Amor (y odio) en la etiqueta

El amor desata.

El amor libera.

El amor comprende.

El amor escucha.

El amor da risa.

El amor abriga.

El amor compadece.

El amor tranquiliza.

El amor emociona.

El amor acuna.

El amor divierte.

El amor inspira amor.

El amor da amor.

El amor traspasa, pero no a la manera de los candados en una verja, sino que más bien al modo de la lluvia, que cala hasta el interior de la tierra y permite el desarrollo natural de los seres; a la manera de las palabras, que se introducen en la cabeza sin que nos demos cuenta y propician el nacimiento de otras palabras.

Así es el amor que yo concibo. Luego está el odio. Parecen opuestos, pero no hay nada más fácil que confundirlos. Al fin y al cabo, en la mente no hay apartados donde las emociones se presenten organizadas por etiquetas universalmente aceptadas.

Y la gente se lía: acaba pensando que el amor captura, que el odio suelta.

candado amor

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Dueños del mundo

Nacimos en un mundo creado, diseñado, forjado, construido por los miles y millones de generaciones anteriores que habían pasado por el. Nosotros empezamos de cero, pero el mundo seguía: no era nuevo; hacía mucho que no lo era. Es como si hubiéramos nacido de unos padres viejos que ya hubieran criado a muchos otros hijos antes y que, no obstante, seguirían viviendo aún después de haber muerto nosotros: viviendo y trayendo nuevos retoños al mundo, nuevas generaciones, nuevos ciclos de vida, muerte, vida.

El mundo al que llegamos tenía ya establecidas sus ideas, conceptos, preferencias, su bien, su mal, sus caminos, sus métodos. La gente a nuestro alrededor y los medios de comunicación se esforzaron por que nos adaptáramos a él, por amaestrarnos conforme a los criterios de la sociedad, se esforzaron por que nos lo creyéramos. Nosotros mismos también trabajamos por adecuarnos al ambiente y confundirnos con él. A veces nos adaptamos tan bien que terminamos creyéndonos tanto lo que se nos enseña que somos capaces de odiar, de matar por ello. Nos identificamos con un equipo de fútbol, un partido político, un país, un barrio, un estilo y odiamos y adoramos en consecuencia a las personas que pululan en torno a esos conceptos. Compramos cosas que no necesitamos, perdemos nuestros ahorros  y nuestra autoestima y nuestro propio valor en el camino, y apoyamos marcas, modas o cadenas de televisión como si fueran dioses, los únicos dioses.

Nos olvidamos de que vinimos al mundo desnudos, sin ningún concepto ni prejuicio, limpios. Nos olvidamos de que como seres humanos somos capaces de crear, de inventar, de dudar, sobre todo de dudar. Capaces de no dar nada por sentado, de no dar algo por válido por el simple hecho de que haya permanecido de ese modo en la humanidad durante mucho tiempo o durante tan poco que sea considerado una moda, el último grito. No creernos nada hasta que no haya sido pensado por nosotros mismos. Cada persona tiene su propia visión y su derecho a construir su mundo a su manera.

Creo que hasta que no caminemos sobre nuestros propios zapatos, no aquellos creados por generaciones anteriores, ni aquellos pensados por la generación actual para nosotros no seremos dueños del mundo, de nuestro propio mundo.

¿De qué sirve no hacerlo?

Soy yo. Soy yo. Tengo derecho a pensar lo que quiera, a sentir lo que quiera, a desear lo que quiera, a hacer lo que quiera, a comportarme como quiera. Soy yo. No es lo que quieran los demás. Es lo que quiera yo.

Soy yo. Tengo derecho a ser fuerte, a no arredrarme, tengo derecho a hacerme valer y a pensar de mí cosas que me beneficien, tengo derecho a apoyarme, a cuidarme, a ayudarme.

Todos tenemos la oportunidad de ser nosotros mismos y hacer lo que nos parezca más conveniente en cada momento. También cometemos errores; es cierto: somos humanos. No obstante, es más sano subsanar el error y aprender de él que quedarse paralizado por miedo. ¿De qué sirve no hacerlo?

Como dijo Kurt Cobain, “es mejor ser odiado por lo que eres que ser amado por lo que no eres”.

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