Insomnios

Aún permanece la oscuridad en el cielo. El silencio continúa su suave cadencia, su paz, su vacío. La noche es larga mientras aguardo, impaciente y pesarosa, la llegada del día.

El sueño se ha escapado a algún rincón de mi cuerpo y no consigo encontrarlo. Hay demasiada luz, un insolente alboroto en el interior de mi cabeza para que pueda hacerse cargo de mi cuerpo, imperar una noche más. Mientras fuera es estable la negrura y la quietud, dentro ha estallado una noche sin reglas. Hay ruido, hay pitidos, hay palabras soeces y miedo en la ancha carretera de mi mente. Por ella circulan automóviles en varios sentidos y cada uno de ellos lleva consigo un cometido que me entregará a lo largo del día, en el instante de llevarlo a cabo. Hasta ese momento, rugen y pitan y se abalanzan unos sobre otros impidiendo así que me olvide de ellos, que el sueño regrese. El sueño no volverá pero el cansancio se va acumulando cada vez más, como si fuera tierra cubriendo el fondo de un reloj de arena. La arena cae y dificulta la circulación de los coches, pero no los detiene, ni se amortigua su estruendo.Processed with VSCOcam with f2 preset

Hoy la noche dará paso al día lentamente, y lentamente lloverá su luz y su exuberancia de sonidos y colores. Y yo viviré en él con los ojos cansados y el cuerpo ansiando volver a la cama. Y aunque el tráfico se termine disolviendo en mi cabeza conforme el día transcurra y las tareas se lleven finalmente a cabo, permanecerá conmigo el sabor acelerado de los coches y el llanto triste del sueño, escondido aún, intentando respirar en la tormenta de arena.

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Días de lluvia

Llueve. Oigo el sonido de las gotas al estamparse contra todas las superficies que encuentra en su camino: los tejados, el suelo, los coches, los paraguas. Es una lluvia fina pero constante, endeble y resistente al mismo tiempo.

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Me gustan los días que empiezan con lluvia y yo lo descubro desde la cama, en el estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Días en que no tengo ningún plan y me quedo tumbada escuchando el viaje de la lluvia hasta el suelo. Siento que de repente me lleno de paz, como si fuera un recipiente colocado en el exterior que se llena poco a poco de lluvia. Y es como si, según el agua fuera ocupando el espacio, yo me vaciara de todo lo demás, me vaciara de preocupaciones, me vaciara de planes, de pensamientos, de estrés.

En el sitio donde yo crecí, las mujeres ponían cubos y barreños en el patio los días de lluvia, que se llenaban lentamente de agua; una vez completos, se utilizaban para regar las plantas el resto de días. El sitio en que yo crecí es bastante seco. Son raros los días de lluvia, rara la lluvia persistente. Raro encontrar la belleza y la paz que ofrece el mundo antes de salir de la cama.

Un encuentro feliz en la ciudad

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He soñado que vivía en una especie de residencia de estudiantes. Estaba situada en el centro de la ciudad (¿era Madrid?, ¿era una capital extranjera?), presentaba un diseño y una decoración muy actual y parecía inmensa: albergaba una zona con tiendas, una biblioteca, una cafetería.

Curioseaba por sus pasillos y sus diferentes zonas y luego salía a la calle; me enfrentaba a la revolución de los coches pitando, rugiendo, yendo acelerados de un sitio a otro como una manada hambrienta, y sorprendentemente encontraba cierta belleza en ello. La belleza de estar en el centro de una ciudad importante y la belleza de sus edificios, de sus calles amplias. Lo miraba con detenimiento y me invadía una tranquila felicidad.

Mi habitación estaba recubierta de láminas de madera y tenía una cama de matrimonio en el centro. Me metía en ella y me quedaba dormida al instante. Más tarde me despertaba el ruido de gente que había llenado mi cuarto, descubría molesta. Entonces alguien me decía que aquel era un espacio público y que tenía que compartirlo con el resto de gente de la residencia… Me vestía deprisa y salía de nuevo a la calle sin decir nada. Allí me encontraba otra vez con la estampida de coches y el cielo azul, muy alto y muy lejano, más allá de los tejados de los rascacielos, y notaba cómo volvía a mí de nuevo la felicidad junto con el sonido estridente, y tranquilizador por algún motivo, de la ciudad.

Animales

Empezar el día con los sueños de la noche aún dando vueltas por la cabeza y con el agobio, la tristeza y la impotencia que han creado ellos.

Había peces naranjas en mi sueño. Peces naranjas pequeños. Había un pecera que en realidad era un jarrón de esos que tienen un cuello muy estrecho y por el que apenas podían pasar los peces que me regalaban y que yo decidía guardar en aquella seudopecera. No es que me entusiasmen. Ni los peces ni las peceras. Pero me hacían ese regalo y yo no podía hacer otra cosa que cuidarlos pese a que me daban un poco de miedo y un poco de repelús.

A mi madre nunca le gustaron los animales y nunca tuve en casa ninguno, salvo un gatito pequeño que encontramos mi hermana mayor y yo maullando en un camino, abandonado junto a otros hermanos y decidimos llevar a casa. Sorprendentemente, mi madre accedió a que nos quedáramos uno y regaláramos el resto. El gato se murió poco después; no llegaría a vivir ni una semana. Como se le veía tan desamparado y llorón, mi madre le puso, además de leche, hígados de pollo y vísceras similares. El gato se lo comía con gusto y parecía que le sentaba bien, hasta que una mañana le encontramos muerto. Era verano. Las vecinas regañaban a mi madre, la culpaban de haber matado a aquel gatillo del tamaño de una mano dándole de comer algo más que leche. Me dio mucha pena. Pena del gato y de mi madre.

Creo que también tuvimos un periquito. Pero era pequeña, no recuerdo mucho de él. Y un hámster, aunque solo durante unas horas. Se lo regalaron a mi hermana por su cumpleaños. A mis padres les espantó, les recordaba demasiado a un ratón y pidieron que se cambiara el regalo por algo menos vivo que un animal. Ropa, cosas de esas.

Esas breves experiencias con animales fueron todas las que tuve durante mi niñez. Ahora que soy adulta no me gustan demasiado. Más bien me dan miedo. No sé si lo he heredado de mi madre o si es debido a mi falta de contacto con ellos durante mi infancia. El caso es que aunque mi relación con animales es nula, aparecen con frecuencia en mis sueños. Y cuando lo hacen, solo vienen a traerme miedo y tristeza, asco e incluso pánico. No suelen ser adorables ni tranquilos ni están ahí para cuidarme y que yo los cuide con amor.

En esas ocasiones, como la de hoy, con los pececillos naranjas, demasiado grandes para mi pecera pese a ser tan pequeños, me pregunto si que sueñe con ellos me hace aborrecerlos en la vida real y a hacer mi relación con ellos más problemática. Dichosos animales. Cómo me gustaría quererlos.

Soñé que tenía una hija

Soñé que tenía una hija. Paría en medio de mi casa, todo el mundo estaba presente. Pero era un parto raro. Más o menos como si me sacara simplemente de debajo de la camiseta un muñeco que tuviera escondido. No me dolía, ni siquiera lo sentía. Simplemente tenía una hija de repente en un momento en que casi toda mi familia estaba reunida. Nadie decía nada al respecto. Las conversaciones seguían como antes de que la niña hubiera nacido y las posiciones de la gente, su actitud: todo permanecía inalterado. Yo misma me quedaba así. Totalmente sobria, libre de emociones, apática, indolente. Recordaba que había mujeres que explicaban que el día del nacimiento de sus hijos había sido uno de los más bonitos y emotivos de sus vidas, pero también uno de los más dolorosos. Yo simplemente no había sentido absolutamente nada.

Luego subía al piso de arriba y me olvidaba de todo. Cuando volvía a bajar después de un rato observaba que la niña estaba en un carro que mecía mi abuela. Me asomaba para verla y descubría que no estaba arropada. Entonces me dio pena. Fue lo único que sentí, el único sentimiento que afloró. Hacía mucho frío, era invierno y la niña estaba casi desnuda y helada. Entonces la cogía en brazos e intentaba abrigarla pero no encontraba nada que ponerle. Le preguntaba a mi madre: ¿has visto algo que pueda servirle a ella? Mi madre contestaba que no con tono pasivo y yo me quedaba sin saber qué hacer para darle calor, cargando con mi hija y con una gran pena en brazos.

Conduciendo en sueños

A menudo me veo conduciendo en sueños. De hecho, se podría decir que conduzco más en sueños que estando despierta; apenas cojo el coche, quizás tres, cuatro veces al año. En cambio, al menos una vez al mes conduzco mientras duermo; en estos casos, siempre hay algo que va mal, siempre estoy asustada y agarrotada.

La última vez, conducía un coche gigante en una ciudad desconocida. El coche era tan grande que si pisaba los pedales, no lograba ver la carretera y si me asomaba para ver la carretera, no llegaba a pisar los pedales. Era como si una niña de cinco años tuviera que conducir un coche por la ciudad; como si lo arrancaran y la pusieran a ella al mando, sin otra alternativa que conducir lo mejor posible para salir viva. Y así lo hacía: intentaba salvar las glorietas como podía e incluso me felicitaba por estar haciéndolo medianamente bien; no obstante el miedo, la sensación de que ese no era mi lugar, no se iba.

Fotografía antigua, mujer conduciendo un coche

En sueños no suelo llegar a mi destino. Siempre pasa algo antes que me asusta tanto que acabo despertándome. Una vez despierta, en la cama, me pregunto si lo que mi subconsciente exterioriza como el manejo de un coche, es en realidad mi vida: la forma en que la conduzco, la dirección que llevo. Parece sencilla la interpretación, pero no lo es tanto el resultado de la misma: ¿qué se supone que tengo que hacer para que mi subconsciente no se lleve esa impresión de mi forma de vida, para que no esté tan asustado, tan atemorizado? ¿Cómo me bajo de ese maldito coche en la parte consciente para que la subconsciente se quede tranquila? ¿Cómo hago para coger otro a mi medida? ¿De qué manera puedo disfrutar del viaje?

Que las llamas acaben con todo

Ranas marrones, pringosas, asquerosas, del tamaño de una mano. Llenan la habitación. Mi tía, estéril, cuida hijos de otros. Su voz estridente es ahora apenas audible, muda para los niños. Mi tío duerme un sueño de misera en el suelo. Se incorpora cuando me ve llegar y luego vuelve de nuevo a cobijarse en el sueño. Duerme ajeno a las ranas, las mariposas llenas de pelo, las serpientes cimbreantes, el horror instalado en su hogar. Yo lo llevé allí. Yo lo instalé. Les preparé una habitación a los anfibios, los insectos, los reptiles.

Hay un libro prohibido. Mon lo tiene. Quiere leerlo, dice que quiere estudiarlo. ¿Por qué? Es un libro ilegal, te multarán si descubren que lo tienes, te harán algo peor. Te lo quitarán, te llevarán con ellos. No puedo permitirte que lo tengas, no puedo dejar que te expongas a ese riesgo.

Los bichos han desaparecido cuando llego a casa de mi tía. Los busco en la habitación donde los dejé. No los veo. No están. Mi tío sigue instalado en el suelo, tan frío. Mi tía aún está rodeada de hijos ajenos. Si los animales no están es que se han extendido, han volado, han creado a otros seres iguales a ellos que a su vez crearán a otros e inundarán con su presencia mis párpados, mis manos pegajosas, marrones, goteantes. Apretarán mi cuerpo. Lo ahogarán. Me volverán como ellos.

Alguien me dice que la policía está buscando el libro prohibido, que hará una redada casa por casa. Esta misma noche. Me acuerdo de Mon. Voy a mi casa corriendo. Él está allí: me dice que tiene el libro; indica que está en el piso de arriba. Es urgente, le digo angustiada. Es necesario quemarlo. Incendiar cualquier resto de él. Eliminar las pruebas de que un día estuvo en nuestras manos, de que pretendimos leerlo, de que empezamos a hacerlo. En ese momento miro a mi alrededor. En el suelo, pegado a la pared, hay cientos de montones de una pasta marrón, asquerosa, del tamaño de una ración de comida volcada en el suelo. Llena de pánico comprendo que las ranas, las serpientes han llegado a mi casa y han creado esa masa, esa especie de barro y que de ahí surgirán las nuevas generaciones de bichos. Alzo la vista y descubro que mi familia también está ahí. Veo a mi madre, que coge un puñado de masa y se la pone en la boca. La ingiere, dice que está rica. Me doy cuenta de que todos están haciendo lo mismo, incluido Mon. Todos comen con fruición ante mi mirada horrorizada. Mi madre trata de convencerme de que tengo que comerlo yo también. Asegura que cuando lo pruebe me fascinará. Yo la miro: mis grandes ojos clavándose en los suyos. Estoy paralizada, incapaz de decir, incapaz de hacer. Ella se acerca a mí y me pone un pegote de pasta en las manos, en los brazos. Yo grito. Grito. Grito. Me muero de miedo. De asco. De espanto.

Justo entonces me acuerdo del libro cuyas páginas habían sido prohibidas. Me acuerdo de la policía. El asco se mezcla con miedo. Me alejo de allí. Tengo las manos y los brazos pringados; subo las escaleras de mi casa. Voy corriendo. Los demás no advierten mi marcha, tampoco mi ausencia. Siguen comiendo con las manos. Aunque ya no estoy allí, los sigo viendo; los tengo en mis ojos, ya solo ven eso. Pero mis ojos ansían el fuego: que las llamas acaben con todo. Que rompan el caos, que maten mi angustia.

Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

Cada comienzo de mañana

Madrugar, empezar el día. Dejar que los sueños se diluyan en la claridad del día y se pierdan como gotas de lluvia un día de verano. El verano, el verano quedó atrás también; ya solo podemos aspirar a pseudoveranos, veranillos, versiones diminutas del gran verano, el mayor representante del buen tiempo, del calor, del tiempo libre, la diversión.

No me gusta el invierno. Odio el frío. Los días cortos. Las nubes oscureciendo el cielo, las lluvias, la niebla.

No me gusta tener que madrugar. Detesto el sonido taladrante del despertador sacándome de un tirón del sueño.

Mi cuerpo se pone en pie cual autómata y comienza las labores del día, se despereza, prepara la ropa, se lava la cara, se peina, se cepilla los dientes, se viste, recoge el taper antes de salir por la puerta, camina hacia el metro, procura sentarse en el vagón, mira la hora. El orden de las acciones suele ser siempre el mencionado y si no, muy parecido; es el pensamiento el que propicia los cambios y por la mañana no se ha despertado aún el pensamiento. Ni la mente. Ella no suele aparecer hasta bien empezado el día. Por la mañana está demasiado cabreada para mostrarse: se siente estafada, engañada, se levanta siempre depresiva. Mejor no molestarla. Mejor no hacerla pensar: dejar que el silencio cubra el espacio, que la rutina dicte los pasos, que el cuerpo obedezca sin torpezas.

¿Cómo despertarse de buen humor cuando nada de lo que ve le agrada a la mente?

Muchas veces me digo que el tiempo pasa y yo aún no he encontrado la manera de utilizarlo de forma que mi mente no sienta amargura cada comienzo de día.

¿Así conduzco mi vida?

Era la carretera que llevaba a mi casa. Yo iba en coche; conducía. Sin darme cuenta, hacía el movimiento de coger algo de la guantera justo cuando tenía que cambiar ligeramente la dirección del coche para tomar un desvío. Entonces comprendía que ya era demasiado tarde para cambiar los brazos y cogía la curva de mala manera, con los brazos entrelazados. Me decía que debía frenar, pero tampoco podía mover los pies. Era como si de repente no alcanzara a los pedales. Llena de espanto, pensaba que no podía ir tan deprisa por una calle cuando no tenía control del vehículo; mis brazos seguían pegados, incapaces de hacer cualquier movimiento, mis pies no conseguían encontrar los pedales.

Me he despertado asustada. Estaba a punto de chocar contra un coche aparcado.