Escoger la libertad

Iba subida en el asiento de copiloto del coche cuando de repente caí en la cuenta del daño que me hacen las ideas preconcebidas sobre cómo tienen que ser las cosas. Es un pensamiento recurrente en mí, que me acaba bloqueando. Me digo: las parejas tienen que hacer esto, tienen que decir esto y sentir aquello, l@s amig@s tienen que ser así, l@s herman@s, el trabajo, yo misma debería ser de este o de ese otro modo; y si no es así, es incorrecto. Lo pienso sin darme cuenta de que lo estoy pensando, pasa por mi mente sin que nadie lo cuestione, sin que ningún organismo encargado de velar por el buen uso de los mensajes le ponga el freno y lo retire por causar daños a la comunidad. Porque, ¿quién dice cómo tienen que ser las parejas, l@s amig@s, l@s familiares, las personas, sino ellas mismas? ¿Quién soy yo para calificar una relación como no aceptable solo por no ser como la de otros o como se supone que debería ser? En realidad, nada tiene que ser de ninguna manera. Sentada en el coche, mirando la carretera, escogí la libertad. No quiero que nadie me imponga cómo han de ser las personas para ser aprobadas por los códigos establecidos por la sociedad, y menos que nadie, yo misma. 

Ruido de lenguajes inasibles

Mi estado de ánimo corre, se quema, se enfría, se esconde, juguetón, dice que sube y luego baja, dice que está mal y se echa a reír. Mi estado de ánimo es como un algodón que se expande y se contrae, como la plastilina, la masa de hacer pizzas o las nubes, altas en el cielo, inalcanzables. Mi estado de ánimo tiene tantos hermanos gemelos como noches, mi estado de ánimo se emparenta con los sueños, con las almohadas, con las personas que pululan como sonámbulos alrededor de mí.

Hay ruido abajo. Gente que con su trabajo bloquea mi sueño. Un golpe tras otro, una voz que enlaza con otra, formando un bloque denso, entremezclado, difícil de digerir por separado. Hablan el lenguaje de las herramientas, el lenguaje rudo y frío de los martillos y el polvo. Yo no lo entiendo, nunca lo he aprendido, aunque el trabajo ha estado conmigo, muy presente, silbando en mi oído como una serpiente. Es necesario que trabajes, tienes que ganarte la vida, hace falta dinero, no hay apenas dinero, estamos en una racha de vacas flacas, no puedes permitirte esto, es mejor que ahorres. Esas palabras se infiltraron en mi mente como agua en un colchón. Lo inundaron. Eran épocas de necesidad; lo siguen siendo. La gente trabaja, se vuelve loca por tener un trabajo, por ganar dinero, por tener dinero, desperdicia su vida por tener una vida con trabajo, gasta sus horas y su energía. Yo también. Estoy aquí, está en mi sangre: soy ese colchón empapado.

La familia, la pareja, los hijos, uno mismo, el ocio, los amigos están ahí, aunque ocupados, también.

La vida, la vida sigue en paralelo.

Mi estado de ánimo puede explotar. Y puede que me convierta en polvo. Así llegaré a entender otros idiomas. Se meterán en mi mente, se introducirán por los resquicios y comentarán lo absurdo que parece estar en vivo.

Amigas

Estoy resfriada. La nariz llena de mocos líquidos, la frente cargada, la boca reseca de tanto utilizarla para respirar, los ojos tristes, acuosos. Hoy querría quedarme todo el día metida en casa, metida en cama. Pero he quedado con mis amigas a tomar café; el lunes es el cumpleaños de una de ellas y no estaré para acompañarla; estaré de vuelta en Madrid. De modo que me tomaré algo para el resfriado y saldré de casa.

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A veces no me apetece nada hacer las cosas que acabo haciendo. No me apetece por pereza, principalmente. Y me pongo indecisa y dudo. Últimamente, antes de negarme a hacerlas, me paro a pensar en si, después de hechas, me sentiré mejor, si lo agradeceré. En este caso, sí. Siempre es gratificante estar con mis amigas, charlar juntas de cualquier cosa.

Una de ellas acaba de dejarlo con su novio. Llevaban saliendo seis años. Aunque su relación no ha sido demasiado buena durante los últimos dos años (con algunas rupturas incluidas), no está pasándolo muy bien. Está un poco asustada. Dice que no le apetece salir de casa, pero un minuto después asegura que necesita estar con chicas y desahogarse. Somos un montón de dudas, todas nosotras, improvisamos nuestros pasos, nos hacemos adultas sin darnos cuenta, nos ayudamos como podemos, como hemos aprendido. Hemos crecido juntas, llevamos conociéndonos desde que éramos  niñas con coletas que iban de la mano de mayores a la escuela.

Sí, siempre es un buen plan quedar con ellas. Aunque a veces no se tengan ganas de salir de casa.