Mis mejores canciones (I)

No son mías, pero sí son mías. Mis canciones favoritas me cuentan historias que entiendo y reconozco. Su melodía transmite cosas a mi mente y a mi cuerpo: vibraciones, sensaciones, recuerdos, emociones. Las escucho; no me importa dónde ni tampoco cuándo.

 Nina Simone. Ain’t Got No, I Got Life

 

Rem. Uberlim

 

Beatles. Norwegian wood (this bird has flown)

 

Russian Red. Cigarettes

 

Coldplay. Fix you

 

Joaquín Sabina. Donde habita el olvido

 

Vampire Weekend. Oxford Comma


 

Cat Stevens. The First Cut Is The Deepest

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Cada uno de los instantes

A menudo nos decimos: “tenemos que viajar más”, como si de eso dependiera toda la felicidad de nuestras vidas, como si tuviéramos reservados los momentos alegres a los viajes y no hubiera más ocasión de disfrutar juntos del tiempo. A menudo nos decimos eso y nos entusiasmamos ante la perspectiva de ver juntos otros países y otros lugares y pasar todo el día, muchos días, juntos; pero esa conversación siempre nos deja, junto a la ilusión, un trasfondo de tristeza inevitable. Tenemos agendas, trabajos, obligaciones, vidas aburridas de adultos con sueldos de jóvenes malpagados y apenas podemos permitirnos viajar: nos falta el tiempo, nos falta el dinero.

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Sin embargo, nuestra relación no se construye solo con grandes fechas ni días para el recuerdo. Nuestra relación se sujeta en cada uno de los días que vivimos juntos, en cada uno de los instantes compartidos.

Quizá no podamos viajar siempre que queramos, pero estamos juntos y podemos disfrutar de ello, ¿no crees? Quizá tenemos que aprender que no hay un momento más propicio que cualquier momento para ser felices, ni viaje más largo ni más intenso que el de nuestra propia relación.

¿Nos vamos? ¿Salimos hoy mismo?

Juegos de niñas

Entramos en el baño juntas. Debíamos de tener unos 5 y 10 años, mi hermana y yo; la pequeña era yo. Estábamos en la casa de una prima de mi madre, una que se llama Dolores, a la que, inexplicablemente, nunca han llamado Lola. Demasiado refinada para usar el diminuto de su nombre, demasiado perfeccionista. Mis padres, la Dolores, su marido y quizá alguien más hablaban en el salón de temas aburridos y soporíferos (esta persona se murió, esta otra ha sido operada, ¿conoces al hombre que vive en esta calle y se llama fulanito?, su hija se va a casar con menganito; su primo se acaba de divorciar) y nosotras dos estábamos tiradas cada una en un sillón, sin decir nada, aletargadas, drogadas por la conversación. No nos dejaban jugar, ni siquiera nos dejaban hablar entre nosotras porque acabábamos dando grititos que interrumpían sus divagaciones. Quizás nos habían castigado y por eso estábamos separadas. No lo recuerdo.

Supongo que pedí ir al baño más por el gusto de hacer algo diferente que por necesidad de vaciar mi vejiga. Me acerqué a mi madre, le sacudí el brazo hasta que capté su atención y después le dije bajito, en el oído: “mamá, me hago pis”. Mi madre asintió y llamó a mi hermana: “anda, ve con ella al baño, la Dolores os enseña el camino”.niñas_jugando

El baño era amplio y estaba limpio, pero sobrecargado de todo tipo de productos de belleza. Tengo la imagen guardada desde entonces; nos dejó paralizadas: el baño con azulejos oscuros pero brillantes, una luz especial, un espejo amplio y miles de envases de diferentes formatos. Mi hermana empezó la fiesta cogiendo, asombrada, algunos botes para verlos mejor desde cerca; poco a poco nos fuimos dejando seducir por la emoción y el juego sin ser conscientes de lo que estábamos haciendo: rompimos ampollas antiarrugas (nos parecieron el culmen de la sofisticación; nunca habíamos visto unas antes) y nos untamos el líquido por la piel de la cara y las manos, abrimos botes de diferentes tamaños y contenidos y dejamos deslizar algunas gotas sobre el lavabo para ver el color y la textura, destapamos envases con polvos de maquillaje, echamos colonia al aire. Nuestra curiosidad no tenía límites. Y nadie parecía acordarse de nosotras.

La llamada de mi madre nos pilló desprevenidas. “¡Chicas, vamos!”, dijo. Se oían las voces de los mayores que habían salido del salón y se dirigían a la puerta. Miramos el desorden a nuestro alrededor y se nos subió la culpabilidad de golpe, como si fueran unas ganas inesperadas de vomitar o como si hubiéramos visto a alguien que no deseáramos ver al otro lado de la calle; había que arreglar el destrozo, era la mejor opción, pero no había tiempo, ni siquiera sabíamos cuál era la disposición inicial de cada envase. Recogimos algo, no mucho, y salimos corriendo. Toda la familia estaba en el vestíbulo, esperándonos, aunque la conversación continuó después de que llegáramos. Recuerdo que me pegué a la falda de mi madre, de espaldas al resto de la gente, y que no paraba de pensar en que teníamos que irnos inmediatamente. Pensaba que si me miraban, quizá descubrieran un brillo extraño en mi piel, si me pedían que los besara podrían oler un aroma especial e imaginarían lo que habíamos hecho. Me sentía agobiada y avergonzada, pero sobre todo estaba enfadada con toda aquella gente que parecía no tener prisa por despedirse. Y exploté, al final, cuando me pidieron que le diera un beso a todos antes de irme. Yo me negué. Mi madre trató de despegarse de mí a la fuerza para obligarme a hacerlo; yo me apretaba a ella con ganas. Pataleé. Apoyada la cara en las piernas de mi madre, oía que decían que algo me tenía que pasar pues yo solía ser cariñosa, seguro que han reñido, algo ha pasado, vaya dos, no las hemos oído de discutir. ¿Vieron si mi hermana tenía restos de cremas? Ahora me lo pregunto; en su momento no podía pensar en nada más que en irme de allí cuanto antes. Huir, abandonar la escena del crimen, esperar a que la Dolores no le contara nada a mis padres cuando lo descubriera.

No sé cómo acabó la historia. No he vuelto a esa casa. Tampoco he vuelto a ponerme ampollas en la piel. Por eso, cada vez que veo alguna, mi mente sigue mostrándome aquellas primeras que vi.

Después ya no recuerdo

Siempre he odiado la impaciencia, la desesperación ante el mínimo inconveniente que he heredado de mi madre, de mi abuelo. Me molesta en ellos (molestaba, en caso de mi abuelo), pero sobre todo me molesta en mí. Me chillo a mí misma cuando de repente soy consciente de ello y retumban las voces en mi cabeza y en mi pecho. Pero no sirve de nada. Los gritos de antepasados míos han rebotado en muchos cuerpos y en muchas entrañas y nada ha cambiado.

Recuerdo un día que se quedó pegado en mi memoria. Era pequeña: debía de tener menos de diez años. Mi madre se había dado un golpe en el ojo y se le había puesto morado. Morado como el pétalo de una rosa de azafrán. Creo que se había caído, no lo recuerdo. Ella no paraba de repetir que parecía como si alguien le hubiese pegado un puñetazo y le parecía horrible, dramático.

Aquel día, mi padre y mis hermanos se habían ido, no sé, recuerdo despedirme de ellos en la puerta; yo me quedé con mi madre en casa. Ella estaba furiosa, furibunda. Tengo la imagen de verla tirar una silla al suelo y de estrellar un vaso de cristal… Yo era una niña y miraba a mi madre asustada, desde abajo, buscando la manera de calmarla. ¿Que debía hacer? ¿Era responsable yo de que ella se tomara tan mal haberse hecho daño en un ojo? ¿Qué tenía que hacer para que mi madre volviera a la calma y me dejara sentarme en su regazo como otras veces hacía?

Si lo pienso ahora, se me ocurre que un ojo morado tampoco sería muy agradable para mí. Todo el mundo me preguntaría, sospecharían de si me lo había hecho alguien, quizá pensasen que les estaba mintiendo si les contaba la verdad de la historia. Pero tendría que vivir con ello. Tendría que vivir con ello: dejar que la sangre acumulada en el perímetro de mi ojo se fuera disolviendo, escurriendo poco a poco y dejar que su color volviera a ser el de la carne, el color de la piel.

La historia nunca tuvo final en mi mente, no sé si volvió mi padre con mis hermanos, si mi madre se relajó después, no sé si logré hospedarme en su regazo un rato, como yo quería. Ese pequeño extracto fue la pieza elegida de todo aquel día, quizá incluso del año para quedarse en mi memoria a lo largo de los años: para quedarse para siempre.

Para permanecer incluso cuando fuera una mujer adulta y recordarme tal vez en qué situaciones sigo siendo la misma niña. Lo cierto es que aún ahora me sigo sintiendo responsable de situaciones que no he creado. Pienso: ¿Debería decir algo para arreglarlo?, ¿será por mi culpa? ¿será porque soy demasiado esto o demasiado poco de aquello? Justo como cuando era pequeña. Luego lo dejo ir. Después de unos días ya no lo recuerdo.

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