Zanahorias, padres y pereza

Ayer tomé croquetas para cenar. De las que llevan los restos de jamón del cocido como ingrediente principal. Yo también les pongo cebolla, zanahoria, sal y pimienta. He descubierto que la zanahoria me gusta y últimamente puedo ponérsela a casi todas las comidas. Mi padre siempre me dice cuando llego a casa -la de mis padres- que ya me tiene preparada mi bolsita de zanahorias recién comprada en la frutería. Obviamente mi padre exagera: se guasea. Yo nunca me como todo un kilo de zanahorias en el día y medio que suelo pasar allí cuando voy. Pero es cierto que le suelo pedir a mi madre que se la ponga a las comidas que elabora y que si yo cocino algo -arroz, un pastel, pasta; cosas fáciles- siempre le añado. Mi abuelo solía decir que las zanahorias de antes eran 40 veces más grandes y estaban 40 veces más ricas que las de ahora y que el sabor de las actuales era demasiado dulce – o 40 veces más dulce, que era la expresión aumentativa que solía usar-. Mi padre me lo recuerda siempre, sobre todo esto último: la comida con zanahorias dulcea. También dice que antes no solían comerse: eran uno de los alimentos para la alimentación de las mulas, no para humanos, si bien de vez en cuando podían probarlas. Es curioso que mi padre, con 66 años, haya tenido una vida tan completamente distinta al estilo actual. No fue al cole sino desde los 7 a los 10 años. Trabajaba en el campo con mulas. Apenas comía carne. Su alimentación se basaba en los guisos con patata. Su madre vestía con sayos, delantales y faldas y llevaba moño. Su padre usaba blusas negras anchas y boina. Ambos parecían ancianos desde los 40 años de edad. A lo mejor antes. Es posible que tuvieran aspecto de ancianos justo cuando dejaron de ser niños a causa de sus ropas, sus peinados, la vida dura del campo, la ausencia de maquillaje. Nunca fueron a un centro comercial ni viajaron, ni conocieron más mundo que el de su pueblo.

zanahoria

La zanahoria. Mi madre nunca la pelaba. Le quitaba la piel, sí, pero no la pelaba. La raspaba, simplemente. Tengo su imagen grabada en la memoria, o más que su imagen, la mía: era una tarea que solía pedirme a mí. Yo lo odiaba. Me parecía tan, tan aburrido. Tan aburrido y tedioso como limpiar el polvo. A mí lo que me gustan son las tareas en las que siento que avanzo, en la que es visible el desarrollo. Por ejemplo, no me gusta barrer ni fregar el suelo, pero sí recoger trastos, fregar los platos o limpiar el baño o la cocina. Tampoco me importa poner y tender lavadoras, pero detesto planchar. De hecho, evito hacerlo. Básicamente, no uso ropa que necesite ser planchada y no plancho piezas como sábanas o toallas. No plancho: fin.

Me gusta cocinar. Eso sí. Me gusta cocinar pero soy de las que nunca sigue una receta. En eso me parezco a mi madre. Si en la receta dice poner este ingrediente yo lo cambio por aquel otro y así no tener que ir a comprarlo, y además le añado esto que se va a poner malo pronto y un poquito de aquello que me gusta tanto. No mido nunca la cantidad de los ingredientes, soy de las que lo hace todo a ojo, ni tamizo la harina, por ejemplo. Son cosas que dan una pereza terrible. Cosas con las que no se avanza: la mayor inversión de tiempo no se aprecia en el sabor. No es una ecuación proporcional: el esfuerzo no compensa la supuesta pequeña mejora en el resultado. Supongo que para determinadas cosas no tengo nada de paciencia. Antes tampoco podía con lo de rallar la zanahoria. Sencillamente la trituraba con la batidora. Últimamente, no obstante, me he acostumbrado a hacerlo y sinceramente no es para tanto. Ahora entiendo que era mayor el miedo a hacerlo -la maldita pereza- que el hacerlo en sí. Pero el de las zanahorias es un caso diferente. Son zanahorias. Y las zanahorias me encantan.

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Insomnios

Aún permanece la oscuridad en el cielo. El silencio continúa su suave cadencia, su paz, su vacío. La noche es larga mientras aguardo, impaciente y pesarosa, la llegada del día.

El sueño se ha escapado a algún rincón de mi cuerpo y no consigo encontrarlo. Hay demasiada luz, un insolente alboroto en el interior de mi cabeza para que pueda hacerse cargo de mi cuerpo, imperar una noche más. Mientras fuera es estable la negrura y la quietud, dentro ha estallado una noche sin reglas. Hay ruido, hay pitidos, hay palabras soeces y miedo en la ancha carretera de mi mente. Por ella circulan automóviles en varios sentidos y cada uno de ellos lleva consigo un cometido que me entregará a lo largo del día, en el instante de llevarlo a cabo. Hasta ese momento, rugen y pitan y se abalanzan unos sobre otros impidiendo así que me olvide de ellos, que el sueño regrese. El sueño no volverá pero el cansancio se va acumulando cada vez más, como si fuera tierra cubriendo el fondo de un reloj de arena. La arena cae y dificulta la circulación de los coches, pero no los detiene, ni se amortigua su estruendo.Processed with VSCOcam with f2 preset

Hoy la noche dará paso al día lentamente, y lentamente lloverá su luz y su exuberancia de sonidos y colores. Y yo viviré en él con los ojos cansados y el cuerpo ansiando volver a la cama. Y aunque el tráfico se termine disolviendo en mi cabeza conforme el día transcurra y las tareas se lleven finalmente a cabo, permanecerá conmigo el sabor acelerado de los coches y el llanto triste del sueño, escondido aún, intentando respirar en la tormenta de arena.