El abrazo, solo el abrazo en sí

Fundirse en un abrazo inmenso como si fuéramos trozos de hierro en el horno de un herrero y separarnos después sin saber muy bien quién es cada cual. Sin saber dónde está la frontera que separa un cuerpo de otro ni cuáles son los límites que bordean cada una de las mentes.graffiti-muro-beso-abrazo-amor

¿Acaso no somos sino un único ser escindido en varios cuerpos? ¿Acaso dudas de que seamos lo mismo? Carne, deseos, huesos, ideas, sentimientos, ganas, futuros, pasados y un presente que nunca lo está. ¿Acaso no seguimos las mismas sendas marcadas, no nos cansamos a veces, no parloteamos sin descanso y no imaginamos vidas con solo ver una mirada?

¿Acaso no es emoción lo que percibes debajo de la suciedad?

¿Acaso no somos sino el abrazo en sí y no las partes separadas que se unen en él?

Un espejismo

Vidas superpuestas.

Encuentro un concierto en Youtube. Miles de personas corean las letras de las canciones gritadas por el artista. Tiene la cara mojada: sudor corriendo nervioso por su piel. Los espectadores se mueven, saltan al ritmo de las melodías. Yo los miro un rato y luego me meto en la ducha. Con el agua cubriendo mi piel, con el gel en la mano pienso en ellos: en la posibilidad de que el concierto estuviera ocurriendo en este mismo instante y no hace tres años. Siento como si yo estuviera también ahí con todos ellos, y al mismo tiempo el agua templada calentando mi piel.

El futuro, el pasado, el presente, el lío del tiempo, las sensaciones, los sentimientos. A veces me hacen sentir que la vida tal como está concebida es una ilusión, nada más que un simple espejismo.

Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

Hacerse mayor

No quiero hacerme mayor. ¿Sirve de algo? Estar atado a un trabajo tantas horas al día, tantos días a la semana; tomar decisiones trascendentes en un instante, deber elegir responsabilidad por encima de placer. ¿Y si no lo tienes claro? ¿Y si aún no lo has decidido?

A mí me gustaba cuando todo eran juegos y salir a la calle, y no había facturas, ni malas noticias, ni impotencia, ni futuro, sino un dulce y eterno presente, una ingenua inconsciencia; a mí me gustaba cuando parecía que todo lo malo se solucionaría al día siguiente, con la nueva luz.

Hoy, sinceramente, no quiero hacerme mayor. No puedo. ¿Alguien me ha consultado? Hoy se me hace muy grande la carga para caminar con ella. Demasiado peso para trasportar cada día.