¿Así conduzco mi vida?

Era la carretera que llevaba a mi casa. Yo iba en coche; conducía. Sin darme cuenta, hacía el movimiento de coger algo de la guantera justo cuando tenía que cambiar ligeramente la dirección del coche para tomar un desvío. Entonces comprendía que ya era demasiado tarde para cambiar los brazos y cogía la curva de mala manera, con los brazos entrelazados. Me decía que debía frenar, pero tampoco podía mover los pies. Era como si de repente no alcanzara a los pedales. Llena de espanto, pensaba que no podía ir tan deprisa por una calle cuando no tenía control del vehículo; mis brazos seguían pegados, incapaces de hacer cualquier movimiento, mis pies no conseguían encontrar los pedales.

Me he despertado asustada. Estaba a punto de chocar contra un coche aparcado. 

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Todo vale: nada estorba

Hoy se me ha ocurrido, mientras salía de la cama con paso torpe y remolón, que todo cuenta, todo contribuye, todo sirve para algo. Un momento antes, había pensado que era un día gris y feo y que eso, si no me entristece, tampoco me alegra. Luego me he dicho que no paro de quejarme y que es lo mismo de siempre y blablabla, y a continuación que ya vale de regañarse y todo ese rollo de acusaciones y líos varios dentro de mí.

Ahí es cuando de repente me he dado cuenta de que todo tiene su papel. Equivocarse una y otra vez, enfadarse, entristecerse, estar de buen o mal humor, alegrarse, reírse. Son formas de pasar el tiempo de nuestra vida que nos hacen, que nos crean de la forma que somos. Todas las actividades, todos los sueños, todas las pesadillas. He pensado que no tiene sentido regañarse por no cumplir aquello que nos han enseñado o que creemos que es lo correcto. Lo único que tiene sentido es cuidar de nosotros mismos y entender que somos un montón de cosas diferentes (una persona, un universo) y ninguna de ellas está fuera de lugar, ninguna estorba. ¿Hay algo en el universo que no sirva, que sobre? Yo creo que no. Hoy, hoy al menos, no sobra nada dentro de mí. Tampoco falta.

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