¿Me acompañas en el viaje, Whitman?

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No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Walt Whitman

El sueño que teje mi mente

Estoy tumbada en la cama. Me dejo llenar de sueño como si fuera una esponja puesta en remojo. Disfruto de esa etapa intermedia entre estar despierta y dormida. Me vienen palabras sueltas e inconexas que mi mente amarra y anuda para llevarse consigo a la fase del sueño. Es el desenlace que esperaba. El sol, el agua, quizá unas lágrimas de esas que vienen por cualquier motivo, quizá unas risas a carcajada limpia, algunas preocupaciones, ganas de continuar como se está y dejar las buenas intenciones en un saco polvoriento, abandonado en un desván. Cuando llueva, volveré sobre mis pasos y me conformaré con la melodía de la lluvia cayendo sobre el asfalto. Mientras tanto, continúo el sueño. No quiero comerme las uñas.

Ruido de lenguajes inasibles

Mi estado de ánimo corre, se quema, se enfría, se esconde, juguetón, dice que sube y luego baja, dice que está mal y se echa a reír. Mi estado de ánimo es como un algodón que se expande y se contrae, como la plastilina, la masa de hacer pizzas o las nubes, altas en el cielo, inalcanzables. Mi estado de ánimo tiene tantos hermanos gemelos como noches, mi estado de ánimo se emparenta con los sueños, con las almohadas, con las personas que pululan como sonámbulos alrededor de mí.

Hay ruido abajo. Gente que con su trabajo bloquea mi sueño. Un golpe tras otro, una voz que enlaza con otra, formando un bloque denso, entremezclado, difícil de digerir por separado. Hablan el lenguaje de las herramientas, el lenguaje rudo y frío de los martillos y el polvo. Yo no lo entiendo, nunca lo he aprendido, aunque el trabajo ha estado conmigo, muy presente, silbando en mi oído como una serpiente. Es necesario que trabajes, tienes que ganarte la vida, hace falta dinero, no hay apenas dinero, estamos en una racha de vacas flacas, no puedes permitirte esto, es mejor que ahorres. Esas palabras se infiltraron en mi mente como agua en un colchón. Lo inundaron. Eran épocas de necesidad; lo siguen siendo. La gente trabaja, se vuelve loca por tener un trabajo, por ganar dinero, por tener dinero, desperdicia su vida por tener una vida con trabajo, gasta sus horas y su energía. Yo también. Estoy aquí, está en mi sangre: soy ese colchón empapado.

La familia, la pareja, los hijos, uno mismo, el ocio, los amigos están ahí, aunque ocupados, también.

La vida, la vida sigue en paralelo.

Mi estado de ánimo puede explotar. Y puede que me convierta en polvo. Así llegaré a entender otros idiomas. Se meterán en mi mente, se introducirán por los resquicios y comentarán lo absurdo que parece estar en vivo.

Nos ayudaremos de las manos

No hay nada cuando no hay nada. Una fila de coches. El cielo, en lo alto de la mirada, es azul o gris o de otro color. Del color del cielo cuando es el cielo. Sobre mi pecho, pequeño, se ha posado una mano. No la aparto; está ahí. Quieta, en silencio. ¿Vienes a ayudar? No lo sé. ¿A qué vienen las manos? A veces ayudan, pero también dañan. Me gustaría saber algo más sobre ti misma, sobre ti y sobre mí, y así poder ayudarte, ayudarme mejor. Las palabras se me escapan sin ser dichas; van del cielo al suelo y se deslizan por mí; las siento caminar por mi piel, mi ombligo, por mis brazos. Luego, huyen. Se escapan. No es mi culpa entonces si no digo te quiero o amor mío. Son las palabras, las dichosas palabras que se me vuelan, que se me escurren como lluvia. ¿Aún así podrás ayudarme? ¿Podrás salvarme? No lo sé. Depende del cielo, y de la lluvia que cae de él, pero ¿a qué viene? No tienen sentido esos gritos en el pecho, esos llantos y tormentas. El cielo sigue gris. Pero también azul. La fila de coches sigue ahí, ensimismada, sin querer salir de sí misma. Un día tú también volarás: volaremos. Las palabras, las palabras estarán con nosotros. Nos ayudaremos de las manos.

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