El yo no es nuestro

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Decían que era el ambiente. El ambiente en que crecemos el que nos hace como somos.

Decían que era la genética. La combinación de gametos de nuestros padres nos configura de la forma que somos.

Decían que era la interacción de los dos factores precedentes. Por un lado los genes aportados por nuestros antepasados y por otro el entorno en que éstos se desarrollan.

Ni la genética ni la crianza se eligen. Tampoco la combinación de ambos. Entonces, ¿quiénes somos? ¿Por qué hemos llegado a estar tan apegados a algo que no escogemos? ¿Cómo se llega a llamar “yo” a algo que, a decir verdad, no somos nosotros? ¿O acaso ser nosotros no es más que esta forma ajena de ser?

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Espectadores

tv-familia-blanco-negroSu caso se propagó por el sensacionalismo en que apareció envuelto: según el artículo aparecido en el New York Times, más de 30 personas habían presenciado el suceso y nadie movió un dedo para evitarlo. Treinta y ocho personas habían sido testigos con la misma emoción e intensidad que si el asesinato (los gritos, el forcejeo, la sangre) fuera al otro lado del televisor en blanco y negro, en vez de al otro lado de la ventana, a escasos metros de sus narices mitad morbosas mitad adormecidas.

Las desconfirmaciones llegaron, pero como suele suceder, lo hicieron sin el aplomo ni la convicción de las primeras informaciones. Ni habían sido más de 30 los espectadores (apenas un puñado), ni se habían quedado paralizados observando la escena: algunos gritaron para tratar de ahuyentar al asesino -y de hecho lo consiguieron: el asesino se alejó durante unos minutos-, otros llamaron a la policía, el resto, si esto puede eximirlos, confundió los gritos con una reyerta entre borrachos.

KittyGenovesePero el caso de Kitty Genovese ya se había hecho famoso y los nuevos datos aportados no hicieron sino aumentar su repercusión. Una joven había sido asesinada por un loco que salió de casa con deseo de matar y aunque hubo gente que presenció el “espectáculo” y algunos de ellos trataron de evitarlo, ninguno se implicó lo suficiente como para conseguir que el loco huyera y la chica viviera.

Catherine Susan Genovese (1935-1964) era de origen italiano, vivía con su chico en un barrio tranquilo de Nueva York, trabajaba como camarera. Sus padres se habían mudado a Connecticut después de que su madre presenciara un asesinato (paradojas de la vida) diez años antes y no lograra sobreponerse a la impresión; ella decidió quedarse. ¿Qué probabilidad había de que aquello volviera a ocurrir?, ¿Qué relación hay entre una ciudad y un crimen? Aquello bien podía volver a ocurrir en cualquier otra localidad, ¿qué más daba? A la gente le rompen el corazón, le destrozan los nervios, le pueblan los sueños sin que importe mucho dónde está su domicilio.

Genovese permaneció en su ciudad de siempre, en su rutina: su trabajo, su casa, sus amigos. Su normalidad.

Su asesino también era un hombre bastante normal. Casado, con hijos, trabajador, de los que sus vecinas dicen huy, no me lo esperaba. Imposible que ellas supieran que Winston Moseley era un necrófilo. Apasionado de follar mujeres muertas. Genovese estaba a punto de estarlo cuando él la violó. Se encontraban dentro del portal de la casa de ella, a la que había llegado arrastrándose después del primer ataque del tipo, y ninguno de los vecinos pudo presenciarlo ya. Es posible que ni siquiera pudieran oír los gritos: los de placer de él y los de agonía de ella. Es posible que el sonido de otros asesinatos procedentes del televisor o de música amena extraída de la radio lo amortiguara.

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Moseley satisfizo su necesidad, se sació y huyó. Genovese se quedó en el suelo, un objeto vacío ya, desprovisto del valor que el tipo había encontrado en ella cuando la vio salir del bar, su vida, su sexo. La policía la descubrió no mucho después; aunque aún estaba viva, moriría de camino al hospital. Tampoco tardaron mucho en dar con Moseley. Confesó ese crimen y algunos otros sin demasiado interés; se arrepentía, pero solo de no haber sido lo suficiente hábil para no ser encontrado. Fue a la cárcel; allí sigue más de 50 años después.

De Genovese quedó el recuerdo, sobre todo de su muerte, y algunas preguntas difíciles que se incluyeron en estudios relacionados con la psicología de la mente humana. ¿Por qué la gente ayuda? ¿De qué depende esa ayuda?

En el caso de Kitty Genovese la principal causa del “pasotismo” de los vecinos ante aquella emergencia se atribuyó a lo que después los estudiosos del tema denominaron “efecto espectador” y que alude a la falta de ayuda de un individuo amparada en la falta de ayuda del resto de individuos que contemplan la escena. (Mi madre lo resumiría muy bien con el refrán “unos por otros la casa sin barrer”). La responsabilidad se difumina y el apoyo no llega a suceder.

Sin embargo, esto no fue lo que les pasó en realidad a los vecinos de Genovese aquella madrugada del 13 de marzo. Es verdad que no salieron a la calle con un bate ni gritaron con todas sus fuerzas al unísono para que el tipo se marchara,  pero tampoco se quedaron embobados observando sin emitir gesto alguno. Simplemente, no estuvieron a la altura.

Quizás en esa ocasión era difícil estarlo o no supieron, no pudieron. Quizás se llenaron de miedo. Quizás todos somos un poco espectadores.