Una rosa es una rosa

Tis but thy name that is my enemy.
Thou art thyself, though not a Montague.
What’s Montague?
It is nor hand, nor foot,
Nor arm, nor face, nor any other part
Belonging to a man.
O, be some other name!
What’s in a name?
That which we call a rose
By any other word would smell as sweet.

Solo tu nombre es mi enemigo.
Tú serías tú, aunque no fueras un Montesco.
¿Qué es un Montesco?
No es una mano ni pie,
Ni brazo ni cara, ni ninguna otra parte 
Que pertenezca a un hombre.
Oh, ¡sé otro nombre!
¿Qué es un nombre?
Lo que llamamos rosa 
Olería igual de dulce si se llamase de otra forma.

William Shakespeare, Romeo and Juliet o The Most Excellent and Lamentable Tragedie of Romeo and Juliet, 1597

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En verdad, ¿qué es un nombre? Muchas veces de pequeña me lo preguntaba una y otra vez. ¿Por qué mesa se llama mesa y no silla o montaña? ¿Por qué mañana se refiere al mañana y no al ayer? ¿Y qué implica que se llame así? De niña solía preguntarme estas cuestiones y repetir una y otra vez, cientos de veces, una palabra hasta que perdía su significado y ya no me servía para denominar lo que antes nombraba.

¿Y los nombres propios? Resultaría imposible llamar a alguien que conoces de forma diferente. Se le ve en la cara, solemos decir. Si tu primo se llama Santi tiene cara de Santi y no de Jose, Carlos o Antonio. Entonces, ¿cómo de importante es un nombre? Según Alejandro Jodorowski, es el  primer “regalo” otorgado al recién nacido y lo individualiza en el seno de la familia. Recuerdo a mi hermana mayor, no mucho tiempo atrás, hablándome de la carga que suponía para ella llevar el mismo nombre que mi abuela, muerta súbitamente a los 60 un par de años antes de que ella naciera. “¿Por qué no pudieron ponerme un nombre nuevo en la familia?, ¿Por qué el de ella?”, decía.

“Hay nombres que aligeran y nombres que pesan” escribió Alejandro Jodorowski. “Los primeros actúan como talismanes benéficos. Los segundos son detestados. Si una hija recibe de su padre el nombre de una antigua amante, queda convertida en su novia para toda la vida. Aquellas personas que reciben nombres que son conceptos sagrados (Santa, Pura, Encarnación, Inmaculada, etc.) pueden sentirlos como órdenes, padeciendo conflictos sexuales. Los Pascual, Jesús, Enmanuel, Cristián o Cristóbal es muy posible que padezcan delirios de perfección y a los 33 años tengan angustias de muerte, accidentes, ruinas económicas o enfermedades graves.

A veces los nombres dados son producto del deseo inconsciente de solucionar situaciones dolorosas. Un nombre tomado de estrellas del cine o de la televisión, o de escritores famosos impone una meta que exige la celebridad, lo que puede ser angustioso si no se tiene talento artístico. Si los padres transforman el nombre de sus hijos en diminutivos (Lolo, Pepe, Rosi, Panchita), pueden fijarlos para siempre en la infancia.

Una de las tareas más grandes que tiene quien desea liberarse de los límites espirituales que le ha impuesto la familia, la sociedad y la cultura, es el nombre. Desde que nacemos nos imprimen esa necesaria etiqueta, nombre y apellido(s) que se van infiltrando en el alma hasta que se convierten en nuestro tiránico doble. Luchamos por hacernos un nombre, tememos que nos lo ensucien, sin él nos sentimos desaparecer. El nombre nos amarra al clan, haciéndonos herederos de sus calidades y errores, nos clasifica en una nacionalidad, en una clase social, especifica nuestro sexo, es como un cofre poderoso que contiene lo mucho o poco que somos.”

Entonces, ¿Julieta llevaba razón? ¿Es el nombre de una persona una carga que lo une a su familia? ¿Hace falta desprenderse de él para llegar a ser libre?

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Dueños del mundo

Nacimos en un mundo creado, diseñado, forjado, construido por los miles y millones de generaciones anteriores que habían pasado por el. Nosotros empezamos de cero, pero el mundo seguía: no era nuevo; hacía mucho que no lo era. Es como si hubiéramos nacido de unos padres viejos que ya hubieran criado a muchos otros hijos antes y que, no obstante, seguirían viviendo aún después de haber muerto nosotros: viviendo y trayendo nuevos retoños al mundo, nuevas generaciones, nuevos ciclos de vida, muerte, vida.

El mundo al que llegamos tenía ya establecidas sus ideas, conceptos, preferencias, su bien, su mal, sus caminos, sus métodos. La gente a nuestro alrededor y los medios de comunicación se esforzaron por que nos adaptáramos a él, por amaestrarnos conforme a los criterios de la sociedad, se esforzaron por que nos lo creyéramos. Nosotros mismos también trabajamos por adecuarnos al ambiente y confundirnos con él. A veces nos adaptamos tan bien que terminamos creyéndonos tanto lo que se nos enseña que somos capaces de odiar, de matar por ello. Nos identificamos con un equipo de fútbol, un partido político, un país, un barrio, un estilo y odiamos y adoramos en consecuencia a las personas que pululan en torno a esos conceptos. Compramos cosas que no necesitamos, perdemos nuestros ahorros  y nuestra autoestima y nuestro propio valor en el camino, y apoyamos marcas, modas o cadenas de televisión como si fueran dioses, los únicos dioses.

Nos olvidamos de que vinimos al mundo desnudos, sin ningún concepto ni prejuicio, limpios. Nos olvidamos de que como seres humanos somos capaces de crear, de inventar, de dudar, sobre todo de dudar. Capaces de no dar nada por sentado, de no dar algo por válido por el simple hecho de que haya permanecido de ese modo en la humanidad durante mucho tiempo o durante tan poco que sea considerado una moda, el último grito. No creernos nada hasta que no haya sido pensado por nosotros mismos. Cada persona tiene su propia visión y su derecho a construir su mundo a su manera.

Creo que hasta que no caminemos sobre nuestros propios zapatos, no aquellos creados por generaciones anteriores, ni aquellos pensados por la generación actual para nosotros no seremos dueños del mundo, de nuestro propio mundo.

Escoger la libertad

Iba subida en el asiento de copiloto del coche cuando de repente caí en la cuenta del daño que me hacen las ideas preconcebidas sobre cómo tienen que ser las cosas. Es un pensamiento recurrente en mí, que me acaba bloqueando. Me digo: las parejas tienen que hacer esto, tienen que decir esto y sentir aquello, l@s amig@s tienen que ser así, l@s herman@s, el trabajo, yo misma debería ser de este o de ese otro modo; y si no es así, es incorrecto. Lo pienso sin darme cuenta de que lo estoy pensando, pasa por mi mente sin que nadie lo cuestione, sin que ningún organismo encargado de velar por el buen uso de los mensajes le ponga el freno y lo retire por causar daños a la comunidad. Porque, ¿quién dice cómo tienen que ser las parejas, l@s amig@s, l@s familiares, las personas, sino ellas mismas? ¿Quién soy yo para calificar una relación como no aceptable solo por no ser como la de otros o como se supone que debería ser? En realidad, nada tiene que ser de ninguna manera. Sentada en el coche, mirando la carretera, escogí la libertad. No quiero que nadie me imponga cómo han de ser las personas para ser aprobadas por los códigos establecidos por la sociedad, y menos que nadie, yo misma. 

Odios sociales

La televisión sigue siendo la plataforma por excelencia de embrutecimiento y adocenamiento masivo, en la tele todos son risas y estupideces y tetas gordas y hombres babosos; todos son gritos y burlas y más risas imbéciles. 

Siempre he dicho que el fútbol es como una secta a la que es pecado no pertenecer. Me molesta su sobreimportancia, sus alardes, sus aires de grandeza. Como si tuviera alguna repercusión real en la vida de las personas. Lo cierto es que no es nada. Una mierda: un grupo de paletos peleándose por un balón en el campo y millones de besugos siguiendo el ritmo de esa pelota por televisión, discutiendo por su trayectoria, odiando a personas por el color de su camiseta. 

Odio tanto como amo. Odio luego amo, y a la inversa. Amar. Odiar. ¿Y qué?

No votaré en las próximas elecciones. Nadie me ha preguntado si estoy de acuerdo. Me niego a participar en su juego. 

¿Seres sociales?

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Tengo una hermana cinco años mayor. Y otra doce años mayor. También tengo un hermano. Me saca nueve años. Tengo primos que tienen veinte años más que yo. Llegué a mi casa cuando ya todo estaba empezado, cuando la familia estaba ya hecha, las posiciones de cada uno adoptadas, todo listo, en marcha.

Quizá esa circunstancia propició que fuera tan observadora de pequeña; recuerdo que examinaba a familiares con detenimiento y extraía conclusiones sobre cada uno. Muchos me miraban asombrados y hacían bromas sobre mí; incluso ahora me lo suelen recordar de vez en cuando. Imagino que debía ser gracioso ver a una niña mirando a los mayores en silencio, cuando debía estar jugando por ahí, en la calle. Era como si quisiera capturar aquello que me rodeaba, como si necesitara aprender cuanto antes todo sobre mi familia o quizá como si estuviera en un lugar por primera vez y no pudiese evitar contemplarlo embobada. En parte era así, se me ocurre ahora. Nacer, empezar a vivir con una familia determinada (aunque sea la tuya), adaptarte a ella y a la sociedad, ser domesticado, educado conforme a las reglas socioculturales establecidas es como mudarte a otro planeta y empezar allí de cero. Lleva su tiempo conseguirlo, pero los resultados son alucinantes apenas unos años después. Todavía me asombra ver a un niño o a una niña pequeña decir convencido que es del Real Madrid, que es cristiano o musulmán, que quiere ser una princesa o que quiere tener el cuerpo de una modelo y poder pelearse por ello. Llegado a ese punto se puede decir que se ha producido una perfecta socialización, la completa adaptación al ambiente por parte del recién llegado.

Luego pasa el tiempo, el niño crece y está tan ligado a la sociedad que se olvida de que un día llegó a ella como un extranjero y está preparado para enseñar a personas nuevas a formar parte de ella. En realidad este proceso se inicia mucho antes: desde la infancia, en el cole, con las primeras relaciones con otros niños. La socialización de los seres es un proceso en el que todos participan.

¿Pero qué es más importante vivir de acuerdo a la sociedad o a la naturaleza de cada uno? No siempre están unidos ambos conceptos… Como especie humana hemos vivido más tiempo siendo nómadas que sedentarios y sin embargo, ahora está perfectamente asumido que se debe ser del segundo modo: hay que establecerse en un sitio, tener un trabajo, un coche, una casa, una familia. El matriarcado duró muchísimos años y no obstante, en la actualidad la mujer solo sirve para ser joven, atractiva y tonta, salir en la tele con poca ropa e invitar al consumo a mujeres y hombres. Hemos vivido más tiempo en la naturaleza que en la ciudad, pero ahora nos resulta ajena, sucia.

homogeneizacion

Por medio de la socialización se consigue todo ello. Además, corta la originalidad, estandariza, homogeneiza. Convierte a bastantes personas en seres cerrados e intolerantes, pues hace creer que solo porque ahora es de ese modo es la única opción posible, la única válida. Pero hay muchas otras. Muchas otras. Algunas de ellas todavía deben de estar por ahí perdidas, en el interior de cada persona.