¿Algún experto en la materia por ahí?

Cada “tic-tac” es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno lo resuelva como pueda.

Frida Kahlo

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Las manos de las brujas

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Murieron quemadas durante años en hogueras instaladas en plazas y otros sitios públicos. Uno de los cargos de los que se les acusaban era el de poder curar imponiendo las manos. Sus manos calientes que transportaban vida y salud fueron declaradas culpables; debían morir abrasadas para expiar su pecado. La técnica había sido aplicada durante siglos por múltiples civilizaciones, pero poco importaba. No se enseñaba en las iglesias, no se podía palpar; bien podría ser obra del diablo.

Ardieron las mujeres que lo desarrollaban, pero su actividad no terminó del todo en cenizas. Renació con fuerza en Japón bajo el nombre de reiki y consiguió extenderse por otros países. Hoy la Organización Mundial de la Salud lo reconoce como terapia complementaria en el tratamiento de enfermedades y se aplica en hospitales.

Se supone que con la práctica del reiki la energía fluye hacia el destinatario, calmándole y haciéndole sentir paz y bienestar. Apaciguándole. Sanándole, quizá. Pero la energía circula en cualquier caso. En una caricia, en un apretón o un choque de manos. Es solo cuestión de observar. Algunos pueden ver pura vida o al mismo dios, del mismo modo que otros encontraban al diablo en la misma situación.

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Un único latido

Tumbarse en el suelo sobre una esterilla. Sentir el cuerpo. (El cuerpo que nos acompaña, el cuerpo que tenemos y el cuerpo que somos, el cuerpo que disfrutamos, el que sufrimos). Esperar a que lleguen los pensamientos a la mente y se difundan por el resto de nuestro organismo. Planes de futuro, inquietud en piernas y manos. Recuerdos. Encogimiento de hombros. Deseos, inquietudes. Movimientos gastrointestinales. Observarlos y dejarlos ir como si fueran nubes o estrellas viajando por el cielo. Llenar los pulmones. Llenar la tripa luego. Tomar un nuevo sorbo de aire y liberar espacio. Envolverse en paz. Volver a ocupar el pecho y la barriga con aire y permitir que después se expanda por el resto del cuerpo. Sentir que respirar y latir es lo mismo y que el cuerpo entero respira unido en una única palpitación. Volver a respirar. Y a latir. Volver a pensar en nada. Y vivir. respirar-paisaje-paz

Somos lo que no pasa

Nunca oímos sobre las veces que no pasa. Sería una historia aburrida y larga. Trescientos millones de personas no han sido heridas hoy. Doscientos millones no cambiaron su rutina el día de ayer. Lo inusual hace las noticias. Lo usual nuestra vida diaria.

Yo también voy a morir

De pequeña solía pensar que era inmortal. Nadie más era yo misma, por lo tanto, nadie más estaba capacitado para ver las cosas a mi modo, nadie más era capaz de entender que yo era una persona mágica y tenía, entre otros, el poder de la inmortalidad. Costaba entender que todos los demás, el mundo de afuera, tuviera también sus sentimientos, sus emociones, sus necesidades. Eso era más bien cosa mía. ¿Qué pruebas tenía de la existencia de pensamientos como los míos en otras personas? Ninguno: nadie más era yo, por lo tanto, nadie más era como yo.

No llegué a esa conclusión de manera precipitada: pregunté a mi entorno. ¿Se interesaban ellos por el sentido de la vida? ¿Sabían cuál era su misión? ¿Sabían qué habían venido a hacer a la Tierra?, ¿Tenían la capacidad de conseguir algo solo concentrándose en ello?, ¿Tenían otro tipo de superpoderes? No, evidentemente no tenían superpoderes y tampoco habían pensado en esas cosas, o si lo habían hecho hacía tanto tiempo que no recordaban los resultados. Mis padres se dejaban arrastrar por los sucesos del día a día sin pensar en cuestiones metafísicas. ¿Y tú sí? ¿qué haces pensando esas cosas, mico?, me decían. Yo lo pensaba, claro: a diario. Pero yo era especial. Y esa especialidad me confería importantes beneficios como el de ser inmortal.

No recuerdo en qué momento descubrí que aquellas ideas no eran más que tonterías. Forma parte de madurar: empiezas a darte cuenta de unas cosas y a desechar otras sin armar mucho drama, casi sin prestarle atención. Con más o menos facilidad, fui dejando atrás unos pensamientos y recogiendo otros que me funcionaban mejor en aquel momento. Dejé de pensar que era inmortal y de repente apareció el miedo a morir. Sin embargo, era (es) un miedo sutil, de mentirijilla: como si la muerte estuviera muy lejana, en otro planeta, fuera de la vía láctea.

La gente utiliza estrategias y excusas para alejarla, para mantenerla siempre distante (y yo entre ellos). La más común es imaginar que lo de morir es cosa de otros, no nuestra. Pasa con muchos otros sucesos negativos. Otros tienen accidentes de tráfico, yo no, otros se arruinan, yo no, otros enferman de gravedad, yo no, a otros les engaña la gente, la publicidad, los políticos, la religión, a mí no, otros no tienen el conocimiento para saber qué es lo mejor en cada momento, yo sí. Es como si de algún modo nos creyésemos invulnerables. Las cosas les pasan a otros, a mí nunca, a mí no. Yo soy yo, y yo no cuento. Yo soy yo y tengo el control (“superpoderes”); los demás no porque obviamente yo no estoy en sus cabezas.

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Pero el yo es una falacia. Al final y al cabo, es lo único que tenemos, es la representación del mundo, de la vida, del todo. Es eso: todo. To-do. Por eso es imposible pensar en la nada. Puede entrar (por la puerta de atrás y de tapadillo) en nuestra mente la idea de que nuestros familiares y amigos acabarán falleciendo (incluso hay páginas para calcular cuántas veces podrás ver a tus padres antes de que mueran), pero resulta inasequible dejar de pensar en el yo. Es como si quisiéramos ver sin tener ojos (oír sin oídos, vivir sin vida). Nuestro yo es nuestros ojos y no puede ver más allá de sí mismo. Y nos engaña. Nos sumerge en la ilusión de que no nos pasará nada, de que seguiremos existiendo siempre. Incluso si pensamos en nuestra muerte lo hacemos desde el yo; e imaginamos desde ahí qué podría pasar después, cómo reaccionarían nuestros conocidos, cómo seguirían sus vidas sin la nuestra cerca; lo imaginamos pero es como si nuestra muerte siguiera siendo parte de nuestra vida y no el fin de la misma.

Eso no es así, claro. De hecho, voy a hacer una revelación: yo también voy a morir. Y otra: soy como el resto de personas. A veces me duele el cuerpo, he crecido y también menguado, envejezco, engordo, me veo arrugas, me engañan, me equivoco, no soy tan racional ni tan infalible como creo. En realidad, las diferencias entre unos y otros no son tan acusadas como las discusiones interpersonales pudieran hacer pensar. No somos tan diferentes ni tan especiales.

Molesta pensarlo; sin embargo, permanecer inmóvil en el engaño no siempre es mejor. La conciencia de la muerte -la nuestra, la de nuestros allegados- también puede capacitarnos para estar presentes en la vida que por el momento sí tenemos. Los cementerios están llenos de personas como nosotros. Tuvieron su momento, se les acabó. Su mente dejó de funcionar. Otras lo hicieron por ellas. No igual, pero sí de forma parecida. Nadie tiene la misma mente que otro y en eso sí tenía parte de razón cuando era pequeña. Nadie ha sido, es o será como yo. ¿Por qué no disfrutar también de nuestra unicidad, esto es, de nuestra efímera unicidad?

De milagros improbables

Era improbable que yo llegase al mundo. Improbable la suma de improbabilidades que desencadenaron mi presencia actual en el mundo, en la vida.

Mi abuelo por parte de madre nació cuando sus padres ya eran mayores. No le esperaban, no le querían. Demasiado viejos para ser padres de nuevo. Ya tenían dos hijas; la mayor podría haber sido la madre de su hermano pequeño.

Mi abuelo por parte de padre tampoco fue deseado. El cuarto hijo cuando el tercero de ellos ya tenía más de diez años; los padres, casados jóvenes, más de cuarenta. Qué despropósito, que diría la gente de ellos.

La boda de mis abuelos maternos fue un arreglo. Se conocían desde pequeños, pero mi abuela nunca mostró interés en él. Conoció a otro chico, se enamoró, fueron novios, murió en la guerra. Mi abuelo era un chico tímido y no se atrevía a declararse. Intervino su hermana. Mis abuelos se estaban haciendo mayores, había que hacer algo. Hubo boda. Nació mi madre. Estuvo muy enferma nada más nacer. A punto de morir. A mi abuela se le agrió la leche en el pecho del susto, del miedo. Contrataron a un ama de leche. Mi madre sobrevivió chupando leche de otra teta.

La unión de mis abuelos paternos sí fue deseada, pero no así el nacimiento de mi padre. También vino cuando sus padres tenían más de cuarenta años, dos hijos vivos y otros tantos muertos; no deseaban ningún otro hijo. No querían exponerse de nuevo al agotamiento del embarazo, del parto, de la crianza. Al agotamiento de las enfermedades infantiles. Mi padre sufrió difteria. Fiebres altas, delirios, dificultad respiratoria. Tenía cinco años. Los médicos anunciaron a mis abuelos la muerte inevitable de mi padre. Pero no lo hizo. Siguió viviendo.

Siguió viviendo y conoció a mi madre cuando ambos tenían 13 o 14 años. Tuvieron a su primer hijo a los 24. Luego a su segundo y luego al tercero. Yo llegué en cuarto lugar. Mis padres rozaban de nuevo los cuarenta y no me esperaban. El descubrimiento de mi presencia, pequeña y tranquila en la tripa de mi madre, generó consternación y agobio en la familia.

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Pero llegué al mundo. Sobreviví a mi infancia. Logré pasar por la adolescencia sin hacerme mucho daño. Me instalé en la veintena. Ahí sigo viviendo.

No he sido madre. No lo considero, no lo deseo por ahora. Me pregunto si espero el momento más improbable posible para hacerlo y transmitir de ese modo a la siguiente generación el conjunto repetido de milagros, similitudes y equilibrios improbables que nos hicieron pertenecer a la vida y la belleza de llegar a vivirla, experimentarla, agarrarla; la belleza de llegar a ser vida.

Bastet, mujer

bastet-esculturaSe entendía que Bastet era fuerte y a la vez tranquila.

Alegre y también colérica cuando de protegerse a sí misma se trataba.

Independiente y cercana.gato-diosa-relieve-bastet

Con las cualidades del gato y las de la mujer.

Algo más que una mujer virgen, ingenua, apocada, temerosa, parca y sin más vida que la protagonizada por su hijo. Algo diferente del estereotipo de mujer santa, sumisa, tristona y beata difundido como modelo por el cristianismo.

Se la reverenciaba y era una mujer valiente, con empuje, con talento.

gato-diosa-bastetBastet (también llamada Bast) era la deidad egipcia de la armonía y la felicidad. Encarnaba la calidez de los rayos del sol y se representaba normalmente bajo la forma de un gato doméstico o con cabeza de gato y cuerpo de mujer.

En ese sentido, cualquier gato era considerado como una manifestación suya  y por tanto eran venerados: se adornaban con joyas, se permitía que comieran junto al faraón, se lloraba su muerte y llegaban a ser momificados.

No existe vida exterior

No pedimos nacer ni tampoco morir; la mayoría nunca lo hace. Y sin embargo, todos formamos parte de la rueda. Nos movemos con ella, acabamos mareados y vomitamos en mitad de uno de sus giros.

Salir de ella no es una alternativa preferible. No existe vida exterior.

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El abrazo, solo el abrazo en sí

Fundirse en un abrazo inmenso como si fuéramos trozos de hierro en el horno de un herrero y separarnos después sin saber muy bien quién es cada cual. Sin saber dónde está la frontera que separa un cuerpo de otro ni cuáles son los límites que bordean cada una de las mentes.graffiti-muro-beso-abrazo-amor

¿Acaso no somos sino un único ser escindido en varios cuerpos? ¿Acaso dudas de que seamos lo mismo? Carne, deseos, huesos, ideas, sentimientos, ganas, futuros, pasados y un presente que nunca lo está. ¿Acaso no seguimos las mismas sendas marcadas, no nos cansamos a veces, no parloteamos sin descanso y no imaginamos vidas con solo ver una mirada?

¿Acaso no es emoción lo que percibes debajo de la suciedad?

¿Acaso no somos sino el abrazo en sí y no las partes separadas que se unen en él?

Hace falta amar

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Para amar a alguien hace falta no tener en cuenta todas las imperfecciones propias que se clavan como hojalata mal cortada. Hace falta no ser consciente de ellas, hace falta no llamarlas imperfecciones, hace falta amarlas como si fueran algodón blandito, un viaje deseado, un paisaje bello, un masaje en la nuca.

Para amar a alguien que no somos nosotros hace falta amar primero a la persona que sí somos nosotros. Hace falta no lanzarnos miradas reprobatorias, hace falta no asustarnos, hace falta escucharnos. Hace falta amarnos incondicionalmente. Amar como niños. Amar sin medida. Amar sin método. Amar sin más porqué que el hecho de que nosotros seamos nosotros: la persona en la que vivimos, la que nos reporta sus experiencias y emociones sobre la Tierra, el vehículo que nos permite conocer todo lo demás: absolutamente todo. La persona que baila por nosotros, que ríe, que escucha, que llora de tristeza y de alegría, la persona que ve árboles y siente en su piel el calor del sol tamizado por las hojas verdes de primavera.

Hace falta no sentirse culpable por haber dicho esto o haber omitido aquello, hace falta no sentirse incapaz ni poca cosa, ni estúpida, ni demasiado alta, ni demasiado gorda, ni demasiado parlanchina. Hace falta sentirnos cómodos en la casa que somos para nosotros y buscarnos lo mejor en cada ocasión.

Hace falta sentir odio y pena y rabia y vergüenza y luego aceptarlo como partes de la vida, partes tan naturales como la lluvia o el viento, tan naturales como el hambre, el frío y el agua.

Hace falta estar ahí donde estamos y desde esa posición decidirnos a amar. Amar, amar, amar, amar(nos).