Los grandes golpes

¿Dónde vas con toda esa impotencia y con ese puñado de viejas historias y cuentos falsos?

Al río. Al mar. Al océano. A todos los desagües de las casas raras.

Al lugar donde las cosas se hunden y son arrastradas, río abajo, con la corriente, como un montón de papeles oxidados un día de viento intenso.

Esos días el viento vuela con rabia y me revuelve, no el pelo, sino la tripa. Siento sus patadas punzantes y toda mi debilidad. Mi pelo sigue siendo un mar tranquilo marcando las doce. Pero mi tripa es el epicentro de todos los terremotos que tienen lugar en mi cabeza y en los que mi corazón siempre es el principal damnificado.

Los grandes terremotos de la historia tuvieron lugar en mi cabeza.

Las grandes historias de odio y valentía, dulzura apagada y recriminaciones.

Las guerras más sangrientas.

Las rachas de viento más violentas y los golpes más fuertes del mar contra las rocas.

Los golpes del mar y los golpes de la vida.

Ese día, justo ese día, organizo mis falsos cuentos de rechazo, las lanzo lejos y, vacía, contemplo como son arrastrados fuera de mí. Luego sigo caminando con el estómago y la mente destrozadas y dejo que el viento me susurre nuevas leyendas que pasado el tiempo devolveré al mar.

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Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

César Vallejo

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¿Me acompañas en el viaje, Whitman?

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No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Walt Whitman

Yo: solamente he nacido

Altura y pelos, César Vallejo

¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!
¿Quién no escribe una carta?
¿Quién no habla de un asunto muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?
¡Yo que solamente he nacido!
¡Yo que solamente he nacido!
¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?
¿Quién al gato no dice gato gato?
¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!
¡Ay! ¡yo que sólo he nacido solamente!

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Me gustó este poema la primera que lo leí.

Me pareció tan real, tan abrumadoramente real.

¿Qué hemos hecho acaso en esta vida sino nacer -nacer: nuestro gran hito vital-?, pensé.

Vinimos al mundo y a partir de ahí fue llegando todo lo demás: una mascota, un coche, varios amigos, un vestido, un enfado, una sorpresa, un dolor, un mensaje de whatsapp, un llamada de teléfono. Cosas que nos envuelven en la capa del día a día y nos hacen sentir dentro de la espiral de la vida y la costumbre. ¿Pero qué culpa tenemos de ello? ¿Qué responsabilidad si en realidad lo único que hemos hecho ha sido nacer? ¿Quién no se toma a pecho la vida y todo lo que trae consigo, como si fuera algo que hubiéramos luchado por conseguir? ¿Pero quién es culpable de haber nacido? ¿Quién lo pidió?

Si no somos responsables de lo más importante, haber nacido, ¿cómo vamos a serlo del resto de situaciones? Pero lo cierto es que sí; sí que lo somos. Somos nuestros actos aunque seguimos estando tan desprotegidos como cuando nacimos, aunque seguimos siendo pequeños seres inocentes que no pidieron venir, que arrojaron sin quererlo hacia la vida.

¿No es eso abrumador?

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César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892- París, 1938) es considerado uno de los poetas en lengua hispana más importantes del siglo XX. Su poesía destaca por su sonoridad, su carácter innovador, y su lenguaje seco y desgarrador.

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Leopoldo María Panero, escondido en matorrales

 

Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero

hijo de padre borracho 

y hermano de un suicida

perseguido por los pájaros y los recuerdos

que me acechan cada mañana

escondido en matorrales

gritando por que termine la memoria

y el recuerdo se vuelva azul, y gima

rezando a la nada por temor.

Leopoldo María Panero