Los sentimientos altos

cerebro-universo

Tus neuronas están en baja forma y eso te hace sentir desconfianza hacia el mundo, incluido por supuesto tú mismo/a.

Necesitarías estabilizar el nivel de líquido cefalorraquídeo para conseguir no dejarte llevar por las fantasías que acostumbras representar en tu mente.

Si aumentamos el número de astrocitos que acompañan a tus neuronas te sentirías capaz de hacer aquello que ahora piensas que no puedes, incrementándose además tu inteligencia y sensatez. 

¿Por qué en el médico pueden decirte que tienes el hierro y las defensas bajas, el riñón en mal estado o los trigliceridos altos, pero nada mencionan sobre las características y nivel de los componentes de tu mente que te llevan a tener unos y otros pensamientos y unos u otros sentimientos? ¿Por qué no? ¿No somos acaso también aquello que tiene lugar en el cerebro? ¿No es una parte más de nuestro cuerpo, igual que el hígado, el intestino, la sangre o la piel? ¿Es acaso quizá porque se sobrentiende que lo que ocurre en el cerebro es más uno mismo que lo que tiene lugar en otra parte? Pero, ¿es eso verdad?

Anuncios

Adicciones

Mafalda-Batman-chocolate

Se puede ser adicto a las drogas, al tabaco o al alcohol. O al juego. Es lo típico.

Sin embargo, es aún más típico (por más común) tener fijación por otro tipo de adicciones que no suelen ser nombradas pese a su presencia casi constante y ubicua.

Me refiero a la adicción a pensar demasiado o a no pensar en absoluto, a la adicción a sentirse de una determinada manera -querido, triste, avergonzado, emocionado, imbécil, solo, absurdo, débil, feliz- a toda costa e independientemente de la situación que desencadene tal sentimiento; la adicción a personas o a situaciones; la adicción a la comida -y a la culpabilidad que acompaña-; la adicción a criticar a otros para sentirse mejor o la adicción a criticarse a uno mismo para sentirse peor; la adicción al dinero, la adicción a las redes sociales, la adicción al chocolate, al café o a los medicamentos; la adicción al coche, la adicción a estar a la moda, la adicción a los elogios, la adicción al amor o al desamor, la adicción al teléfono móvil, la adicción a las series de televisión, la adicción a los conflictos, la adicción a la limpieza o al desorden, la adicción a estar enfermo, la adicción a las compras, la adicción a no escuchar y a tener razón, la adicción a la comida sana o la comida basura, la adicción al trabajo, al sexo, al poder, la adicción a la mentira o la adicción a la rutina.

La lista sigue; hay tantas adicciones como personas. Al fin y al cabo somos humanos, ¿no? Buscamos cualquier tipo de recompensa que aligere el hecho de vivir y perdemos el control en el intento.

Un gato al sol

Cuando me siento triste o enfadada, o rabiosa, o me sobreviene el miedo, el agobio o el pesimismo, cuando afloran como granos molestos y de repente son visibles para mí las llamadas emociones negativas, inmediatamente siento la necesidad de liberarme de ellas. Respirar, pensar en otra cosa, no conseguirlo, volver a respirar, regañarme por sentirme así y volverlo a intentar y regañarme de nuevo por no conseguir tranquilizarme ni reconducir mi ánimo hacia una estado más positivo y tranquilo: son acciones que a menudo van seguidas de un bajón. ¿Pero qué pasaría si sencillamente no intentara cambiarlo? ¿si aceptara estas emociones como las consideradas positivas? Es como si tuviera miedo a sentirme mal, como si no fuera capaz de entender que tengo derecho a sentir todo tipo de emociones y a comprenderme cuando es así. ¿Qué pasaría si dejara de juzgarme y criticarme y simplemente dejara estar cualquier tipo de sentimiento según llegara? ¿Qué pasaría si fuera un gato tumbado al sol de primavera y no me preocupara por cómo son mis sentimientos ni tratara de cambiarlos cuando los considero no válidos? gato-sol-flor-relajacion-paz

Soñé que tenía una hija

Soñé que tenía una hija. Paría en medio de mi casa, todo el mundo estaba presente. Pero era un parto raro. Más o menos como si me sacara simplemente de debajo de la camiseta un muñeco que tuviera escondido. No me dolía, ni siquiera lo sentía. Simplemente tenía una hija de repente en un momento en que casi toda mi familia estaba reunida. Nadie decía nada al respecto. Las conversaciones seguían como antes de que la niña hubiera nacido y las posiciones de la gente, su actitud: todo permanecía inalterado. Yo misma me quedaba así. Totalmente sobria, libre de emociones, apática, indolente. Recordaba que había mujeres que explicaban que el día del nacimiento de sus hijos había sido uno de los más bonitos y emotivos de sus vidas, pero también uno de los más dolorosos. Yo simplemente no había sentido absolutamente nada.

Luego subía al piso de arriba y me olvidaba de todo. Cuando volvía a bajar después de un rato observaba que la niña estaba en un carro que mecía mi abuela. Me asomaba para verla y descubría que no estaba arropada. Entonces me dio pena. Fue lo único que sentí, el único sentimiento que afloró. Hacía mucho frío, era invierno y la niña estaba casi desnuda y helada. Entonces la cogía en brazos e intentaba abrigarla pero no encontraba nada que ponerle. Le preguntaba a mi madre: ¿has visto algo que pueda servirle a ella? Mi madre contestaba que no con tono pasivo y yo me quedaba sin saber qué hacer para darle calor, cargando con mi hija y con una gran pena en brazos.

Un espejismo

Vidas superpuestas.

Encuentro un concierto en Youtube. Miles de personas corean las letras de las canciones gritadas por el artista. Tiene la cara mojada: sudor corriendo nervioso por su piel. Los espectadores se mueven, saltan al ritmo de las melodías. Yo los miro un rato y luego me meto en la ducha. Con el agua cubriendo mi piel, con el gel en la mano pienso en ellos: en la posibilidad de que el concierto estuviera ocurriendo en este mismo instante y no hace tres años. Siento como si yo estuviera también ahí con todos ellos, y al mismo tiempo el agua templada calentando mi piel.

El futuro, el pasado, el presente, el lío del tiempo, las sensaciones, los sentimientos. A veces me hacen sentir que la vida tal como está concebida es una ilusión, nada más que un simple espejismo.

Vomitar emociones

Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?

Jack Kerouac

Imagen

Este muchacho hubiera cumplido años (92 años; murió a los 47) ayer. Era piscis. Yo también lo soy. No es que crea mucho en el horóscopo o los signos del zodiaco, pero si encuentro a alguien con el que comparto signo, me suelo preguntar si tendremos algo en común. Es como una manía, como un acto reflejo. De todos modos, en este caso, sí que encuentro alguna semejanza, aunque sea tan simple como que estoy de acuerdo con muchas de sus citas, entre ellas la que aparece al principio (“Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?”).

Estoy de acuerdo con él y sin embargo, no suelo practicarlo: me enredo bastante con los sentimientos. Cuando estoy triste, estoy tan triste que no puedo creer que haya momentos felices en mi vida y cuando estoy feliz, no logro entender que a veces me deprima y lo vea todo negro. Lo bueno, o lo malo, del asunto es que la mayoría de las veces mi estado de ánimo es regular, sin altibajos, de color beige. Luego una circunstancia determinada, muchas veces externa a mí, desata una emoción y mi forma de enfocar las cosas cambia de repente: oscila de un lado a otro y de arriba a abajo como si estuviera saltando en una cama elástica.

La última de estas circunstancias fue mi cumpleaños, apenas hace una semana. Había hecho planes desde la noche del día anterior hasta el final del día siguiente y como hacía bastante tiempo que no lo celebraba tanto, estaba nerviosa. Suele pasarme. Me pongo nerviosa cuando tengo muchos planes, sobre todo cuando dependen de mí. Cuando era más joven había veces que incluso vomitaba. Solo porque era navidad e iba a salir toda la noche con mis amigas acababa vomitando el cordero y las gambas; pero estaba tan eufórica, tan alocada que no importaba. Cuando me pongo nerviosa, es como si no fuera yo. Como si otra chica más sensible y más irritable se pusiera en mi lugar y dirigiera mi forma de actuar. Al final hago cosas que no quiero y sobre todo, siento cosas que tampoco deseo. El día de mi cumpleaños acabé llorando, ya al final del día. No tenía ninguna razón concreta, pero sí muchas de ellas. La primera, pienso ahora, es que estaba muy cansada. Entre mis planes no había incluido descansar y apenas si había dormido tres horas.

En eso de los nervios me parezco a mi madre, aunque no me guste y me enfade conmigo misma cada vez que me doy cuenta. Cuando había un acontecimiento especial, como la boda de un familiar, un cumpleaños, un viaje, se ponía rara; se molestaba por cualquier tontería, siempre decía que prefería irse ya a casa. ¡Pero si era el mejor día del año!, ¡pero si era el momento de pasárselo bien y reír y hablar y jugar!

De pequeña no la entendía. Ahora de mayor no me entiendo a mí misma. De todas formas, ¿qué importa? Al día siguiente será un nuevo día que traerá consigo nuevos sentimientos, nuevos acontecimientos. “¿Para qué inquietarse tanto?”