No existe vida exterior

No pedimos nacer ni tampoco morir; la mayoría nunca lo hace. Y sin embargo, todos formamos parte de la rueda. Nos movemos con ella, acabamos mareados y vomitamos en mitad de uno de sus giros.

Salir de ella no es una alternativa preferible. No existe vida exterior.

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Embrollo y repetición mental

Me paso el tiempo fantaseando. Pensando otras vidas. Jugando a juegos mentales totalmente irreales. Imaginando finales. Contándome historias. Estaba convencida de que cuando me hiciera mayor se me irían todas las manías, pero el tiempo pasa, y mis manías y mis juegos y mis fantasías siguen conmigo, acompañándome. A veces me riño. Digo: de qué sirve toda esta madeja de pensamientos que son pensados una y otra vez, que están más que sobeteados, relamidos, gastados. Porque al final siempre es lo mismo: los mismos pensamientos, las mismas fantasías, los mismos juegos. Es cierto que se adaptan a las circunstancias de cada momento, a lo que veo, a cómo me siento, pero en esencia es igual. Apenas varía de un día para otro. Por eso, si un día de repente se me ocurren otras cosas, reflexiono de otra manera, o simplemente soy consciente de que sin darme cuenta estoy pensando lo mismo que cualquier otro día, es como si algo cambiara. Ya no es igual. Hay un pequeño hito que quiebra la rutina. No es frecuente, no obstante. Es asombrosa la forma en que las manías más tontas, las ideas más repetitivas no paran de aparecer a cada rato y lo difícil que resulta darse cuenta cuando se está metido en el embrollo mental que implica ser uno mismo, ser persona, ser humano. Es raro darse cuenta, no obstante, ser consciente de lo que se está pensando. Es como si te vieras desde fuera cuando estás en realidad metido en el fondo, en todo el meollo. ¿Quién? Yo. Esto es: tú. Las dos. La de dentro y la que observa. Hoy soy, somos dos, pero estamos juntas.

La llave de los campos, Magritte
La llave de los campos, Magritte