Cuando cómo visten las mujeres es asunto de estado

¿Por qué está el mundo tan obsesionado con cómo visten las mujeres? ¿De verdad es un asunto de estado? ¿De verdad merece legislarse al respecto? ¿De verdad el vestuario femenino merece aparecer en cualquier publicación y ser lo más destacado que se diga sobre una mujer? ¿De verdad? Espera, ¿si? ¿estás hablando en serio? ¿De verdad todo el mundo debe opinar sobre el cuerpo de las mujeres y su ropa?

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Las imágenes fueron tomadas esta semana en Niza, Francia, donde se ha prohibido recientemente el uso de burkini en las playas. La mujer fue obligada a desvestirse después de que cuatro agentes de policía le entregaran una multa donde se leía que su vestimenta “no era respetuosa con la moralidad y el laicismo”.

Días como colores

Hay días de todo.

Días tontos en los que solo tengo ganas de llorar y observar con una lente melancólica y tristona todo lo que veo. Días en que mi corazón está apretujado y magullado y va marcando con un reguero de sangre oscura el camino por el que voy a pasar. Días para dormir sin soñar y para no pensar.

Y días en que estoy tan eufórica como un globo inflado que sube al cielo, muy lejos, y nada lo para. Y luce mil colores brillantes y sonríe a la gente y se abre de brazos y grita palabras ridículas que le hacen reír. Días llenos de frases alegres y cumplidos y besos sentidos y miradas amables.

Y también hay días intermedios. Días a media altura que no son completamente felices, pero tampoco especialmente desdichados. Días cargados de la monotonía de tender la ropa, coger el metro, comer macarrones y mordisquearse sin interés las uñas. Días rancios y lineales, días tranquilos.

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Días grises, días coloridos y días en tonos pastel. Como los colores de la ropa tendida o por tender

No hay unos que sean mejor que otros: en este terreno no hay competición, no hay victorias ni fracasos, ni pérdidas absolutas. Los días forman semanas, que forman meses, que forman años, que forman vidas. Vidas que forman colores que se mezclan y combinan para volver a formar días.

Trapos sucios

naturaleza Hermann Hesse

El alma de las cosas, la belleza solo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación. Si miro a un bosque que pretendo comprar, arrendar, talar, usar como coto de caza o gravar con una hipoteca, no es el bosque lo que veo, sino solamente su relación con mi voluntad, con mis planes y mis preocupaciones, con mi bolsillo. En ese caso el bosque es madera, es joven o es viejo, está sano o enfermo. Por el contrario, si no quiero nada de él, contemplo su verde espesura con “la mente en blanco”, y entonces sí que es un bosque, naturaleza y vegetación; y hermoso.
Lo mismo ocurre con los hombres y sus semblantes. El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es solo un turbio reflejo de mi voluntad. 
En el momento en que la voluntad descansa y surge la contemplación, todo cambia. El hombre deja de ser útil o peligroso, interesante o aburrido, amable o grosero, fuerte o débil. Se convierte en naturaleza; es hermoso y notable como todas las cosas sobre las que se detiene la contemplación pura.
Hermann Hesse, “Mi credo”

 

Pero, ¿cómo es la contemplación pura?, ¿Cómo se hace para contemplar sin esperar nada, sin pretender nada, sin pensar nada? La nada no existe: yo no la he conocido. Tampoco la pureza o la contemplación pura. A nuestro alrededor todo está impregnado de lo que somos, como si más que un ser corporal fuéramos etéreos, como si fuéramos polvo en el aire y nos posáramos sobre la superficie de lo que nos rodea y lo cubriéramos así de nuestra esencia, de nuestro sello personal.

¿Entonces?

En mi opinión, la clave está en aceptar las cosas que no están a nuestro alcance como son, sin intentar mejorarlas, reestructurarlas, lavarlas y revolverlas en nuestro interior como si fuéramos una lavadora que disolviese las manchas de todo aquello que nos disgusta y que no podemos cambiar. Entre otras cosas porque la ropa sigue estando sucia fuera de nuestra mente y porque de ese modo nunca llegamos a apreciar lo que hay de bonito (o lo que nos puede enseñar) lo que, a primera vista, nos desagrada.

Mi cacho de vida

Me deslizo arrastrada por el arroyo. Vuelo. Me dejo llevar, desnuda. Me he quitado la ropa y el miedo como quien se desprende de un abrigo un día de calor. Está llegando el verano. Apetece sentirse el cuerpo. Darse cuenta de la piel. Tocar un cacho de vida.