Después ya no recuerdo

Siempre he odiado la impaciencia, la desesperación ante el mínimo inconveniente que he heredado de mi madre, de mi abuelo. Me molesta en ellos (molestaba, en caso de mi abuelo), pero sobre todo me molesta en mí. Me chillo a mí misma cuando de repente soy consciente de ello y retumban las voces en mi cabeza y en mi pecho. Pero no sirve de nada. Los gritos de antepasados míos han rebotado en muchos cuerpos y en muchas entrañas y nada ha cambiado.

Recuerdo un día que se quedó pegado en mi memoria. Era pequeña: debía de tener menos de diez años. Mi madre se había dado un golpe en el ojo y se le había puesto morado. Morado como el pétalo de una rosa de azafrán. Creo que se había caído, no lo recuerdo. Ella no paraba de repetir que parecía como si alguien le hubiese pegado un puñetazo y le parecía horrible, dramático.

Aquel día, mi padre y mis hermanos se habían ido, no sé, recuerdo despedirme de ellos en la puerta; yo me quedé con mi madre en casa. Ella estaba furiosa, furibunda. Tengo la imagen de verla tirar una silla al suelo y de estrellar un vaso de cristal… Yo era una niña y miraba a mi madre asustada, desde abajo, buscando la manera de calmarla. ¿Que debía hacer? ¿Era responsable yo de que ella se tomara tan mal haberse hecho daño en un ojo? ¿Qué tenía que hacer para que mi madre volviera a la calma y me dejara sentarme en su regazo como otras veces hacía?

Si lo pienso ahora, se me ocurre que un ojo morado tampoco sería muy agradable para mí. Todo el mundo me preguntaría, sospecharían de si me lo había hecho alguien, quizá pensasen que les estaba mintiendo si les contaba la verdad de la historia. Pero tendría que vivir con ello. Tendría que vivir con ello: dejar que la sangre acumulada en el perímetro de mi ojo se fuera disolviendo, escurriendo poco a poco y dejar que su color volviera a ser el de la carne, el color de la piel.

La historia nunca tuvo final en mi mente, no sé si volvió mi padre con mis hermanos, si mi madre se relajó después, no sé si logré hospedarme en su regazo un rato, como yo quería. Ese pequeño extracto fue la pieza elegida de todo aquel día, quizá incluso del año para quedarse en mi memoria a lo largo de los años: para quedarse para siempre.

Para permanecer incluso cuando fuera una mujer adulta y recordarme tal vez en qué situaciones sigo siendo la misma niña. Lo cierto es que aún ahora me sigo sintiendo responsable de situaciones que no he creado. Pienso: ¿Debería decir algo para arreglarlo?, ¿será por mi culpa? ¿será porque soy demasiado esto o demasiado poco de aquello? Justo como cuando era pequeña. Luego lo dejo ir. Después de unos días ya no lo recuerdo.

Saint-Exupery-recuerdos

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Mucho más dentro

Me pregunto qué es la belleza. Cómo se mide, cómo se palpa, cómo se siente. De qué sirve.

Cuando era pequeña, una adolescente de doce o trece años que empezaba a ser consciente de lo que significa tener una cara bonita para ser popular, no ser una nerd, hablar con chicos, ligar, ser guay, me preguntaba por qué la belleza se determinaba por la forma de la cara y no de otra parte del cuerpo. Como las manos, por ejemplo. O los pies, en los que nadie se fija. Me preguntaba también por qué la belleza sólo era juzgada por el sentido de la vista y no por el tacto, el olfato, el gusto o el oído (o por un sexto sentido).

Desde ese momento, o puede que antes, he tenido una relación ambivalente con la belleza. Por un lado la busco; por otro, la rehúyo. Me molesta ese bombardeo, esa saturación de imágenes, de cuerpos supuestamente atractivos, bonitos. ¿Para qué? ¿Quién determinó dónde se halla la belleza? ¿Cómo se impusieron estos cánones? ¿Por qué? ¿Cómo fue que los asimilamos e interiorizamos tan rápidamente? ¿Es acaso todo obra de la publicidad?

Y sobre todo, ¿por qué se considera tan importante? La gente parece conceder más valor a este factor que a otros muchos… Cada vez se llevan a cabo más operaciones de cirugía estética, se consumen más cremas, más ropa, más maquillajes. ¿Pero cuántos se esfuerzan de la misma manera por ser mejor persona, por ser más felices, más inteligentes, más comprensivos, más tolerantes, más sinceros y menos preocupados/acomplejados por la apariencia externa?

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¿Es porque realmente es tan positivo ser guapo? ¿Reporta tantos beneficios? En uno de sus libros, Michel Houellebecq aseguraba que el principal inconveniente de la belleza de las chicas es que “sólo los ligones experimentados, cínicos y sin escrúpulos se sienten a su altura” y al final son ellos los que suelen conseguirlas. Decía también algo así como que las chicas sin belleza son “desgraciadas porque pierden cualquier posibilidad de que las amen, parecen transparentes y nadie las mira al pasar.”

Si tengo que elegir, yo me quedo con la segunda opción. Opino que Houellebecq, junto a otros muchos, sobrevalora tanto el poder de la belleza, asumiendo que sin ella no es posible ser amado, como el amor de pareja. No creo que sea mejor alternativa acabar con un “ligón, cínico experimentado” que single. Al final lo que importa está más allá de la belleza, mucho más allá. Mucho más dentro.

“-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”  (Saint-Exupéry).