La calma y el trueno

Empiezo a entender muchas cosas. La rutina. Los sonidos. El cambio estipulado del tiempo: ahora noche, ahora día, de nuevo noche, ya vuelve el día. Mi menstruación, cuya visita recibo puntual cada mes. Los animales, la belleza. El ciclo de los procesos, el proceso de los ciclos. Todas las cosas que alberga mi mente. Las sincronicidades y las simetrías diarias. 

No es un error pisar este suelo, palpar esta melodía, sentir mi respiración, navegar en calma. La caja de los truenos puede esperar a otros momentos. O puede que se desate hoy con gran virulencia. Mi madre no me ha pedido perdón; fui yo la que cometí la ofensa. 

Empiezo a entender muchas cosas. Mi carne. Mi pelo fino. La bolsa que un día me contuvo sigue esperando a que la deje ir. 

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No era yo la que miraba la lluvia

Hoy es un día para The Doors y ‘Riders on the storm’. Hoy, porque. literalmente, he cabalgado en la tormenta. La he sentido en mi cara, en mi ropa, en mi cuerpo; me ha empapado; no llevaba paraguas. Andaba por la calle intentando cobijarme en los aleros de los edificios mientras contemplaba la calle alrededor: se veía difusa, borrosa, agitada. Por un momento me ha embargado una sensación rara, una especie de otredad, como si yo no fuera yo, sino otra persona anterior observado en calma las gotas de lluvia estrellarse alocadamente contra el suelo. Las nubes descargaban lluvia y yo miraba los árboles sacudidos por el viento, y sin embargo, no era yo. Había dejado de serlo. Me estaba empapando, notaba las gotas salpicándome la cara, deslizándose por mi pelo, sentía el frío y el viento, y aún así no era yo, sino una de las miles de personas que antes que yo contemplaron la lluvia al caer. Que quizá cabalgaron en la tormenta.

 

Nos ayudaremos de las manos

No hay nada cuando no hay nada. Una fila de coches. El cielo, en lo alto de la mirada, es azul o gris o de otro color. Del color del cielo cuando es el cielo. Sobre mi pecho, pequeño, se ha posado una mano. No la aparto; está ahí. Quieta, en silencio. ¿Vienes a ayudar? No lo sé. ¿A qué vienen las manos? A veces ayudan, pero también dañan. Me gustaría saber algo más sobre ti misma, sobre ti y sobre mí, y así poder ayudarte, ayudarme mejor. Las palabras se me escapan sin ser dichas; van del cielo al suelo y se deslizan por mí; las siento caminar por mi piel, mi ombligo, por mis brazos. Luego, huyen. Se escapan. No es mi culpa entonces si no digo te quiero o amor mío. Son las palabras, las dichosas palabras que se me vuelan, que se me escurren como lluvia. ¿Aún así podrás ayudarme? ¿Podrás salvarme? No lo sé. Depende del cielo, y de la lluvia que cae de él, pero ¿a qué viene? No tienen sentido esos gritos en el pecho, esos llantos y tormentas. El cielo sigue gris. Pero también azul. La fila de coches sigue ahí, ensimismada, sin querer salir de sí misma. Un día tú también volarás: volaremos. Las palabras, las palabras estarán con nosotros. Nos ayudaremos de las manos.

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