Suspendidas en el aire

bosque-hojas-secas-luz-otoñoVan y vienen las hojas de los árboles. Se arrastran movidas por el viento, por la lluvia, por el sol, por las pisadas de la gente que nada con sus pies entre ellas.

Van y vienen los pensamientos como hojas de árbol. Se deslizan por el suelo de mi mente dejando tras de sí un murmullo de aspereza y quietud. El sol se ha puesto e inunda la tierra de un color rojizo, anaranjado. Respiro hondo. Las hojas ascienden dulcemente y se quedan suspendidas en el aire: como si pendieran de un hilo invisible, como si la ley de la gravedad no actuara sobre ellas durante unos segundos. Espiro: las hojas se balancean suavemente hasta que caen de nuevo a la tierra.

Días de lluvia

Llueve. Oigo el sonido de las gotas al estamparse contra todas las superficies que encuentra en su camino: los tejados, el suelo, los coches, los paraguas. Es una lluvia fina pero constante, endeble y resistente al mismo tiempo.

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Me gustan los días que empiezan con lluvia y yo lo descubro desde la cama, en el estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Días en que no tengo ningún plan y me quedo tumbada escuchando el viaje de la lluvia hasta el suelo. Siento que de repente me lleno de paz, como si fuera un recipiente colocado en el exterior que se llena poco a poco de lluvia. Y es como si, según el agua fuera ocupando el espacio, yo me vaciara de todo lo demás, me vaciara de preocupaciones, me vaciara de planes, de pensamientos, de estrés.

En el sitio donde yo crecí, las mujeres ponían cubos y barreños en el patio los días de lluvia, que se llenaban lentamente de agua; una vez completos, se utilizaban para regar las plantas el resto de días. El sitio en que yo crecí es bastante seco. Son raros los días de lluvia, rara la lluvia persistente. Raro encontrar la belleza y la paz que ofrece el mundo antes de salir de la cama.

This is water

Siempre nos engañamos a nosotros dos veces respecto las personas que amamos, primero a su favor, y luego en su contra.

Albert Camus

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Tengo la manía de imaginar que alguien es mejor o peor de lo que es todo el rato. No es que me engañe solo al principio o al final de mi relación con una persona, en los inicios idealizándola y al acabar subestimándola. Lo hago constantemente. Mis ideas sobre la gente cambian tanto como mi estado de ánimo. Un día alguien es lo mejor y al día siguiente puede ser todo lo contrario. No soy demasiado estable en ese sentido, ni tampoco muy objetiva, ¿cómo voy a serlo? Estoy dentro de mí y lo único que observo es que todo lo que sucede me tiene a mí por centro. Una sabe que hay vidas aparte de la que yo vivo, pero lo conozco solo gracias a mis propias percepciones, a lo que mis sentidos le cuentan a mi mente sobre ello; de modo que por muy lejanas y ajenas que sean el resto de vidas e historias, si las conozco siempre seré yo la protagonista y pensaré en ellas solo en función de cómo llegué a conocerlas.

El discurso “This is water”, que David Foster Wallace pronunció en 2005 para los recién graduados de una universidad americana, habla sobre ello. A mí me encantó. Aporta un punto de vista totalmente diferente al que estamos acostumbrados a enfocar. Otro tipo de pensamiento que se sale del camino, que se aleja del rebaño. Y ese es el mensaje que transmite, al fin y al cabo: la importancia de pensar por nosotros mismos, de alejarnos de los pensamientos preestablecidos, aquellos que vienen por defecto instalados en nuestra cabeza. Considero que es la mejor manera de vencer la subjetividad, y al mismo tiempo, de sumergirnos por completo en ella… Se vence al salir de las fronteras de nuestras ideas prefijadas y abordar así un nuevo tipo de libertad; y nos hundimos más en ella pues este método nos permite llegar a conocer un poco más de nosotros mismos.

Disfruten. Esto es agua.

Mierda, suerte, mierda

Ayer pisé una caca de perro al salir de casa. Estaba reciente y se impregnó bien en la suela de mi bota, que restregué contra el suelo repetidas veces. “¡Joder!”, pensé. Y seguí mi camino. Luego se me ocurrió que quizá me daba suerte. Fue un pensamiento estúpido e infantil, de los que solía pensar cuando era un niña (“te ha cagado un pájaro en la cabeza, es genial, vas a tener buena suerte!”), pero no obstante me hizo sentir mejor. El famoso efecto placebo ejerció su labor, supongo. Algo me había disgustado, pero pensar que al final del día sería positivo me hacía animarme de repente.

El día fue normal, sin embargo; totalmente rutinario. Fue ayer pero apenas recuerdo nada de él hasta el momento de volver a casa. Iba en metro. Un señor mayor se sentó a mi lado; yo sostenía mi ebook en las manos; leía. Él se quedó mirándome y finalmente me preguntó si estudiaba. “No, leo, solo leo”, le dije. “Aaah”, contestó. “A mí me gusta mucho leer”, aseguró. “Tengo en el salón de mi casa más de 6.000 volúmenes y cuando estoy allí nunca me siento solo por más que no haya nadie conmigo”, comentó. “Me hacen mucha compañía los libros y siempre he estado rodeado de ellos. ¿Sabes? Yo fui durante muchos años profesor”, dijo. “Solía tener una memoria prodigiosa”, añadió, como recordando con nostalgia aquel tiempo. “Por ejemplo, ¿sabes quiénes fueron los visigodos?”. “Sí”, le contesté. “Bien, pues yo me sé los nombres de los treinta y tres reyes visigodos que reinaron en España”, repuso. Y los enumeró todos. También me enumeró los emperadores romanos, los partidos judiciales de una provincia que me pidió elegir al azar y los afluentes del Ebro tanto en su margen derecha como izquierda. Su tono de voz era tranquilo y dulce y yo le escuchaba asombrada; contaba las paradas de metro que me quedaban hasta la mía, pero con un ánimo totalmente distinto al de los otros días. Ayer quería que el tiempo pasara despacio dentro del vagón y me permitiera estar al lado de aquel anciano un poco más.

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Luego llegó mi parada y tuve que bajarme; él me cogió la mano y me dijo convencido que me deseaba mucha suerte para todo, mucha suerte para la vida. “Ha sido un placer conocerte”, añadió. “Gracias, gracias. Igualmente”, le dije con una sonrisa azorada.

Me bajé y me puse a pensar en otras cosas. Pensamientos que ya no recuerdo del día que he olvidado. Sin embargo, guardo nítida la imagen de mi calle, que estaba oscura y vacía, porque justo antes de llegar a casa pisé algo pringoso. Al principio no le di importancia. Luego me paralizó. ¿Acababa de volver a pisar otra mierda de perro? Me quedé pensativa mientras volvía a restregar mi zapato contra el suelo. Efectivamente, había vuelto a pisar otra caca. ¿Es que había tantas? ¡No me lo había parecido hasta aquel día! Súbitamente, el día era cíclico, como una noria, un número capicúa.

Mierda, suerte, mierda. O suerte, suerte, suerte. ¿De verdad?

En mis zapatos

He vivido conmigo los últimos años. Todos mis años. Y aún me cuesta reconocerme. Capto vestigios míos en el espejo de la gente, en el río opaco de mis pensamientos. Pienso: esa soy yo y lo que observo son puntos fugaces, aire, silencio, distancia. Luego se me olvida. Y me busco de nuevo. Se me pasan los días revolviendo muebles y no siempre estoy ahí para encontrarme.

No sé si he aprendido a quererme todo lo que merezco, pero sé que cuido de mí misma todo lo que sé. Sé que me esfuerzo, ¿eso vale? Me involucro, me preocupo, me meto en la piel y en los huesos, y en mis zapatos cada día.

Espectadores protagonistas

Lo que es y lo que debería ser. La lucha empieza. Mis pensamientos se retuercen, se enredan, se lían, se vuelven ariscos y me intimidan. Tengo demasiadas ideas ahí dentro sobre cómo deberían ser las cosas, tantas que a menudo impiden que las cosas simplemente sean. Se ponen todas delante, en fila desordenada, bloqueando el paso. Yo me lleno de prisa, de agitación. Me oigo decirme: esto debería ser así, yo debería decir eso, debería haber hecho aquello, él tendría que haber actuado de otro modo, esa no es la forma correcta de ser, debería haber realizado las cosas de una manera diferente. La cadena continua interminablemente, enredándome a mí y enredando a lo que está a mi lado.

Mensaje muro

¿Pero qué es lo que debería ser si no es lo que ya es? La vida, las acciones, las personas toman sus propios caminos, sus propias decisiones. En eso consiste la libertad, eso es la diversidad. Nada debería ser de una forma diferente a la que es. Las cosas sencillamente son. Siguen su curso. Inexorablemente, sin prisa, sin pausa. El camino está ahí y todos lo recorremos. Un paso y otro. Sin descanso.

Somos al mismo tiempo protagonistas absolutos y simples espectadores.

Hambre de mundo

ImagenTengo pensamientos raros. Más que raros, absurdos; basados en evidencias que no dejan de sorprenderme: ahí radica su rareza.

De repente, mientras me cambio de ropa frente al espejo, pienso, aah, soy una mujer, tengo pechos; mientras estoy comiendo descubro que ingiero alimentos a diario y esta constatación me deslumbra; a veces cuando camino se me revela súbitamente que soy capaz de andar, que tengo piernas, que sé moverlas con los movimientos necesarios para poder desplazarme de un lado a otro. Durante unos momentos, me paralizo, impresionada con el hallazgo; luego reanudo mi tarea. Sigo cambiándome de ropa, comiendo o caminando, pero esas acciones pasan a un segundo plano en mi cabeza, que se entretiene con otros pensamientos.

Es como si me impactara a diario de la vida que se desprende de mi existencia, como si mi mente no se terminara de acostumbrar a mi cuerpo, a su ritmo, a sus formas. O como si no hubiera dejado de ser una niña mirando con ojos glotones el mundo alrededor. Miro el mundo con hambre de él. Y nunca deja de fascinarme.

Vivir en primera persona

No recuerdo lo que estaba haciendo exactamente; supongo que no tenía demasiada importancia. Lo que sé es que estaba pensando en qué diría alguien sobre ello: imaginándome que quizá no le gustase, pensando qué opinaría, decidiendo si era aceptable o no. Estaba revolviendo este tipo de suposiciones cuando de repente se me ocurrió que estaba viviendo la vida en tercera persona. Pasando por la vida como si no fuera yo, es decir, una persona, sino simplemente el instrumento de otras, su altavoz, sus ojos, su criterio.

El descubrimiento fue impactante; me dejó paralizada unos segundos. Luego me llenó de fuerza. Yo quería vivir la vida en primera persona. Si no, ¿de qué servía estar viva? ¿de qué ser una persona única? Yo quería tener mis propias opiniones, mis propias ideas, mi propia fuerza para llevarlas a cabo. Yo quería eso: vivir. Ser yo. No ser solo el lugar de paso de los juicios e ideas y versiones de otras personas. Yo quería poder afirmar “yo soy”, en vez de “ella es”, cuando pensase en mí misma. Quería verme con mis propios ojos. Los de los demás no servían, me ensuciaban.

Aquel día no pude dejar de pensar en ello. Estaba al acecho de mis pensamientos. Y cuando me relajaba y otras ideas ocupaban mi mente, volvía sobre ello. “¡Oye, ahora vivo en primera persona!”, me decía con un sentimiento de libertad inmenso, como si de repente la libertad fuera simplemente ver las cosas de otra manera, como si no hubiera límites, como si realmente fuera capaz de hacer, decir o pensar lo que me apeteciese. “No soy el resto de la gente. Soy solamente yo”.

Solamente.

Inmensamente.

Completamente.

Intencionadamente.

Yo.

yo

Embrollo y repetición mental

Me paso el tiempo fantaseando. Pensando otras vidas. Jugando a juegos mentales totalmente irreales. Imaginando finales. Contándome historias. Estaba convencida de que cuando me hiciera mayor se me irían todas las manías, pero el tiempo pasa, y mis manías y mis juegos y mis fantasías siguen conmigo, acompañándome. A veces me riño. Digo: de qué sirve toda esta madeja de pensamientos que son pensados una y otra vez, que están más que sobeteados, relamidos, gastados. Porque al final siempre es lo mismo: los mismos pensamientos, las mismas fantasías, los mismos juegos. Es cierto que se adaptan a las circunstancias de cada momento, a lo que veo, a cómo me siento, pero en esencia es igual. Apenas varía de un día para otro. Por eso, si un día de repente se me ocurren otras cosas, reflexiono de otra manera, o simplemente soy consciente de que sin darme cuenta estoy pensando lo mismo que cualquier otro día, es como si algo cambiara. Ya no es igual. Hay un pequeño hito que quiebra la rutina. No es frecuente, no obstante. Es asombrosa la forma en que las manías más tontas, las ideas más repetitivas no paran de aparecer a cada rato y lo difícil que resulta darse cuenta cuando se está metido en el embrollo mental que implica ser uno mismo, ser persona, ser humano. Es raro darse cuenta, no obstante, ser consciente de lo que se está pensando. Es como si te vieras desde fuera cuando estás en realidad metido en el fondo, en todo el meollo. ¿Quién? Yo. Esto es: tú. Las dos. La de dentro y la que observa. Hoy soy, somos dos, pero estamos juntas.

La llave de los campos, Magritte
La llave de los campos, Magritte