El yo no es nuestro

leon-familia-genes

Decían que era el ambiente. El ambiente en que crecemos el que nos hace como somos.

Decían que era la genética. La combinación de gametos de nuestros padres nos configura de la forma que somos.

Decían que era la interacción de los dos factores precedentes. Por un lado los genes aportados por nuestros antepasados y por otro el entorno en que éstos se desarrollan.

Ni la genética ni la crianza se eligen. Tampoco la combinación de ambos. Entonces, ¿quiénes somos? ¿Por qué hemos llegado a estar tan apegados a algo que no escogemos? ¿Cómo se llega a llamar “yo” a algo que, a decir verdad, no somos nosotros? ¿O acaso ser nosotros no es más que esta forma ajena de ser?

Yo también voy a morir

De pequeña solía pensar que era inmortal. Nadie más era yo misma, por lo tanto, nadie más estaba capacitado para ver las cosas a mi modo, nadie más era capaz de entender que yo era una persona mágica y tenía, entre otros, el poder de la inmortalidad. Costaba entender que todos los demás, el mundo de afuera, tuviera también sus sentimientos, sus emociones, sus necesidades. Eso era más bien cosa mía. ¿Qué pruebas tenía de la existencia de pensamientos como los míos en otras personas? Ninguno: nadie más era yo, por lo tanto, nadie más era como yo.

No llegué a esa conclusión de manera precipitada: pregunté a mi entorno. ¿Se interesaban ellos por el sentido de la vida? ¿Sabían cuál era su misión? ¿Sabían qué habían venido a hacer a la Tierra?, ¿Tenían la capacidad de conseguir algo solo concentrándose en ello?, ¿Tenían otro tipo de superpoderes? No, evidentemente no tenían superpoderes y tampoco habían pensado en esas cosas, o si lo habían hecho hacía tanto tiempo que no recordaban los resultados. Mis padres se dejaban arrastrar por los sucesos del día a día sin pensar en cuestiones metafísicas. ¿Y tú sí? ¿qué haces pensando esas cosas, mico?, me decían. Yo lo pensaba, claro: a diario. Pero yo era especial. Y esa especialidad me confería importantes beneficios como el de ser inmortal.

No recuerdo en qué momento descubrí que aquellas ideas no eran más que tonterías. Forma parte de madurar: empiezas a darte cuenta de unas cosas y a desechar otras sin armar mucho drama, casi sin prestarle atención. Con más o menos facilidad, fui dejando atrás unos pensamientos y recogiendo otros que me funcionaban mejor en aquel momento. Dejé de pensar que era inmortal y de repente apareció el miedo a morir. Sin embargo, era (es) un miedo sutil, de mentirijilla: como si la muerte estuviera muy lejana, en otro planeta, fuera de la vía láctea.

La gente utiliza estrategias y excusas para alejarla, para mantenerla siempre distante (y yo entre ellos). La más común es imaginar que lo de morir es cosa de otros, no nuestra. Pasa con muchos otros sucesos negativos. Otros tienen accidentes de tráfico, yo no, otros se arruinan, yo no, otros enferman de gravedad, yo no, a otros les engaña la gente, la publicidad, los políticos, la religión, a mí no, otros no tienen el conocimiento para saber qué es lo mejor en cada momento, yo sí. Es como si de algún modo nos creyésemos invulnerables. Las cosas les pasan a otros, a mí nunca, a mí no. Yo soy yo, y yo no cuento. Yo soy yo y tengo el control (“superpoderes”); los demás no porque obviamente yo no estoy en sus cabezas.

cementerio.jpg

Pero el yo es una falacia. Al final y al cabo, es lo único que tenemos, es la representación del mundo, de la vida, del todo. Es eso: todo. To-do. Por eso es imposible pensar en la nada. Puede entrar (por la puerta de atrás y de tapadillo) en nuestra mente la idea de que nuestros familiares y amigos acabarán falleciendo (incluso hay páginas para calcular cuántas veces podrás ver a tus padres antes de que mueran), pero resulta inasequible dejar de pensar en el yo. Es como si quisiéramos ver sin tener ojos (oír sin oídos, vivir sin vida). Nuestro yo es nuestros ojos y no puede ver más allá de sí mismo. Y nos engaña. Nos sumerge en la ilusión de que no nos pasará nada, de que seguiremos existiendo siempre. Incluso si pensamos en nuestra muerte lo hacemos desde el yo; e imaginamos desde ahí qué podría pasar después, cómo reaccionarían nuestros conocidos, cómo seguirían sus vidas sin la nuestra cerca; lo imaginamos pero es como si nuestra muerte siguiera siendo parte de nuestra vida y no el fin de la misma.

Eso no es así, claro. De hecho, voy a hacer una revelación: yo también voy a morir. Y otra: soy como el resto de personas. A veces me duele el cuerpo, he crecido y también menguado, envejezco, engordo, me veo arrugas, me engañan, me equivoco, no soy tan racional ni tan infalible como creo. En realidad, las diferencias entre unos y otros no son tan acusadas como las discusiones interpersonales pudieran hacer pensar. No somos tan diferentes ni tan especiales.

Molesta pensarlo; sin embargo, permanecer inmóvil en el engaño no siempre es mejor. La conciencia de la muerte -la nuestra, la de nuestros allegados- también puede capacitarnos para estar presentes en la vida que por el momento sí tenemos. Los cementerios están llenos de personas como nosotros. Tuvieron su momento, se les acabó. Su mente dejó de funcionar. Otras lo hicieron por ellas. No igual, pero sí de forma parecida. Nadie tiene la misma mente que otro y en eso sí tenía parte de razón cuando era pequeña. Nadie ha sido, es o será como yo. ¿Por qué no disfrutar también de nuestra unicidad, esto es, de nuestra efímera unicidad?

Nuestro cuerpo: el cuerpo de la Tierra

Por mucho tiempo éramos “yo” y mi cuerpo. “Yo” estaba formada de historias, de anhelos, de luchas, de deseos de futuro. Mi cuerpo, a menudo, se interponía en el camino.

En medio de mis viajes, cumplí 40 y comencé a odiar mi cuerpo, lo que era realmente un progreso, porque al menos mi cuerpo existía lo suficiente como para odiarlo.

Luego contraje cáncer. De pronto, mi cáncer era un cáncer  que estaba en todos lados, el cáncer de la crueldad, el cáncer de la codicia, el cáncer que se mete dentro de la gente que vive por las calles de las plantas químicas, y que normalmente son pobres; el cáncer dentro de los pulmones de los mineros de carbón; el cáncer del estrés por conseguir más y más, el cáncer del trauma enterrado.

 Sé que todo está conectado y la cicatriz que baja por mi torso es la marca del terremoto.

Antes del cáncer, el mundo era algo distinto. Era como si estuviese viviendo en una pileta estancada y el cáncer dinamitó la roca que me separaba del mar completo. Ahora estoy nadando. Ahora me acuesto en el césped, froto mi cuerpo en él y disfruto el barro entre mis piernas y pies. Ahora hago un peregrinaje diario para visitar un sauce llorón a las orillas del Sena, y estoy hambrienta de campos verdes en los matorrales en las afueras de Bukavu y cuando caen lluvias fuertes, grito y corro en círculos.

Eve Ensler

Dramaturga, feminista y activista social estadounidense, autora de la obra de teatro “Los monólogos de la vagina”.

______________________

No solo es Madrid, París, ese pueblo de la costa o del interior, no solo es Europa o América: no sólo es la Tierra. Es también nuestro cuerpo. Ésa es nuestra principal morada. Nuestro refugio, nuestro espacio único y personal. Nuestra hueco.

Nuestra vida.

Todo interconectado. Todo completo.

Ni siquiera yo misma

El océano de mis cosas dice algo de mí, pero no lo hace con mi voz ni utiliza mis palabras.

Mis gestos, mis silencios, mis preferencias, mis dilemas. Todo ello es mío y al mismo tiempo ajeno a mí, igual que una piedra bañada por un río. El río da forma y quizá sentido a la piedra, pero el río no es la piedra ni se pertenecen uno al otro.

Las dudas, los miedos, las miradas, las percepciones, las luchas, los vicios y las victorias (las ganadas y también las perdidas).

Mis pasatiempos (pasa – tiempos).

Los recuerdos.

La gente. La gente que quiero.

Intuyo que no es nada de eso tampoco.

¡Hay tantas cosas que me hacen y tantas formas de rechazarlas de un golpe a todas ellas!

Necesito mis propias seguridades y mis propias certezas, todo el lío de los conceptos y las definiciones para no desplazarme sola, a ciegas; pero lo cierto es que estoy tan perdida como al principio, tan lejos de la orilla, tan apartada del resto.

Pero tampoco eso (la lejanía, la extrañeza, el desvinculamiento y el vuelo) soy yo del todo.

Nadie es como yo, nada, ni siquiera yo misma.

chica_pensamientos_b_n

En mis zapatos

He vivido conmigo los últimos años. Todos mis años. Y aún me cuesta reconocerme. Capto vestigios míos en el espejo de la gente, en el río opaco de mis pensamientos. Pienso: esa soy yo y lo que observo son puntos fugaces, aire, silencio, distancia. Luego se me olvida. Y me busco de nuevo. Se me pasan los días revolviendo muebles y no siempre estoy ahí para encontrarme.

No sé si he aprendido a quererme todo lo que merezco, pero sé que cuido de mí misma todo lo que sé. Sé que me esfuerzo, ¿eso vale? Me involucro, me preocupo, me meto en la piel y en los huesos, y en mis zapatos cada día.

Mi yo grande

Cuando era pequeña, me gustaba despertarme pronto, ver empezar el día y luego volverme a dormir. Sentir el frío de la mañana y volver al calor de la cama. Era un infinito placer dejarse invadir por la pereza y la somnolencia aquellos días en que me había despertado temprano, había disfrutado un rato de la mañana y aún era pronto cuando decidía volver a la cama.

Sigo siendo la misma niña que entonces, la niña que veo en mis recuerdos. No es que no haya crecido, no es que no haya madurado ni que me sigan gustando las mismas cosas que durante mi niñez, aunque aún conservo muchas costumbres, gustos, ideas, percepciones. He cambiado. Sin embargo, mi yo, mi persona sigue siendo la misma, tenga 5 o 20 años, 10 o 70 (si alguna vez llego a tener esa edad); sigue siendo mía aquella alegría infantil, aquella felicidad de los días de verano sin colegio, aquellos sueños tranquilos, aquellos juegos, siguen siendo míos los días creados en el pasado y los días que crearé en el futuro… Sigue siendo mía mi persona, mi barro, cada uno de mis recuerdos, todos mis pensamientos.

Algo dentro de mí siempre ha permanecido: sentado en un banco, tranquilo, impasible a la huída y al reemplazo de todo lo demás. Algo dentro de mis hombros, mi nuca, mis mejillas, mi lenguaje, mi paladar, mis párpados.

Mis párpados grandes como mis ojos. Como mi yo niña, mi yo adulta. Grandes como mi yo grande.

Discusiones infantiles

Las discusiones suelen ser a cuatro bandas. Discuten dos niños y dos personas adultas. Los niños pertenecen a los mayores que no llegaron a madurar y se quedaron encerrados en sus cuerpos y en sus mentes para recordarles su presencia, para hacerles sufrir como niños por problemas de mayores.

Mi niña también aparece a menudo. Coge rabietas, se enfada cuando no salen las cosas a su modo, no entiende del todo el mundo real, fantasea con frecuencia. Mi parte adulta la reconoce de vez en cuando y aunque le molesta su presencia, se esfuerza por reconducirla con palabras suaves y calmadas. No siempre es fácil, sobre todo cuando en la sala están presentes los niños vulnerables y enfadicas de otras personas adultas.

Odio esa situación, me pone de mal humor. Es dificil dialogar con un niño sobre asuntos de mayores y no siempre es posible hacerlo, pero tampoco puedo llamar a mi niña para que discuta por mí; muchas veces ya está implicada, otras veces simplemente me parece despreciable tener que pedir que una niña participe en asuntos desagradables cuando se supone que hay un adulto delante. Hoy he vislumbrado a mi niña. Una vez más, estaba enfadada. He estado a punto de enfadarme a su vez con ella. ¿A quién se le ocurre aparecer? ¿Por qué no me dejas que me las apañe sola, niña pesada y odiosa? Luego la he hecho entrar en razones. La he ido calmando poco a poco. No pasa nada, le repetía. Después de un rato estaba más tranquila. Le he dado un beso de buenas noches y la he dejado durmiendo: se cansa con las frustraciones. Cuando he dejado la habitación le he susurrado hasta mañana mientras oía su respiración sosegada.

Luego me he sentado en el sofá y he pensado en mi yo pequeño y mi yo mayor. Soy tanto uno como otro. Y a veces otros más. 

Mi hoguera se esconde

Imagen

Abro la jaula. Anochece. El mar va y viene con su cadencia regular, infinita, a bañarme los pies, a curar mis pequeñas heridas con su agua salada. Abro de golpe los ojos y observo la hoguera. Contemplo su huida: se refugia tras las montañas.

Un rato después el salón está atestado, más tarde, no queda nadie. No hay explicación posible. La gente ha elegido el olvido. La primavera come sopa de pollo con hielo picado. El olor del asfalto debilita los labios.

Ahora ya: es noche cerrada. Ya no veo el fuego, no queda rastro de su fulgor. Cierro la jaula e imagino un escondite seco. Si me oculto, estaré más cerca de las llamas, compartiremos la intriga, la sensación de ser buscado; quizá así pueda sentir algo de su calor. La gente no ha vuelto. Aprieto una guirnalda. Introduzco en ella la jaula. Aspirando su aroma llegaré a ser estrella.

No era yo la que miraba la lluvia

Hoy es un día para The Doors y ‘Riders on the storm’. Hoy, porque. literalmente, he cabalgado en la tormenta. La he sentido en mi cara, en mi ropa, en mi cuerpo; me ha empapado; no llevaba paraguas. Andaba por la calle intentando cobijarme en los aleros de los edificios mientras contemplaba la calle alrededor: se veía difusa, borrosa, agitada. Por un momento me ha embargado una sensación rara, una especie de otredad, como si yo no fuera yo, sino otra persona anterior observado en calma las gotas de lluvia estrellarse alocadamente contra el suelo. Las nubes descargaban lluvia y yo miraba los árboles sacudidos por el viento, y sin embargo, no era yo. Había dejado de serlo. Me estaba empapando, notaba las gotas salpicándome la cara, deslizándose por mi pelo, sentía el frío y el viento, y aún así no era yo, sino una de las miles de personas que antes que yo contemplaron la lluvia al caer. Que quizá cabalgaron en la tormenta.

 

Vivir en primera persona

No recuerdo lo que estaba haciendo exactamente; supongo que no tenía demasiada importancia. Lo que sé es que estaba pensando en qué diría alguien sobre ello: imaginándome que quizá no le gustase, pensando qué opinaría, decidiendo si era aceptable o no. Estaba revolviendo este tipo de suposiciones cuando de repente se me ocurrió que estaba viviendo la vida en tercera persona. Pasando por la vida como si no fuera yo, es decir, una persona, sino simplemente el instrumento de otras, su altavoz, sus ojos, su criterio.

El descubrimiento fue impactante; me dejó paralizada unos segundos. Luego me llenó de fuerza. Yo quería vivir la vida en primera persona. Si no, ¿de qué servía estar viva? ¿de qué ser una persona única? Yo quería tener mis propias opiniones, mis propias ideas, mi propia fuerza para llevarlas a cabo. Yo quería eso: vivir. Ser yo. No ser solo el lugar de paso de los juicios e ideas y versiones de otras personas. Yo quería poder afirmar “yo soy”, en vez de “ella es”, cuando pensase en mí misma. Quería verme con mis propios ojos. Los de los demás no servían, me ensuciaban.

Aquel día no pude dejar de pensar en ello. Estaba al acecho de mis pensamientos. Y cuando me relajaba y otras ideas ocupaban mi mente, volvía sobre ello. “¡Oye, ahora vivo en primera persona!”, me decía con un sentimiento de libertad inmenso, como si de repente la libertad fuera simplemente ver las cosas de otra manera, como si no hubiera límites, como si realmente fuera capaz de hacer, decir o pensar lo que me apeteciese. “No soy el resto de la gente. Soy solamente yo”.

Solamente.

Inmensamente.

Completamente.

Intencionadamente.

Yo.

yo