También es efímero lo que permanece

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“It is not impermanence that makes us suffer. What makes us suffer is wanting things to be permanent when they are not”.

Thich Nhat Hanh

 

Cuando mi abuela murió sentí tanta pena. Tanto dolor y tristeza. Tanta, tanta desolación. Sin embargo, sabía que no era realmente por ella. Le faltaban unos meses para cumplir 96 y durante el último año no había estado muy bien. No tenía ganas de hablar y no hablaba mucho, no tenía ganas de comer ni de beber y básicamente se alimentaba de leche, zumo y caldo; le costaba andar y se pasaba los días sentada en su sillón con la cabeza apoyada sobre la mesa. No recordaba bien su pasado. Ya no le hacía ilusión ver a sus nietos ni a sus biznietos. Había dejado de hacer aquello que solía disfrutar haciendo. Así que no, no estaba triste porque hubiera llegado su momento y debiera irse, pues su momento parecía haber llegado hacía tiempo ya, cuando dejó de interactuar con el mundo. Mis lágrimas no eran exactamente por su muerte, que parecía haberla liberado del sufrimiento que para ella suponía mantenerse con vida, sino porque con ella parecía haberse perdido para siempre el pasado vivido a su lado. De repente era evidente que no volverían mis risas junto a ella ni las historias que me contaba sobre sus abuelos, sus padres y sus tres hermanas; no volvería a oír de su boca el diminutivo por el que solía llamarme ni las tardes de primavera en que me enseñaba a bordar después del colegio. No volvería ya el tiempo de mi infancia en que me encantaba dormir con ella y abrazarla fuerte cuando llevaba unos días sin verla. No era su fallecimiento, por tanto, era el pensamiento de que mis días a su lado habían acabado para siempre. Y pensar que ella, que era una parte importante de mi vida y que me había dado tanto no volvería a estar conmigo se me hacía imposible de digerir.

Su muerte me ha enseñado que una de las cosas más difíciles es aceptar la fugacidad de todo lo que parece permanente o de todo aquello que deseamos que lo sea. Mi abuela fue permanente durante toda mi existencia; murió hace unos meses. Y eso era mucho para mí. Era todo: toda mi vida. Ahora empiezo otra sin ella. Es decir, con ella solo en mi recuerdo. Y eso, a decir verdad, también es mucho. Es todo.

Imagen: Elizabeth Taylor, 13 años, sujetando a su gato Jill – 1945

Tinta de colores

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Nos hemos encontrado un diario en la plaza: un cuaderno A4, escrito sin dejar márgenes y con diferentes tintas; en la primera página podía encontrarse azul y rosa; en otras, los contrastes cromáticos eran más llamativos: naranja, violeta, verde, negro, azul. Un diario caótico de letra casi ilegible. Le hemos echado un vistazo rápido y después lo hemos llevado a comisaría. Allí lo hemos dejado y nosotras, mi amiga y yo, hemos seguido nuestro camino sin volver a mencionarlo. Hemos hablado del tiempo, de lo que íbamos a hacer, de lo que habíamos hecho y hemos reído un poco. Sin embargo, yo no dejaba de pensar en el cuaderno y en su autora. Había encontrado una extraña y simple belleza en las primeras líneas de aquel cuaderno que habíamos leído juntas mi amiga y yo esperando encontrar algún nombre, alguna indicación de pertenencia. Una mujer describía en presente y primera persona su cotidianeidad: estaba sentada en el césped del parque viendo jugar a los niños y a él y eso, decía, estaba bien. El día anterior habían estado por el “caminillo” todos y tampoco había estado mal; nada parecía estar mal y sin embargo las líneas transmitían una honda tristeza. Los niños jugaban hoy en el plaza junto a él, ayer habían ido de excursión todos juntos y lo habían pasado también bien y aún así, ella no estaba a gusto, no le alcanzaba la felicidad de sus acompañantes. Podía imaginármela sentada en la hierba con su cuaderno nuevo y sus bolígrafos de colores empezando a escribir sentimientos tristes mientras los otros se divertían y la invitaban con voz lastimera a unirse. Podía ver las miradas y las sonrisas inseguras que ella les dedicaba y su falta de implicación, su distanciamiento, sus ganas de pertenecer a otras personas y a otro lugar.

A menudo yo también soy ella. Supongo que por eso las palabras deshechas de su diario me han tocado la piel y se han hundido dentro luego. Tengo que esforzarme por estar, sea donde sea, y esforzarme por mantenerme contenta. La mayor parte del tiempo, imagino, querría estar en cualquier otra parte.

Adicciones

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Se puede ser adicto a las drogas, al tabaco o al alcohol. O al juego. Es lo típico.

Sin embargo, es aún más típico (por más común) tener fijación por otro tipo de adicciones que no suelen ser nombradas pese a su presencia casi constante y ubicua.

Me refiero a la adicción a pensar demasiado o a no pensar en absoluto, a la adicción a sentirse de una determinada manera -querido, triste, avergonzado, emocionado, imbécil, solo, absurdo, débil, feliz- a toda costa e independientemente de la situación que desencadene tal sentimiento; la adicción a personas o a situaciones; la adicción a la comida -y a la culpabilidad que acompaña-; la adicción a criticar a otros para sentirse mejor o la adicción a criticarse a uno mismo para sentirse peor; la adicción al dinero, la adicción a las redes sociales, la adicción al chocolate, al café o a los medicamentos; la adicción al coche, la adicción a estar a la moda, la adicción a los elogios, la adicción al amor o al desamor, la adicción al teléfono móvil, la adicción a las series de televisión, la adicción a los conflictos, la adicción a la limpieza o al desorden, la adicción a estar enfermo, la adicción a las compras, la adicción a no escuchar y a tener razón, la adicción a la comida sana o la comida basura, la adicción al trabajo, al sexo, al poder, la adicción a la mentira o la adicción a la rutina.

La lista sigue; hay tantas adicciones como personas. Al fin y al cabo somos humanos, ¿no? Buscamos cualquier tipo de recompensa que aligere el hecho de vivir y perdemos el control en el intento.

Un gato al sol

Cuando me siento triste o enfadada, o rabiosa, o me sobreviene el miedo, el agobio o el pesimismo, cuando afloran como granos molestos y de repente son visibles para mí las llamadas emociones negativas, inmediatamente siento la necesidad de liberarme de ellas. Respirar, pensar en otra cosa, no conseguirlo, volver a respirar, regañarme por sentirme así y volverlo a intentar y regañarme de nuevo por no conseguir tranquilizarme ni reconducir mi ánimo hacia una estado más positivo y tranquilo: son acciones que a menudo van seguidas de un bajón. ¿Pero qué pasaría si sencillamente no intentara cambiarlo? ¿si aceptara estas emociones como las consideradas positivas? Es como si tuviera miedo a sentirme mal, como si no fuera capaz de entender que tengo derecho a sentir todo tipo de emociones y a comprenderme cuando es así. ¿Qué pasaría si dejara de juzgarme y criticarme y simplemente dejara estar cualquier tipo de sentimiento según llegara? ¿Qué pasaría si fuera un gato tumbado al sol de primavera y no me preocupara por cómo son mis sentimientos ni tratara de cambiarlos cuando los considero no válidos? gato-sol-flor-relajacion-paz

Cada uno de los instantes

A menudo nos decimos: “tenemos que viajar más”, como si de eso dependiera toda la felicidad de nuestras vidas, como si tuviéramos reservados los momentos alegres a los viajes y no hubiera más ocasión de disfrutar juntos del tiempo. A menudo nos decimos eso y nos entusiasmamos ante la perspectiva de ver juntos otros países y otros lugares y pasar todo el día, muchos días, juntos; pero esa conversación siempre nos deja, junto a la ilusión, un trasfondo de tristeza inevitable. Tenemos agendas, trabajos, obligaciones, vidas aburridas de adultos con sueldos de jóvenes malpagados y apenas podemos permitirnos viajar: nos falta el tiempo, nos falta el dinero.

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Sin embargo, nuestra relación no se construye solo con grandes fechas ni días para el recuerdo. Nuestra relación se sujeta en cada uno de los días que vivimos juntos, en cada uno de los instantes compartidos.

Quizá no podamos viajar siempre que queramos, pero estamos juntos y podemos disfrutar de ello, ¿no crees? Quizá tenemos que aprender que no hay un momento más propicio que cualquier momento para ser felices, ni viaje más largo ni más intenso que el de nuestra propia relación.

¿Nos vamos? ¿Salimos hoy mismo?

Días como colores

Hay días de todo.

Días tontos en los que solo tengo ganas de llorar y observar con una lente melancólica y tristona todo lo que veo. Días en que mi corazón está apretujado y magullado y va marcando con un reguero de sangre oscura el camino por el que voy a pasar. Días para dormir sin soñar y para no pensar.

Y días en que estoy tan eufórica como un globo inflado que sube al cielo, muy lejos, y nada lo para. Y luce mil colores brillantes y sonríe a la gente y se abre de brazos y grita palabras ridículas que le hacen reír. Días llenos de frases alegres y cumplidos y besos sentidos y miradas amables.

Y también hay días intermedios. Días a media altura que no son completamente felices, pero tampoco especialmente desdichados. Días cargados de la monotonía de tender la ropa, coger el metro, comer macarrones y mordisquearse sin interés las uñas. Días rancios y lineales, días tranquilos.

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Días grises, días coloridos y días en tonos pastel. Como los colores de la ropa tendida o por tender

No hay unos que sean mejor que otros: en este terreno no hay competición, no hay victorias ni fracasos, ni pérdidas absolutas. Los días forman semanas, que forman meses, que forman años, que forman vidas. Vidas que forman colores que se mezclan y combinan para volver a formar días.

Vomitar emociones

Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?

Jack Kerouac

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Este muchacho hubiera cumplido años (92 años; murió a los 47) ayer. Era piscis. Yo también lo soy. No es que crea mucho en el horóscopo o los signos del zodiaco, pero si encuentro a alguien con el que comparto signo, me suelo preguntar si tendremos algo en común. Es como una manía, como un acto reflejo. De todos modos, en este caso, sí que encuentro alguna semejanza, aunque sea tan simple como que estoy de acuerdo con muchas de sus citas, entre ellas la que aparece al principio (“Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?”).

Estoy de acuerdo con él y sin embargo, no suelo practicarlo: me enredo bastante con los sentimientos. Cuando estoy triste, estoy tan triste que no puedo creer que haya momentos felices en mi vida y cuando estoy feliz, no logro entender que a veces me deprima y lo vea todo negro. Lo bueno, o lo malo, del asunto es que la mayoría de las veces mi estado de ánimo es regular, sin altibajos, de color beige. Luego una circunstancia determinada, muchas veces externa a mí, desata una emoción y mi forma de enfocar las cosas cambia de repente: oscila de un lado a otro y de arriba a abajo como si estuviera saltando en una cama elástica.

La última de estas circunstancias fue mi cumpleaños, apenas hace una semana. Había hecho planes desde la noche del día anterior hasta el final del día siguiente y como hacía bastante tiempo que no lo celebraba tanto, estaba nerviosa. Suele pasarme. Me pongo nerviosa cuando tengo muchos planes, sobre todo cuando dependen de mí. Cuando era más joven había veces que incluso vomitaba. Solo porque era navidad e iba a salir toda la noche con mis amigas acababa vomitando el cordero y las gambas; pero estaba tan eufórica, tan alocada que no importaba. Cuando me pongo nerviosa, es como si no fuera yo. Como si otra chica más sensible y más irritable se pusiera en mi lugar y dirigiera mi forma de actuar. Al final hago cosas que no quiero y sobre todo, siento cosas que tampoco deseo. El día de mi cumpleaños acabé llorando, ya al final del día. No tenía ninguna razón concreta, pero sí muchas de ellas. La primera, pienso ahora, es que estaba muy cansada. Entre mis planes no había incluido descansar y apenas si había dormido tres horas.

En eso de los nervios me parezco a mi madre, aunque no me guste y me enfade conmigo misma cada vez que me doy cuenta. Cuando había un acontecimiento especial, como la boda de un familiar, un cumpleaños, un viaje, se ponía rara; se molestaba por cualquier tontería, siempre decía que prefería irse ya a casa. ¡Pero si era el mejor día del año!, ¡pero si era el momento de pasárselo bien y reír y hablar y jugar!

De pequeña no la entendía. Ahora de mayor no me entiendo a mí misma. De todas formas, ¿qué importa? Al día siguiente será un nuevo día que traerá consigo nuevos sentimientos, nuevos acontecimientos. “¿Para qué inquietarse tanto?”

Deseos

¿Por qué esa imposibilidad, ese deseo de nada, esa afición a pasar el tiempo encerrada en un lugar sin puertas? Está oscuro dentro, la ventana es opaca. Un día es un día que nace, se desarrolla y pare un hijo justo antes de morir. Muchos hijos, muchos días. No quiero esos frutos si están apagados: hay otras vidas fuera, hay diferencia, hay movimiento, deseos de luz y abrazos fuertes en el corazón que perforan la mente.

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Carretera y tristeza

Ya era de noche; quizá eran las 7, cuando he sido testigo de un accidente de tráfico. O más que testigo del accidente, testigo de lo que ha venido después: cuatro ambulancias, un camión de bomberos, tres coches de policía, una furgoneta de la guardia civil. Yo también iba en coche, acoplada tranquilamente en el asiento de copiloto. He sentido un montón de pena y congoja mientras veía pasar el despliegue de servicios de urgencia por la ventanilla; nosotros parados, junto a otros muchos coches, sin saber exactamente qué había pasado pero intuyéndolo, intuyéndolo feamente. Y después, cuando hemos podido avanzar, ver cómo forzaban a la fuerza las puertas traseras de la furgoneta implicada en el accidente e imaginar la angustia de los pasajeros: heridos, encerrados, de noche, una noche oscura, con frío, con el sonido de las sirenas de la policía y la ambulancia en sus oídos.

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Luego hemos pasado de largo, el viaje ha seguido. No me olvidaba de ello, no obstante. Seguía sintiendo tristeza. Les he deseado, en mi mente, lo mejor, lo mejor para todos. Siempre lo hago cuando veo una ambulancia: deseo que sus ocupantes se curen, que tengan suerte y todo vaya bien; les mando un poco de amor.

(La noticia, en medios).