Sensibilidad en el río

agua de rio

Piel sensible.

Estómago sensible.

Intestino sensible.

Pelo sensible.

Corazón sensible.

Forma de ser sensible.

Uñas sensibles.

La sensibilidad está en todas partes: está en mi personalidad, en mi interior, en mi exterior, está en mis genes. Me pregunto si mi forma de ser (mi interior, mi mente, mi yo) sensible ha sido el desencadenante del resto de sensibilidades, como si fuera un fábrica que contaminase todo lo que encuentra a su alrededor; un río que regase y fertilizase todo lo que quedase a sus márgenes. He añadido el segundo ejemplo porque el primero resultaba demasiado agresivo, muy feo, pero quizá es el más acertado, el que mejor ilustra la situación. No hay tanto de positivo en ser un ser un poco frágil, un poco aprensivo, un poco asustadizo, bastante fácil de quebrar.

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¿De qué sirve no hacerlo?

Soy yo. Soy yo. Tengo derecho a pensar lo que quiera, a sentir lo que quiera, a desear lo que quiera, a hacer lo que quiera, a comportarme como quiera. Soy yo. No es lo que quieran los demás. Es lo que quiera yo.

Soy yo. Tengo derecho a ser fuerte, a no arredrarme, tengo derecho a hacerme valer y a pensar de mí cosas que me beneficien, tengo derecho a apoyarme, a cuidarme, a ayudarme.

Todos tenemos la oportunidad de ser nosotros mismos y hacer lo que nos parezca más conveniente en cada momento. También cometemos errores; es cierto: somos humanos. No obstante, es más sano subsanar el error y aprender de él que quedarse paralizado por miedo. ¿De qué sirve no hacerlo?

Como dijo Kurt Cobain, “es mejor ser odiado por lo que eres que ser amado por lo que no eres”.

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