Adicciones

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Se puede ser adicto a las drogas, al tabaco o al alcohol. O al juego. Es lo típico.

Sin embargo, es aún más típico (por más común) tener fijación por otro tipo de adicciones que no suelen ser nombradas pese a su presencia casi constante y ubicua.

Me refiero a la adicción a pensar demasiado o a no pensar en absoluto, a la adicción a sentirse de una determinada manera -querido, triste, avergonzado, emocionado, imbécil, solo, absurdo, débil, feliz- a toda costa e independientemente de la situación que desencadene tal sentimiento; la adicción a personas o a situaciones; la adicción a la comida -y a la culpabilidad que acompaña-; la adicción a criticar a otros para sentirse mejor o la adicción a criticarse a uno mismo para sentirse peor; la adicción al dinero, la adicción a las redes sociales, la adicción al chocolate, al café o a los medicamentos; la adicción al coche, la adicción a estar a la moda, la adicción a los elogios, la adicción al amor o al desamor, la adicción al teléfono móvil, la adicción a las series de televisión, la adicción a los conflictos, la adicción a la limpieza o al desorden, la adicción a estar enfermo, la adicción a las compras, la adicción a no escuchar y a tener razón, la adicción a la comida sana o la comida basura, la adicción al trabajo, al sexo, al poder, la adicción a la mentira o la adicción a la rutina.

La lista sigue; hay tantas adicciones como personas. Al fin y al cabo somos humanos, ¿no? Buscamos cualquier tipo de recompensa que aligere el hecho de vivir y perdemos el control en el intento.

Nuestro cuerpo: el cuerpo de la Tierra

Por mucho tiempo éramos “yo” y mi cuerpo. “Yo” estaba formada de historias, de anhelos, de luchas, de deseos de futuro. Mi cuerpo, a menudo, se interponía en el camino.

En medio de mis viajes, cumplí 40 y comencé a odiar mi cuerpo, lo que era realmente un progreso, porque al menos mi cuerpo existía lo suficiente como para odiarlo.

Luego contraje cáncer. De pronto, mi cáncer era un cáncer  que estaba en todos lados, el cáncer de la crueldad, el cáncer de la codicia, el cáncer que se mete dentro de la gente que vive por las calles de las plantas químicas, y que normalmente son pobres; el cáncer dentro de los pulmones de los mineros de carbón; el cáncer del estrés por conseguir más y más, el cáncer del trauma enterrado.

 Sé que todo está conectado y la cicatriz que baja por mi torso es la marca del terremoto.

Antes del cáncer, el mundo era algo distinto. Era como si estuviese viviendo en una pileta estancada y el cáncer dinamitó la roca que me separaba del mar completo. Ahora estoy nadando. Ahora me acuesto en el césped, froto mi cuerpo en él y disfruto el barro entre mis piernas y pies. Ahora hago un peregrinaje diario para visitar un sauce llorón a las orillas del Sena, y estoy hambrienta de campos verdes en los matorrales en las afueras de Bukavu y cuando caen lluvias fuertes, grito y corro en círculos.

Eve Ensler

Dramaturga, feminista y activista social estadounidense, autora de la obra de teatro “Los monólogos de la vagina”.

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No solo es Madrid, París, ese pueblo de la costa o del interior, no solo es Europa o América: no sólo es la Tierra. Es también nuestro cuerpo. Ésa es nuestra principal morada. Nuestro refugio, nuestro espacio único y personal. Nuestra hueco.

Nuestra vida.

Todo interconectado. Todo completo.

Un encuentro feliz en la ciudad

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He soñado que vivía en una especie de residencia de estudiantes. Estaba situada en el centro de la ciudad (¿era Madrid?, ¿era una capital extranjera?), presentaba un diseño y una decoración muy actual y parecía inmensa: albergaba una zona con tiendas, una biblioteca, una cafetería.

Curioseaba por sus pasillos y sus diferentes zonas y luego salía a la calle; me enfrentaba a la revolución de los coches pitando, rugiendo, yendo acelerados de un sitio a otro como una manada hambrienta, y sorprendentemente encontraba cierta belleza en ello. La belleza de estar en el centro de una ciudad importante y la belleza de sus edificios, de sus calles amplias. Lo miraba con detenimiento y me invadía una tranquila felicidad.

Mi habitación estaba recubierta de láminas de madera y tenía una cama de matrimonio en el centro. Me metía en ella y me quedaba dormida al instante. Más tarde me despertaba el ruido de gente que había llenado mi cuarto, descubría molesta. Entonces alguien me decía que aquel era un espacio público y que tenía que compartirlo con el resto de gente de la residencia… Me vestía deprisa y salía de nuevo a la calle sin decir nada. Allí me encontraba otra vez con la estampida de coches y el cielo azul, muy alto y muy lejano, más allá de los tejados de los rascacielos, y notaba cómo volvía a mí de nuevo la felicidad junto con el sonido estridente, y tranquilizador por algún motivo, de la ciudad.

Cielo azul, nubes blancas

Cómo pasas tus días es, por supuesto, cómo pasas tu vida. 
Me gustaría aprender, o recordar, cómo vivir.

Annie Dillard

Y decidirse a vivirla

Puedo ser una mota de polvo que vuela sin ser vista y sin hacer ruido por el aire, una mañana espesa de nubes. Y puedo acomodarme en ellas, mullidas como algodón y sentir la paz absoluta de perderme en su interior.

A menudo pienso en eso cuando voy en el coche, sentada en el asiento de copiloto. Me gusta quedarme embobada mirando el cielo y sentirme sin darme cuenta parte de él. Concentrarme mientras lo observo abstraída, ante mis ojos solo el color azul y el blanco, y de repente olvidarme del ritmo de preocupaciones que agita mi día a día.

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Aire, motas de polvo, algo diminuto e imperceptible. Cuántas veces he deseado ser eso. Ser invisible. Pasar desapercibida. Esconderme. Que nadie me preste atención, ni siquiera yo, ni siquiera yo misma. Hay gente que se muere por ser el centro de todas las miradas y gente que no soporta recibir una breve ojeada. Yo he estado en el segundo bloque la mayor parte de mi vida. Y podría seguir estándolo, solo que muchas veces el tiempo nos cambia: llega un momento en que los deseos de invisibilidad se enfrentan a la realidad. A veces es necesario dar la cara, tomar decisiones y ser fuerte; y si no eres nada, ¿cómo puedes hacerlo? ¿Cómo puedes defenderte, cuidarte o ser capaz de hablar por ti mismo? Está bien ser aire y flotar y vivir como un ser inmaterial, siempre que se pueda adoptar un cuerpo que se preocupa de sí mismo y se trae lo que necesita cuando quiere.

Lo mejor sería ser aire y ser árbol. Ser pez y ser agua. Ser vida y decidirse a vivirla.

Y pensar que es hermoso

flores rojas maceta mesa madera

Quiero vivir antes de estar muerta.
Quiero sentir que estoy conmigo. Notar que me tengo al lado.
Quiero hacer explotar mis sentidos. Que mi corazón vuele lejos y mis manos no le retengan.
Quiero escuchar el sonido de la calle y pensar que es hermoso.
Y empezar sin tener miedo a empezar, y empezar porque sí.
Y respirar y vaciarme de mí en cada exhalación y recuperarme diferente cada vez que inspiro.
Quiero estar fuerte y vivir mis propias ideas, mis propios pasos, mis propios latidos.
Quiero romper y romper y traspasar mis fronteras y perderme y errar y tener razón mientras me equivoco.
Quiero despertar todas mis energías.
Y salir a la calle. Y palpar el cielo. Y encontrarme con la gente.
Y descubrir que es hermoso.

Vivir en primera persona

No recuerdo lo que estaba haciendo exactamente; supongo que no tenía demasiada importancia. Lo que sé es que estaba pensando en qué diría alguien sobre ello: imaginándome que quizá no le gustase, pensando qué opinaría, decidiendo si era aceptable o no. Estaba revolviendo este tipo de suposiciones cuando de repente se me ocurrió que estaba viviendo la vida en tercera persona. Pasando por la vida como si no fuera yo, es decir, una persona, sino simplemente el instrumento de otras, su altavoz, sus ojos, su criterio.

El descubrimiento fue impactante; me dejó paralizada unos segundos. Luego me llenó de fuerza. Yo quería vivir la vida en primera persona. Si no, ¿de qué servía estar viva? ¿de qué ser una persona única? Yo quería tener mis propias opiniones, mis propias ideas, mi propia fuerza para llevarlas a cabo. Yo quería eso: vivir. Ser yo. No ser solo el lugar de paso de los juicios e ideas y versiones de otras personas. Yo quería poder afirmar “yo soy”, en vez de “ella es”, cuando pensase en mí misma. Quería verme con mis propios ojos. Los de los demás no servían, me ensuciaban.

Aquel día no pude dejar de pensar en ello. Estaba al acecho de mis pensamientos. Y cuando me relajaba y otras ideas ocupaban mi mente, volvía sobre ello. “¡Oye, ahora vivo en primera persona!”, me decía con un sentimiento de libertad inmenso, como si de repente la libertad fuera simplemente ver las cosas de otra manera, como si no hubiera límites, como si realmente fuera capaz de hacer, decir o pensar lo que me apeteciese. “No soy el resto de la gente. Soy solamente yo”.

Solamente.

Inmensamente.

Completamente.

Intencionadamente.

Yo.

yo

Después ya no recuerdo

Siempre he odiado la impaciencia, la desesperación ante el mínimo inconveniente que he heredado de mi madre, de mi abuelo. Me molesta en ellos (molestaba, en caso de mi abuelo), pero sobre todo me molesta en mí. Me chillo a mí misma cuando de repente soy consciente de ello y retumban las voces en mi cabeza y en mi pecho. Pero no sirve de nada. Los gritos de antepasados míos han rebotado en muchos cuerpos y en muchas entrañas y nada ha cambiado.

Recuerdo un día que se quedó pegado en mi memoria. Era pequeña: debía de tener menos de diez años. Mi madre se había dado un golpe en el ojo y se le había puesto morado. Morado como el pétalo de una rosa de azafrán. Creo que se había caído, no lo recuerdo. Ella no paraba de repetir que parecía como si alguien le hubiese pegado un puñetazo y le parecía horrible, dramático.

Aquel día, mi padre y mis hermanos se habían ido, no sé, recuerdo despedirme de ellos en la puerta; yo me quedé con mi madre en casa. Ella estaba furiosa, furibunda. Tengo la imagen de verla tirar una silla al suelo y de estrellar un vaso de cristal… Yo era una niña y miraba a mi madre asustada, desde abajo, buscando la manera de calmarla. ¿Que debía hacer? ¿Era responsable yo de que ella se tomara tan mal haberse hecho daño en un ojo? ¿Qué tenía que hacer para que mi madre volviera a la calma y me dejara sentarme en su regazo como otras veces hacía?

Si lo pienso ahora, se me ocurre que un ojo morado tampoco sería muy agradable para mí. Todo el mundo me preguntaría, sospecharían de si me lo había hecho alguien, quizá pensasen que les estaba mintiendo si les contaba la verdad de la historia. Pero tendría que vivir con ello. Tendría que vivir con ello: dejar que la sangre acumulada en el perímetro de mi ojo se fuera disolviendo, escurriendo poco a poco y dejar que su color volviera a ser el de la carne, el color de la piel.

La historia nunca tuvo final en mi mente, no sé si volvió mi padre con mis hermanos, si mi madre se relajó después, no sé si logré hospedarme en su regazo un rato, como yo quería. Ese pequeño extracto fue la pieza elegida de todo aquel día, quizá incluso del año para quedarse en mi memoria a lo largo de los años: para quedarse para siempre.

Para permanecer incluso cuando fuera una mujer adulta y recordarme tal vez en qué situaciones sigo siendo la misma niña. Lo cierto es que aún ahora me sigo sintiendo responsable de situaciones que no he creado. Pienso: ¿Debería decir algo para arreglarlo?, ¿será por mi culpa? ¿será porque soy demasiado esto o demasiado poco de aquello? Justo como cuando era pequeña. Luego lo dejo ir. Después de unos días ya no lo recuerdo.

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Justo cuando empecé a vivir

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El doodle de Google anunciaba hoy una primavera anticipada; llegaba con un día de adelanto. Curiosamente, hoy me he despertado más alegre, me ha costado menos salir de la cama y he continuado la rutina como si algo la rompiera, como si fuera de repente un día distinto a los demás incrustado dentro de días parecidos.

Luego he salido a la calle y el día era cálido. Todavía es marzo y sin embargo, parecía que fuese abril, o mejor, mayo. Yo nací en este mes, en la noche de un sábado, esto es, en la madrugada de un domingo. Aún era invierno. Uno de esos días fríos y ventosos de marzo. Poco después, ya era primavera; yo la miraba y no era más que una bebé regordeta y de abundante pelo negro que había empezado a vivir.

Nunca hay comienzos

“Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, ¿o es todo? Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. De vez en cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y además, todo se parece: Shangai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. Por momentos —rara vez— se hace el balance, uno advierte que está pegado a una mujer, que se ha metido en una historia sucia. Dura lo que un relámpago. Después de esto, empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo, junio. 1924, 1925, 1926”. 

Jean Paul Sartre, La náusea

jean paul sartre

Es cierto que los días pueden ser una suma interminable y monótona, solo sacudidos por pequeños acontecimientos que quiebran la rutina, que la hacen más digerible. El más importante de estos, el más frecuente, es el fin de semana. La gente le espera con ansia, se quejan cuando se va; empiezan a verle, nerviosos, dos días antes de que llegue. Todos lo hacen; yo también. No obstante, al final los fines de semana también se parecen unos a otros, como si fueran hermanos, hijos de unos padres comunes. Lo mismo pasa con los años. Por Sartre pasaron 1924, 1925 o 1926. Por mí, 2010, 2011, 2012, 2013. 2014.

Hoy ha sido un día feliz, sin embargo. Sin motivo concreto. Un día como lo fue ayer, antes de ayer o el día que le precedió y aún así, me ha parecido mejor: especial. Hoy me he reído por tonterías y las he dicho yo misma, he hecho cosas que me gustan en el trabajo, he comido pasta, hoy he besado mucho, mucho a mi novio, le he preparado un sándwich, hemos cenado juntos mientras jugábamos a Apalabrados.

Los días siguen pasando. Mañana, dentro de muy poco, será día 24. Seguirán los días sin comienzos, uno detrás de otro, encadenados. Hoy, no obstante, he salido de la rutina sin salir de ella: me he sentido contenta, sumergida dentro de algo bueno. Y aún no es fin de semana.