Sangre en la tubería

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Cada cuerpo no es sino un conducto, nada más que un canal que traslada cosas de un lado a otro, procesándolas, depurándolas y modificándolas en el camino…

Hoy mi cuerpo ha transportado al exterior un líquido rojo: sangre. Se supone que no estoy enferma, aunque mi cuerpo esté herido por dentro y aunque salgan al exterior vestigios de batallas internas, rastros de violencia, la sangre que derraman cuerpos muertos -cuerpos que no llegaron a ser cuerpos y se lamentan y rasgan y sacuden las paredes de la que hubiera sido su casa-.

Al contrario: se supone que estoy todo la sana que se puede estar. Y sin embargo, mi vagina no deja de gotear. Si no contuviera la sangre que mana, se deslizaría por mis piernas dibujando delgados ríos oscuros.

Pero no estoy enferma. Soy solo una tubería.

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Nuestro cuerpo: el cuerpo de la Tierra

Por mucho tiempo éramos “yo” y mi cuerpo. “Yo” estaba formada de historias, de anhelos, de luchas, de deseos de futuro. Mi cuerpo, a menudo, se interponía en el camino.

En medio de mis viajes, cumplí 40 y comencé a odiar mi cuerpo, lo que era realmente un progreso, porque al menos mi cuerpo existía lo suficiente como para odiarlo.

Luego contraje cáncer. De pronto, mi cáncer era un cáncer  que estaba en todos lados, el cáncer de la crueldad, el cáncer de la codicia, el cáncer que se mete dentro de la gente que vive por las calles de las plantas químicas, y que normalmente son pobres; el cáncer dentro de los pulmones de los mineros de carbón; el cáncer del estrés por conseguir más y más, el cáncer del trauma enterrado.

 Sé que todo está conectado y la cicatriz que baja por mi torso es la marca del terremoto.

Antes del cáncer, el mundo era algo distinto. Era como si estuviese viviendo en una pileta estancada y el cáncer dinamitó la roca que me separaba del mar completo. Ahora estoy nadando. Ahora me acuesto en el césped, froto mi cuerpo en él y disfruto el barro entre mis piernas y pies. Ahora hago un peregrinaje diario para visitar un sauce llorón a las orillas del Sena, y estoy hambrienta de campos verdes en los matorrales en las afueras de Bukavu y cuando caen lluvias fuertes, grito y corro en círculos.

Eve Ensler

Dramaturga, feminista y activista social estadounidense, autora de la obra de teatro “Los monólogos de la vagina”.

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No solo es Madrid, París, ese pueblo de la costa o del interior, no solo es Europa o América: no sólo es la Tierra. Es también nuestro cuerpo. Ésa es nuestra principal morada. Nuestro refugio, nuestro espacio único y personal. Nuestra hueco.

Nuestra vida.

Todo interconectado. Todo completo.