Espectadores

tv-familia-blanco-negroSu caso se propagó por el sensacionalismo en que apareció envuelto: según el artículo aparecido en el New York Times, más de 30 personas habían presenciado el suceso y nadie movió un dedo para evitarlo. Treinta y ocho personas habían sido testigos con la misma emoción e intensidad que si el asesinato (los gritos, el forcejeo, la sangre) fuera al otro lado del televisor en blanco y negro, en vez de al otro lado de la ventana, a escasos metros de sus narices mitad morbosas mitad adormecidas.

Las desconfirmaciones llegaron, pero como suele suceder, lo hicieron sin el aplomo ni la convicción de las primeras informaciones. Ni habían sido más de 30 los espectadores (apenas un puñado), ni se habían quedado paralizados observando la escena: algunos gritaron para tratar de ahuyentar al asesino -y de hecho lo consiguieron: el asesino se alejó durante unos minutos-, otros llamaron a la policía, el resto, si esto puede eximirlos, confundió los gritos con una reyerta entre borrachos.

KittyGenovesePero el caso de Kitty Genovese ya se había hecho famoso y los nuevos datos aportados no hicieron sino aumentar su repercusión. Una joven había sido asesinada por un loco que salió de casa con deseo de matar y aunque hubo gente que presenció el “espectáculo” y algunos de ellos trataron de evitarlo, ninguno se implicó lo suficiente como para conseguir que el loco huyera y la chica viviera.

Catherine Susan Genovese (1935-1964) era de origen italiano, vivía con su chico en un barrio tranquilo de Nueva York, trabajaba como camarera. Sus padres se habían mudado a Connecticut después de que su madre presenciara un asesinato (paradojas de la vida) diez años antes y no lograra sobreponerse a la impresión; ella decidió quedarse. ¿Qué probabilidad había de que aquello volviera a ocurrir?, ¿Qué relación hay entre una ciudad y un crimen? Aquello bien podía volver a ocurrir en cualquier otra localidad, ¿qué más daba? A la gente le rompen el corazón, le destrozan los nervios, le pueblan los sueños sin que importe mucho dónde está su domicilio.

Genovese permaneció en su ciudad de siempre, en su rutina: su trabajo, su casa, sus amigos. Su normalidad.

Su asesino también era un hombre bastante normal. Casado, con hijos, trabajador, de los que sus vecinas dicen huy, no me lo esperaba. Imposible que ellas supieran que Winston Moseley era un necrófilo. Apasionado de follar mujeres muertas. Genovese estaba a punto de estarlo cuando él la violó. Se encontraban dentro del portal de la casa de ella, a la que había llegado arrastrándose después del primer ataque del tipo, y ninguno de los vecinos pudo presenciarlo ya. Es posible que ni siquiera pudieran oír los gritos: los de placer de él y los de agonía de ella. Es posible que el sonido de otros asesinatos procedentes del televisor o de música amena extraída de la radio lo amortiguara.

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Moseley satisfizo su necesidad, se sació y huyó. Genovese se quedó en el suelo, un objeto vacío ya, desprovisto del valor que el tipo había encontrado en ella cuando la vio salir del bar, su vida, su sexo. La policía la descubrió no mucho después; aunque aún estaba viva, moriría de camino al hospital. Tampoco tardaron mucho en dar con Moseley. Confesó ese crimen y algunos otros sin demasiado interés; se arrepentía, pero solo de no haber sido lo suficiente hábil para no ser encontrado. Fue a la cárcel; allí sigue más de 50 años después.

De Genovese quedó el recuerdo, sobre todo de su muerte, y algunas preguntas difíciles que se incluyeron en estudios relacionados con la psicología de la mente humana. ¿Por qué la gente ayuda? ¿De qué depende esa ayuda?

En el caso de Kitty Genovese la principal causa del “pasotismo” de los vecinos ante aquella emergencia se atribuyó a lo que después los estudiosos del tema denominaron “efecto espectador” y que alude a la falta de ayuda de un individuo amparada en la falta de ayuda del resto de individuos que contemplan la escena. (Mi madre lo resumiría muy bien con el refrán “unos por otros la casa sin barrer”). La responsabilidad se difumina y el apoyo no llega a suceder.

Sin embargo, esto no fue lo que les pasó en realidad a los vecinos de Genovese aquella madrugada del 13 de marzo. Es verdad que no salieron a la calle con un bate ni gritaron con todas sus fuerzas al unísono para que el tipo se marchara,  pero tampoco se quedaron embobados observando sin emitir gesto alguno. Simplemente, no estuvieron a la altura.

Quizás en esa ocasión era difícil estarlo o no supieron, no pudieron. Quizás se llenaron de miedo. Quizás todos somos un poco espectadores.

Vivir en primera persona

No recuerdo lo que estaba haciendo exactamente; supongo que no tenía demasiada importancia. Lo que sé es que estaba pensando en qué diría alguien sobre ello: imaginándome que quizá no le gustase, pensando qué opinaría, decidiendo si era aceptable o no. Estaba revolviendo este tipo de suposiciones cuando de repente se me ocurrió que estaba viviendo la vida en tercera persona. Pasando por la vida como si no fuera yo, es decir, una persona, sino simplemente el instrumento de otras, su altavoz, sus ojos, su criterio.

El descubrimiento fue impactante; me dejó paralizada unos segundos. Luego me llenó de fuerza. Yo quería vivir la vida en primera persona. Si no, ¿de qué servía estar viva? ¿de qué ser una persona única? Yo quería tener mis propias opiniones, mis propias ideas, mi propia fuerza para llevarlas a cabo. Yo quería eso: vivir. Ser yo. No ser solo el lugar de paso de los juicios e ideas y versiones de otras personas. Yo quería poder afirmar “yo soy”, en vez de “ella es”, cuando pensase en mí misma. Quería verme con mis propios ojos. Los de los demás no servían, me ensuciaban.

Aquel día no pude dejar de pensar en ello. Estaba al acecho de mis pensamientos. Y cuando me relajaba y otras ideas ocupaban mi mente, volvía sobre ello. “¡Oye, ahora vivo en primera persona!”, me decía con un sentimiento de libertad inmenso, como si de repente la libertad fuera simplemente ver las cosas de otra manera, como si no hubiera límites, como si realmente fuera capaz de hacer, decir o pensar lo que me apeteciese. “No soy el resto de la gente. Soy solamente yo”.

Solamente.

Inmensamente.

Completamente.

Intencionadamente.

Yo.

yo

Después ya no recuerdo

Siempre he odiado la impaciencia, la desesperación ante el mínimo inconveniente que he heredado de mi madre, de mi abuelo. Me molesta en ellos (molestaba, en caso de mi abuelo), pero sobre todo me molesta en mí. Me chillo a mí misma cuando de repente soy consciente de ello y retumban las voces en mi cabeza y en mi pecho. Pero no sirve de nada. Los gritos de antepasados míos han rebotado en muchos cuerpos y en muchas entrañas y nada ha cambiado.

Recuerdo un día que se quedó pegado en mi memoria. Era pequeña: debía de tener menos de diez años. Mi madre se había dado un golpe en el ojo y se le había puesto morado. Morado como el pétalo de una rosa de azafrán. Creo que se había caído, no lo recuerdo. Ella no paraba de repetir que parecía como si alguien le hubiese pegado un puñetazo y le parecía horrible, dramático.

Aquel día, mi padre y mis hermanos se habían ido, no sé, recuerdo despedirme de ellos en la puerta; yo me quedé con mi madre en casa. Ella estaba furiosa, furibunda. Tengo la imagen de verla tirar una silla al suelo y de estrellar un vaso de cristal… Yo era una niña y miraba a mi madre asustada, desde abajo, buscando la manera de calmarla. ¿Que debía hacer? ¿Era responsable yo de que ella se tomara tan mal haberse hecho daño en un ojo? ¿Qué tenía que hacer para que mi madre volviera a la calma y me dejara sentarme en su regazo como otras veces hacía?

Si lo pienso ahora, se me ocurre que un ojo morado tampoco sería muy agradable para mí. Todo el mundo me preguntaría, sospecharían de si me lo había hecho alguien, quizá pensasen que les estaba mintiendo si les contaba la verdad de la historia. Pero tendría que vivir con ello. Tendría que vivir con ello: dejar que la sangre acumulada en el perímetro de mi ojo se fuera disolviendo, escurriendo poco a poco y dejar que su color volviera a ser el de la carne, el color de la piel.

La historia nunca tuvo final en mi mente, no sé si volvió mi padre con mis hermanos, si mi madre se relajó después, no sé si logré hospedarme en su regazo un rato, como yo quería. Ese pequeño extracto fue la pieza elegida de todo aquel día, quizá incluso del año para quedarse en mi memoria a lo largo de los años: para quedarse para siempre.

Para permanecer incluso cuando fuera una mujer adulta y recordarme tal vez en qué situaciones sigo siendo la misma niña. Lo cierto es que aún ahora me sigo sintiendo responsable de situaciones que no he creado. Pienso: ¿Debería decir algo para arreglarlo?, ¿será por mi culpa? ¿será porque soy demasiado esto o demasiado poco de aquello? Justo como cuando era pequeña. Luego lo dejo ir. Después de unos días ya no lo recuerdo.

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Hacerse mayor

No quiero hacerme mayor. ¿Sirve de algo? Estar atado a un trabajo tantas horas al día, tantos días a la semana; tomar decisiones trascendentes en un instante, deber elegir responsabilidad por encima de placer. ¿Y si no lo tienes claro? ¿Y si aún no lo has decidido?

A mí me gustaba cuando todo eran juegos y salir a la calle, y no había facturas, ni malas noticias, ni impotencia, ni futuro, sino un dulce y eterno presente, una ingenua inconsciencia; a mí me gustaba cuando parecía que todo lo malo se solucionaría al día siguiente, con la nueva luz.

Hoy, sinceramente, no quiero hacerme mayor. No puedo. ¿Alguien me ha consultado? Hoy se me hace muy grande la carga para caminar con ella. Demasiado peso para trasportar cada día.

Gafas de sol y vida

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Hace unos años escribí un cuento sobre una persona que había usado gafas de sol desde la juventud y que, cuando por fin se las retiró, descubrió asombrada que tenía los dedos arrugados: que era una anciana. Con esta breve narración quería simbolizar el rápido paso del tiempo y el hecho de que vivimos sin mirar bien, sin darnos cuenta de que pasan los días, sin llegar a ser conscientes de la vida, de la vida en sí. La vida transcurre y, entre tanto, nosotros vamos saltando de un problema a otro, de una circunstancia a otra, sin espacio para nada más. Es mi caso: me reconozco plenamente en él. 

Me pasa que a veces no llego a disfrutar de momentos buenos porque estoy agobiada por potenciales problemas que vendrán después o que han ocurrido previamente, preocupada por gente cercana que quizá no está pasándolo muy bien, preocupada por el qué dirán, preocupada por mil cosas. Y qué decir del día a día. Aún más difícil levantarme por la mañana y no refunfuñar y no lavarme la cara con gesto torcido y morirme de frío y de ganas de volver a la cama.

Los días son una rutina de ratos que pasan uno después de otro en una atmósfera de igualdad tan similar que es fácil perder la cuenta de la fecha, de los días. Un día casi igual a otro, semanas parecidas a sus predecesoras y a las que le seguirán.
A veces siento que la vida me ha atrapado y que es imposible quitarme las gafas de sol. Trabajo demasiadas horas, paso demasiadas horas en el metro; apenas si tengo tiempo entre diario para empezar acciones que me permitan cambiar de vida. ¿Es que acaso he de cambiar yo de forma tajante y arriesgarme así a que tal vez los planes no salgan bien? ¿O es mejor seguir como estoy a la espera de que las cosas vayan cambiando mientras me mantengo estable?

Mi forma de vida responde sin duda a la segunda pregunta. Quizá tengo miedo, no sé. A veces me digo que quizá exagero. Me doy cuenta, no obstante, de que yo solo tengo esta vida, yo solo soy esta persona: no soy otra, no soy más, no soy menos, no me ha tocado vivir otra época, ni otro lugar, ni otro sexo, ni otra clase social, tampoco otro cuerpo. Soy yo. Soy así. No hay más. Es lo que tengo, lo único que tengo y se trata de sacar partido de ello. Es mi vida, sí, la única que tengo y la única que voy a tener y quiero vivirla de forma agradable, quiero ser feliz mientras la vivo. Es mi responsabilidad. La responsabilidad más grande que tengo y no quiero defraudarme. Al fin y al cabo soy la persona más importante de mi vida.