apenas cojo el coche, quizás tres, cuatro veces al año. En cambio, al menos una vez al mes conduzco mientras duermo; en estos casos, siempre hay algo que va mal, siempre estoy asustada y agarrotada.

La última vez, conducía un coche gigante en una ciudad desconocida. El coche era tan grande que si pisaba los pedales, no lograba ver la carretera y si me asomaba para ver la carretera, no llegaba a pisar los pedales. Era como si una niña de cinco años tuviera que conducir un coche por la ciudad; como si lo arrancaran y la pusieran a ella al mando, sin otra alternativa que conducir lo mejor posible para salir viva. Y así lo hacía: intentaba salvar las glorietas como podía e incluso me felicitaba por estar haciéndolo medianamente bien; no obstante el miedo, la sensación de que ese no era mi lugar, no se iba.

Fotografía antigua, mujer conduciendo un coche

En sueños no suelo llegar a mi destino. Siempre pasa algo antes que me asusta tanto que acabo despertándome. Una vez despierta, en la cama, me pregunto si lo que mi subconsciente exterioriza como el manejo de un coche, es en realidad mi vida: la forma en que la conduzco, la dirección que llevo. Parece sencilla la interpretación, pero no lo es tanto el resultado de la misma: ¿qué se supone que tengo que hacer para que mi subconsciente no se lleve esa impresión de mi forma de vida, para que no esté tan asustado, tan atemorizado? ¿Cómo me bajo de ese maldito coche en la parte consciente para que la subconsciente se quede tranquila? ¿Cómo hago para coger otro a mi medida? ¿De qué manera puedo disfrutar del viaje?

Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

Uves, pájaros y belleza

v_pajaros_volando

Volvía del trabajo cuando he visto varías uves escritas en el cielo por bandadas de pájaros. Hacía mucho que no veía letras en el cielo… estaba llegando a casa. Me he quedado mirándolas absorta, mientras seguía caminando. Los pájaros se revolvían dentro de las figuras sin desdibujarlas, sin crear otras letras que no fueran la uve.

Me ha recordado a cuando yo era pequeña; en ocasiones encontraba uves que se unían a otras formando emes (uves dobles) de pájaros. Me quedaba mirándolas ensimismada hasta que se alejaban y las perdía de vista, llevándose consigo su belleza insconsciente de ella misma, su eficaz organización, su vuelo sereno.

Yo también me he sentido hoy de repente relajada, maravillada. Después he pensado en Borges. Era mi momento en el paraíso.

Disputas infantiles

Las discusiones suelen ser a cuatro bandas. Discuten dos niños y dos personas adultas. Los niños pertenecen a los mayores que no llegaron a madurar y se quedaron encerrados en sus cuerpos y en sus mentes para recordarles su presencia, para hacerles sufrir como niños por problemas de mayores.

Mi niña también aparece a menudo. Coge rabietas, se enfada cuando no salen las cosas a su modo, no entiende del todo el mundo real, fantasea con frecuencia. Mi parte adulta la reconoce de vez en cuando y aunque le molesta su presencia, se esfuerza por reconducirla con palabras suaves y calmadas. No siempre es fácil, sobre todo cuando en la sala están presentes los niños vulnerables y enfadicas de otras personas adultas.

Odio esa situación, me pone de mal humor. Es dificil dialogar con un niño sobre asuntos de mayores y no siempre es posible hacerlo, pero tampoco puedo llamar a mi niña para que discuta por mí; muchas veces ya está implicada, otras veces simplemente me parece despreciable tener que pedir que una niña participe en asuntos desagradables cuando se supone que hay un adulto delante.

Hoy he vislumbrado a mi niña. Una vez más, estaba enfadada. He estado a punto de enfadarme a su vez con ella. ¿A quién se le ocurre aparecer? ¿Por qué no me dejas que me las apañe sola, niña pesada y odiosa? Luego la he hecho entrar en razones. La he ido calmando poco a poco. No pasa nada, le repetía. Después de un rato estaba más tranquila. Le he dado un beso de buenas noches y la he dejado durmiendo: se cansa con las frustraciones. Cuando he dejado la habitación le he susurrado hasta mañana mientras oía su respiración sosegada.

Luego me he sentado en el sofá y he pensado en mi yo pequeño y mi yo mayor. Soy tanto uno como otro. Y a veces otros más. 

Discusiones infantiles

Las discusiones suelen ser a cuatro bandas. Discuten dos niños y dos personas adultas. Los niños pertenecen a los mayores que no llegaron a madurar y se quedaron encerrados en sus cuerpos y en sus mentes para recordarles su presencia, para hacerles sufrir como niños por problemas de mayores.

Mi niña también aparece a menudo. Coge rabietas, se enfada cuando no salen las cosas a su modo, no entiende del todo el mundo real, fantasea con frecuencia. Mi parte adulta la reconoce de vez en cuando y aunque le molesta su presencia, se esfuerza por reconducirla con palabras suaves y calmadas. No siempre es fácil, sobre todo cuando en la sala están presentes los niños vulnerables y enfadicas de otras personas adultas.

Odio esa situación, me pone de mal humor. Es dificil dialogar con un niño sobre asuntos de mayores y no siempre es posible hacerlo, pero tampoco puedo llamar a mi niña para que discuta por mí; muchas veces ya está implicada, otras veces simplemente me parece despreciable tener que pedir que una niña participe en asuntos desagradables cuando se supone que hay un adulto delante. Hoy he vislumbrado a mi niña. Una vez más, estaba enfadada. He estado a punto de enfadarme a su vez con ella. ¿A quién se le ocurre aparecer? ¿Por qué no me dejas que me las apañe sola, niña pesada y odiosa? Luego la he hecho entrar en razones. La he ido calmando poco a poco. No pasa nada, le repetía. Después de un rato estaba más tranquila. Le he dado un beso de buenas noches y la he dejado durmiendo: se cansa con las frustraciones. Cuando he dejado la habitación le he susurrado hasta mañana mientras oía su respiración sosegada.

Luego me he sentado en el sofá y he pensado en mi yo pequeño y mi yo mayor. Soy tanto uno como otro. Y a veces otros más. 

Después ya no recuerdo

Siempre he odiado la impaciencia, la desesperación ante el mínimo inconveniente que he heredado de mi madre, de mi abuelo. Me molesta en ellos (molestaba, en caso de mi abuelo), pero sobre todo me molesta en mí. Me chillo a mí misma cuando de repente soy consciente de ello y retumban las voces en mi cabeza y en mi pecho. Pero no sirve de nada. Los gritos de antepasados míos han rebotado en muchos cuerpos y en muchas entrañas y nada ha cambiado.

Recuerdo un día que se quedó pegado en mi memoria. Era pequeña: debía de tener menos de diez años. Mi madre se había dado un golpe en el ojo y se le había puesto morado. Morado como el pétalo de una rosa de azafrán. Creo que se había caído, no lo recuerdo. Ella no paraba de repetir que parecía como si alguien le hubiese pegado un puñetazo y le parecía horrible, dramático.

Aquel día, mi padre y mis hermanos se habían ido, no sé, recuerdo despedirme de ellos en la puerta; yo me quedé con mi madre en casa. Ella estaba furiosa, furibunda. Tengo la imagen de verla tirar una silla al suelo y de estrellar un vaso de cristal… Yo era una niña y miraba a mi madre asustada, desde abajo, buscando la manera de calmarla. ¿Que debía hacer? ¿Era responsable yo de que ella se tomara tan mal haberse hecho daño en un ojo? ¿Qué tenía que hacer para que mi madre volviera a la calma y me dejara sentarme en su regazo como otras veces hacía?

Si lo pienso ahora, se me ocurre que un ojo morado tampoco sería muy agradable para mí. Todo el mundo me preguntaría, sospecharían de si me lo había hecho alguien, quizá pensasen que les estaba mintiendo si les contaba la verdad de la historia. Pero tendría que vivir con ello. Tendría que vivir con ello: dejar que la sangre acumulada en el perímetro de mi ojo se fuera disolviendo, escurriendo poco a poco y dejar que su color volviera a ser el de la carne, el color de la piel.

La historia nunca tuvo final en mi mente, no sé si volvió mi padre con mis hermanos, si mi madre se relajó después, no sé si logré hospedarme en su regazo un rato, como yo quería. Ese pequeño extracto fue la pieza elegida de todo aquel día, quizá incluso del año para quedarse en mi memoria a lo largo de los años: para quedarse para siempre.

Para permanecer incluso cuando fuera una mujer adulta y recordarme tal vez en qué situaciones sigo siendo la misma niña. Lo cierto es que aún ahora me sigo sintiendo responsable de situaciones que no he creado. Pienso: ¿Debería decir algo para arreglarlo?, ¿será por mi culpa? ¿será porque soy demasiado esto o demasiado poco de aquello? Justo como cuando era pequeña. Luego lo dejo ir. Después de unos días ya no lo recuerdo.

Saint-Exupery-recuerdos

Ya llega el sol

Hacía frío y lluvia y viento; eran días desagradables; bonitos de contemplar pero solo desde dentro, dentro del calor, detrás de una ventana. Y sin embargo, ayer llegó de pronto el sol. Llegó anunciando una primavera anticipada, como si de repente ya fuera abril. Estos días además amanece antes y se hace de noche más tarde.

Me gustan las sensaciones que me provoca la idea de que se acerca el verano, me recuerda a cuando era una niña, me hace ponerme de buen humor, me da ganas de hacer cosas, ganas de salir, ganas de tumbarme en la hierba y mirar el cielo azul, claro, sin nubes.

Por fin ha llegado el sol.

La niña que sigo siendo (II)

Niña

Siempre fue una niña tímida. De vez en cuando lo sigo siendo. 

Me canso viendo películas demasiado largas. No soporto estar sentada en la silla del cine más de dos horas y media. Me canso, me termino aburriendo. Cuando las veo en casa, muchas veces me duermo. 

Me siguen dando miedo las historias de terror, las de asesinatos, las de miedo o intriga.

Me gusta el café solo (solamente) si tiene mucha leche y mucho azúcar. No me gusta la cerveza.