Cada uno de los instantes

A menudo nos decimos: “tenemos que viajar más”, como si de eso dependiera toda la felicidad de nuestras vidas, como si tuviéramos reservados los momentos alegres a los viajes y no hubiera más ocasión de disfrutar juntos del tiempo. A menudo nos decimos eso y nos entusiasmamos ante la perspectiva de ver juntos otros países y otros lugares y pasar todo el día, muchos días, juntos; pero esa conversación siempre nos deja, junto a la ilusión, un trasfondo de tristeza inevitable. Tenemos agendas, trabajos, obligaciones, vidas aburridas de adultos con sueldos de jóvenes malpagados y apenas podemos permitirnos viajar: nos falta el tiempo, nos falta el dinero.

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Sin embargo, nuestra relación no se construye solo con grandes fechas ni días para el recuerdo. Nuestra relación se sujeta en cada uno de los días que vivimos juntos, en cada uno de los instantes compartidos.

Quizá no podamos viajar siempre que queramos, pero estamos juntos y podemos disfrutar de ello, ¿no crees? Quizá tenemos que aprender que no hay un momento más propicio que cualquier momento para ser felices, ni viaje más largo ni más intenso que el de nuestra propia relación.

¿Nos vamos? ¿Salimos hoy mismo?

¿Me acompañas en el viaje, Whitman?

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No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Walt Whitman

Estoy desnuda

Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma.

Estoy desnuda. Las alas aparecen. Me apresuro a salir. Tengo prisas por llegar, aunque el destino no está más lejos de mis manos, de mi regazo cálido. He descubierto que no puedo controlar todo lo que me rodea, y aún así, está bien. No necesito tenerlo todo bajo control. Las cosas van y vienen, las personas, las ideas, las imágenes, los pensamientos, la ropa y los viajes. Incluso yo me pasaré algún día; hasta ese momento, mi vida consiste en dejar ir, aceptar y respirar hondo. El viaje puede ser tan movido como quieras, tan soso o tan exagerado como lo tengas en mente. Va en el estilo de cada uno. Hay quienes optan por vestidos de seda, incrustaciones de nácar, oro y plata, encajes y tul, y quienes prefieren lo simple. Qué más da. Hoy aquí, mañana allí, siempre en mí misma.

A veces no me comprendo. Me pongo tan ansiosa y tan nerviosa que al final no puedo hacer nada. Culpo de ello a mi voz interior, que me regaña y me manda lo que tengo que hacer y si decido no hacerla caso, me tortura, me pisotea. Pero siempre he sido una chica desobediente, una chica rebelde. No me gusta hacer caso, ni siquiera a mí misma. Si pienso en lo que es lo mejor para mí y me ordeno hacerlo, enseguida se me ocurren cientos de maneras de vulnerar mi control, de salirme de lo establecido, de no hacerme caso. No me gustan las reglas. Soy bastante dispersa.

Mi mente vuela y se queda en casa. Mi mente desnuda. Mi cuerpo cubierto. Yo misma diseñé, yo misma cosí mi vestido. Utilicé vergüenza, utilicé alegría, miedo, cobardía, ira, amor, utilicé un corazón agitado y atormentado que se muere por hacerme feliz.

Carretera y tristeza

Ya era de noche; quizá eran las 7, cuando he sido testigo de un accidente de tráfico. O más que testigo del accidente, testigo de lo que ha venido después: cuatro ambulancias, un camión de bomberos, tres coches de policía, una furgoneta de la guardia civil. Yo también iba en coche, acoplada tranquilamente en el asiento de copiloto. He sentido un montón de pena y congoja mientras veía pasar el despliegue de servicios de urgencia por la ventanilla; nosotros parados, junto a otros muchos coches, sin saber exactamente qué había pasado pero intuyéndolo, intuyéndolo feamente. Y después, cuando hemos podido avanzar, ver cómo forzaban a la fuerza las puertas traseras de la furgoneta implicada en el accidente e imaginar la angustia de los pasajeros: heridos, encerrados, de noche, una noche oscura, con frío, con el sonido de las sirenas de la policía y la ambulancia en sus oídos.

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Luego hemos pasado de largo, el viaje ha seguido. No me olvidaba de ello, no obstante. Seguía sintiendo tristeza. Les he deseado, en mi mente, lo mejor, lo mejor para todos. Siempre lo hago cuando veo una ambulancia: deseo que sus ocupantes se curen, que tengan suerte y todo vaya bien; les mando un poco de amor.

(La noticia, en medios).