Tinta de colores

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Nos hemos encontrado un diario en la plaza: un cuaderno A4, escrito sin dejar márgenes y con diferentes tintas; en la primera página podía encontrarse azul y rosa; en otras, los contrastes cromáticos eran más llamativos: naranja, violeta, verde, negro, azul. Un diario caótico de letra casi ilegible. Le hemos echado un vistazo rápido y después lo hemos llevado a comisaría. Allí lo hemos dejado y nosotras, mi amiga y yo, hemos seguido nuestro camino sin volver a mencionarlo. Hemos hablado del tiempo, de lo que íbamos a hacer, de lo que habíamos hecho y hemos reído un poco. Sin embargo, yo no dejaba de pensar en el cuaderno y en su autora. Había encontrado una extraña y simple belleza en las primeras líneas de aquel cuaderno que habíamos leído juntas mi amiga y yo esperando encontrar algún nombre, alguna indicación de pertenencia. Una mujer describía en presente y primera persona su cotidianeidad: estaba sentada en el césped del parque viendo jugar a los niños y a él y eso, decía, estaba bien. El día anterior habían estado por el “caminillo” todos y tampoco había estado mal; nada parecía estar mal y sin embargo las líneas transmitían una honda tristeza. Los niños jugaban hoy en el plaza junto a él, ayer habían ido de excursión todos juntos y lo habían pasado también bien y aún así, ella no estaba a gusto, no le alcanzaba la felicidad de sus acompañantes. Podía imaginármela sentada en la hierba con su cuaderno nuevo y sus bolígrafos de colores empezando a escribir sentimientos tristes mientras los otros se divertían y la invitaban con voz lastimera a unirse. Podía ver las miradas y las sonrisas inseguras que ella les dedicaba y su falta de implicación, su distanciamiento, sus ganas de pertenecer a otras personas y a otro lugar.

A menudo yo también soy ella. Supongo que por eso las palabras deshechas de su diario me han tocado la piel y se han hundido dentro luego. Tengo que esforzarme por estar, sea donde sea, y esforzarme por mantenerme contenta. La mayor parte del tiempo, imagino, querría estar en cualquier otra parte.

La sombra, ese misterio

Darse cuenta de la propia sombra es como ser consciente de la existencia de uno, del peso que se ejerce sobre la tierra, de la vida, la vida en sí de la persona. De repente ves tu sombra y dices: ah, pero si soy alguien, ah pero si estoy en el mundo, y descubres que no te puedes librar de la sombra del mismo modo que no te puedes librar de la vida. Darse cuenta de ello es abrumador, es todo un mundo puesto ante ti; y aún así nos terminamos acostumbrando. La gente adulta ya no va por la calle intentando alcanzar su sombra, como si fuera perros en busca de su propia cola.  

La sombra también representa todas las partes oscuras de uno mismo, lo que consideramos asqueroso, lo que creemos que nos vuelve feos o imbéciles de vez en cuando, lo que tratamos de ocultar a los demás, como si ellos no cargaran también con las suyas propias. El truco es aprender a vivir con ellas: las sombras no se irán; como en el caso anterior, tampoco podemos realmente librarnos de ellas. Somos tanto parte de luz como de sombra y supongo que así es como debe ser.